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Cambiar o no cambiar, esa es la cuestión

Por: Juvenal González González

2012-08-23 04:00:00

No se puede cambiar el curso de la historia a base de cambiar los retratos colgados en la pared.

 Jawaharlal Nehru

 

Por allá en mi tierna infancia comenzó a popularizarse la televisión. Como todos los bichos electrónicos al principio era muy cara, solo al alcance de unos cuantos. Así que solo algunos medio riquillos del barrio adornaban su sala con el sorprendente invento. Los empresarios que la operaban, ayer y hoy, siempre se han preocupado por llevar cultura al pueblo, antes que engordar la cartera. Ajá. Así que uno de los primeros espectáculos a “control remoto” que transmitieron, si no es que el primero, fue la lucha libre. ¿O sería el box?

El caso es que los afortunados poseedores del susodicho aparato hacían su agosto cada viernes cobrando 20 centavos por el derecho a disfrutar de los costalazos y llaves que se intercambiaban el Santo, Blue Demon, el Cavernario, la Tonina Jackson, Lalo el Exótico, Black Shadow y una pléyade de “héroes del ring”.

También los sábados había lleno casero con el box, pero a los niños nos atraían más las luchas. Las capas, las máscaras (no puedo hablar de su colorido porque eran en blanco y negro) y los espectaculares vuelos desde las cuerdas eran una delicia que nos arrancaba tremendos gritos de admiración.

Y las funciones solían terminar con una lucha campal. A una caída sin límite de tiempo, es decir, hasta que uno de los bandos se rindiera. Rudos y técnicos se trenzaban en un terrible combate donde se valían de todo para doblegar a sus adversarios. Tanto, que al final ya no se sabía con certeza quienes eran los rudos.

Este pequeño pero sentido homenaje a la nostalgia viene a cuento por la encarnizada lucha campal que estamos presenciando al final de la función sexenal. Con la diferencia de que ésta no es tan libre ni tan pareja como aquellas y sí tiene un tiempo límite.

Luego de la tregua olímpica, me parece que ya no es la silla presidencial el oscuro objeto del deseo. Lo que está en disputa es mucho más que eso, por eso la lucha se ha tornado tan abierta y despiadada.

Están en juego concepciones de poder y modos de ejercerlo. Principios históricos, políticos, jurídicos y éticos. Intereses económicos y supremacía monopólica. Manipulación y control mediático de la opinión pública. En pocas palabras, lo que se está definiendo es el presente y el futuro del país. Al menos en sus aspectos más esenciales.

Acuerpados con Enrique Peña Nieto, quien se esforzó por construir y representar una candidatura joven y moderna, se han alineado y puesto al frente las más recalcitrantes fuerzas del conservadurismo político y social, y los más duros defensores y felices beneficiarios del modelo económico neoliberal.

Para qué cambiar si así nos ha ido tan bien, podría ser el lema aglutinador de estas huestes de ayer y de antier. Resulta iluso e ingenuo suponer que de este yermo páramo ideológico surgirán los vientos del cambio. Pero son los que tienen la fuerza, quienes detentan el poder real, los dueños del balón. Por eso los sempiternos defensores del oficialismo en turno no se cansan de repetir que las cartas ya están echadas y nada ni nadie cambiará su destino.

Quienes, en la esquina contraria, se oponen al quietismo conservador han encontrado en López Obrador una bandera de lucha. Cierto que tiene un núcleo duro de seguidores cuya racionalidad y capacidad de propuesta están lejos del paradigma transformador que México requiere. Que el mismo Andrés Manuel sostiene y suele adoptar posturas conservadoras, por ejemplo en materia de libertades y derechos individuales, pero, insisto, ese no es el meollo del asunto.

Se trata de avanzar hacia un Estado de derecho o mantener un gobierno de cuates. O peor aún, restaurar el régimen autoritario y faccioso ya padecido durante décadas y supuestamente superado.

Y esa disputa pasa por la decisión que pronto habrá de tomar el Tribunal electoral. Calificar la elección presidencial no es, no debiera ser, un mero trámite burocrático. Se trata de que la máxima autoridad electoral sea garante de la ley. Debe evitar que en aras del triunfo electoral se valga de todo. Legitimar el “haiga sido como haiga sido” es dar carta de naturalidad a la delincuencia electoral.

Escuchar a los “especialistas” afirmar que el uso excesivo y origen dudoso de recursos para corromper la elección “no es causal de nulidad porque la ley electoral no lo establece”, provoca estupor y asquito. Esas chicanadas que, por cierto, se pasan por el arco del triunfo el espíritu de la Constitución de la República, son las que han hundido al país en el fango de la corrupción y la impunidad.

Por eso es exigible que el Trife no nos vaya a salir, otra vez, con que se violó la Constitución, pero nomás tantito. Del uso de recursos excedidos y oscuros, sin las sanciones extremas correspondientes, al narcoestado, solo hay un paso.

 

Cheiser:El caso de Julian Assange va del drama a la comedia. Inglaterra y Estados Unidos se exhiben como berrinchudos y déspotas colonialistas, al pretender negar los derechos soberanos de Ecuador y amenazarlo con “severas sanciones económicas” por haber dado cobijo al célebre fundador de WikiLeaks.

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