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Códices

Por: Israel León O’farrill

2013-03-28 04:00:00

En esta ocasión abordaré el texto Los Códices del Centro de México, un acercamiento regional,  editado en 2008 por el Fondo Regional para la Cultura y las Artes Zona Centro y el gobierno del estado a través de la Secretaría de Cultura y elaborado por Pablo Escalante Gonzalbo, profesor investigador del Instituto de Investigaciones Estéticas de la UNAM; Fabián Valdivia Pérez, historiador del arte y jefe de Promoción del municipio poblano, y Saeko Yanagisawa, investigadora en historia del arte en la UNAM especializada en la tradición pictográfica en Oaxaca, Morelos y Guerrero. Su importancia radica en que se trata de un excelente libro de difusión sobre los códices que comparten lo que se ha denominado la tradición “Mixteca–Puebla”, un estilo generalizado en prácticamente todo Mesoamérica –salvo la región maya durante el posclásico y todavía después de la llegada de los españoles a nuestro territorio. De manera sencilla y claramente didáctica, las aportaciones de los tres autores nos hacen comprender y apreciar el conocimiento vertido por los tlacuilos (pintores especialistas en la elaboración de estos documentos) en los “manuscritos de la tradición pictográfica mesoamericana”, como los denomina Escalante. La labor de este texto me recuerda a otros esfuerzos de divulgación similares, como el realizado por Ksystina M. Libura para la SEP con su Ocho Venado, Garra de Jaguar, héroe de varios códices, texto ricamente ilustrado con el que pretende mostrar la vida de este personaje de la Mixteca en diferentes códices entre los que se encuentra el Nuttall. O aquel libro –quizá más erudito– El Pensamiento Náhuatl, cifrado por los calendarios de Laurette Séjourné, excelentemente ilustrado y con un profundo análisis dedicado a los calendarios a través de diversos códices. Construcción del conocimiento y su divulgación, labores académicas esenciales.

El trabajo con códices ha constituido una actividad obligada para todo aquel interesado en hurgar en el pasado precolombino de nuestras latitudes, sea de manera tangencial o profunda, siempre se ha de observar, comparar o discutir el tema, no sólo por lo que se esté narrando o explicando en estos documentos elaborados en piel de venado, sino por todo aquello que podemos inferir sobre el conocimiento que ellos construyeron de su entorno y la manera en que lo expresaron y registraron. Al decir de Escalante, “las escenas de los códices están construidas predominantemente con recursos pictográficos, pero se complementan con glifos más abstractos que sirven para indicar las fechas, los nombres de los personajes, los nombres de los lugares y algunas otras cosas”. Lo anterior demuestra la complejidad de la expresión mesoamericana que se sustenta en una capacidad de abstracción que trasciende el mero código escrito y que lleva al lector a una especie de “performance” –utilizo el anglicismo por la falta de un concepto en castellano que englobe actuación, oralidad, musicalidad y otros elementos–, es decir, que la expresión distaba mucho de ser individualizada y podría haber sido grupal –ignoro si colectiva o no. Como apunta Escalante, “el entendimiento completo de las escenas pictográficas requería, sin duda, de relatos orales que los usuarios de estas pictografías conocían. Las crónicas escritas en el siglo XVI, especialmente las explicaciones de los frailes que se acercaron a los indios para estudiar con ellos los antiguos manuscritos, indican que el aprendizaje de la interpretación de los códices corría paralelo a la memorización de historias”. 

En el texto encontramos descripciones de las tradiciones pictográficas en el estado de México, en la región Puebla–Tlaxcala, en Oaxaca, Guerrero y Morelos. Me interesa destacar el caso de Puebla–Tlaxcala y el códice Borgia que se cree originario de esta región. Dicho códice, nombrado así por la familia que lo albergó hasta que pasó a pertenecer a la colección de la Biblioteca Apostólica Vaticana, contiene entre otras cosas ilustraciones de los días en el Tonalpohualli, calendario ritual de 260 días. Curiosamente, al menos una de las representaciones en este códice se repite en otro lugar, en Tizatlán, Tlaxcala. El lugar que está camino a Apizaco fue asiento de Xicohténcatl y tiene restos de un templo del Postclásico donde en los años 20 del siglo pasado se descubrieron pinturas murales en una cámara que se cree pudo haber sido para la educación de guerreros. Ahí, entre representaciones de manos cercenadas, corazones y cráneos, se encuentra la clara imagen del dios Tezcatlipoca tal cual como aparece en el códice Borgia. Ya Alfonso Caso había analizado ambas expresiones pictográficas cuando hizo una primera exploración del sitio llegando a la conclusión de que la relación era evidente. Como se ve, el conocimiento de los códices es necesario para comprender los intercambios regionales y las posibles convenciones estéticas, artísticas y religiosas que se desarrollaron en el centro del territorio al menos en el periodo Postclásico. El lector encontrará una enumeración sumamente completa de códices y regiones. Por ejemplo, en la región del Valle Puebla–Tlaxcala, siguiendo a Valdivia, contamos también con los códices Cospi y el Vaticano B;  los mapas de Cuauhtinchan, la denominada Historia Tolteca–Chichimeca, el lienzo de Quauhquechollan, la Genealogía de Quauhquechollan–Macuilxochitepec, el Códice de Huamantla, entre muchos otros. El libro, pues, resulta una guía excelente para adentrarse al conocimiento de estos temas.

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