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Cuidado con los banqueros

Por: Juvenal González González

2013-03-28 04:00:00

Pedir prestado no es mucho mejor que mendigar, así como el prestar con usura no es gran cosa menos que robar.

Gotthold Ephraim Lessing

 

La última película de Pedro Infante, que fue estrenada en 1957 y en la que compartió estelares con la bella chihuahuense Yolanda Varela, se llama Cuidado con los rateros. El título hace alusión a lo que en aquellos años de impetuoso desarrollo urbano en México, con particular énfasis en la capital de la República, se había convertido en un verdadero oficio, a saber: el robo.

No es que haya sido algo nuevo, ni mucho menos, pero para una ciudad que salía de la ingenuidad campirana para convertirse en una gran urbe cosmopolita, la variedad e ingenio desarrollados por “los amigos de lo ajeno” no dejaban de sorprender a propios y extraños. Hasta quienes presumían de ser cuidadosa e inteligentemente desconfiados, solían caer en las redes de la delincuencia, que no era organizada sino espontánea y generalmente individual, si acaso con uno o dos compinches.

Algunos desarrollaron tales habilidades para extraer carteras, abrir bolsos, estafar o meterse a casas y negocios, que llegaron a alcanzar insospechada fama pública. De ello hay constancia en los distintos medios de expresión y comunicación, de la literatura al cine, el periodismo, la fotografía, el teatro, et al.

Debe reconocerse que ejercían su oficio con honor. Nada de armas ni violencia. La víctima solía darse cuenta después de consumado el atraco; al buscar su cartera, abrir su bolso, llegar a su casa e incluso al despertar. Es decir, ni siquiera, salvo excepciones, había comunicación entre víctima y victimario. El robo llevado a la exquisitez. Casi un arte.

Pasó el tiempo y llegó la vulgaridad del robo con violencia que se generalizó y sentó sus reales. Los finos carteristas, hábiles estafadores y astutos invasores de la propiedad privada, fueron sustituidos por sanguinarios asesinos y brutales secuestradores y violadores. Se acabó el encanto.

Pues lo mismo ocurrió con la Banca. Tuvo su origen en los sagaces usureros que se valían de la ingenuidad y la urgente necesidad de la gente, para obtener pingües ganancias cobrando un plus por sus préstamos y, luego, apropiándose de los bienes de quienes no podían saldar sus deudas.

De esa relación de amor ficticio y odio verdadero, surgieron los bancos. Nadie se llamaba a engaño. Te pagaban un interés por depositar en ellos tu capital y cobraban uno mayor al prestarlo. Cosa que poco te importaba porque tus depósitos no corrían riesgo alguno. Incluso había leyes te protegían de los abusos de los banqueros. Todavía recuerdo, por ejemplo, que en México había una cosa que se llamaba “encaje bancario” que era un porcentaje de sus operaciones que los bancos estaban obligados a depositar en el Banco de México y servía para resguardar a los cuentahabientes de eventuales quiebras o maniobras financieras de las instituciones bancarias.

Así, los banqueros alcanzaron un lugar de privilegio en la escala social y eran vistos (de reojo) como personas honorables. Pero las ambiciones políticas y las teorías neoliberales del siglo pasado, abrieron las puertas de par en par a la expansión financiera.

Los grandes bancos se apropiaron de los pequeños, de las aseguradoras, fondos de retiro, casas de bolsa y de cambio, arrendadoras financieras y cuanto negocio tuviera que ver con manejo de dinero. Con ese poder se hicieron hegemónicos en instituciones como el Banco Mundial, el Fondo Monetario Internacional y el Banco Interamericano de Desarrollo. Desde ahí impusieron sus políticas al mundo –en complicidad subordinada de los grupos políticos locales– especulando a discreción con los intereses bancarios y el valor de las acciones, siempre en provecho propio, ofcors.

El capitalismo emprendedor, innovador, generador de oportunidades y desarrollo, cedió ante el capitalismo salvaje que impuso sus “ideas y valores” en toda la faz de la Tierra; el enriquecimiento, la acumulación y la ganancia sin medida ni clemencia hasta las últimas consecuencias, caiga quien caiga. Se acabó el encanto.

Ese modelo, que ha propiciado la mayor desigualdad, pobreza y marginación jamás conocidas, paradójicamente ha colapsado en Europa, otrora paradigma del desarrollo industrial, social y cultural en el mundo.

Cierto que los avisos llegaron mucho antes desde los países tercermundistas, como el mexicanísimo Fobaproa y el Corralito argentino, donde los bancos y sus peones políticos protagonizaron un mayúsculo y escandaloso atraco a las finanzas públicas y los cuentahabientes.

Los usos bancarios fraudulentos (autopréstamos, créditos abiertos a compadres y funcionarios, créditos chatarra para negocios, casas y autos) en complicidad con las “calificadoras” y los “gobiernos” en turno, culminó en una quiebra del sistema bancario, que luego fue “rescatado” con recursos públicos y de los ahorradores. En un tris, millones de personas perdieron su patrimonio y los banqueros y funcionarios, lejos de ir a la cárcel, aumentaron sus fortunas.

Como todo sismo que se respete, tuvo sus réplicas en otros países, entre ellos los mismísimos Estados Unidos, y esas palabras mayores acabaron con la ilusión de una Europa unida y próspera. En una infernal espiral han caído España, Italia, y Grecia, entre otros. Pero lo ocurrido en Chipre supera la imaginación. Con un descaro e impunidad escalofriantes, despojaron “legalmente” a los ahorradores de su patrimonio para “rescatar a la patria”. Ajá, no tienen matria.

En este joven siglo XXI no hay que tener cuidado con los rateros sino de los banqueros, que no es lo mismo pero es igual.

 

Cheiser: La selección Televisa–Azteca no puede ganar, ahora empató con EU en la propia sede del emporio televisivo atestada de ilusos paisanos (cada cuatro años les venden las mismas baratijas y no aprenden). Ello ha puesto los pelos de punta a todos los usufructuarios del circo futbolero que temen perder el gran negocio que representa el mundial de Brasil. Eso les pasa por atender a los intereses del Bi y no del Tri.

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