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A quienes aman desde la lasitud

Por: Ricardo Antonio Landa

2012-02-23 04:00:00

 

Lasitud es una forma de la fatiga, que crea inmovilidad, desfallecimiento, languidez.
Es un cansancio que viene de subir la cuesta, de afrontar la vida y sus agrestes quebrantos.
Es la relajación de nervios y músculos que sobreviene de cansancios y fatigas. 
No se puede confundir con el estado de agotamiento que nos producen las incertidumbres, los hastíos o los hartazgos que no crean desvanecimiento, ni blandura, sino rigidez de muerto.
Sé que en este mundo patriarcal, en esta sociedad del capitalismo catastrófico para amarse, hemos de transitar en ocasiones de la lasitud de la fatiga, al cansancio regocijante que llamamos reposo.
Las mujeres la padecen con mayor frecuencia y la padecen sus amantes. 
La redobla como hastío el amante avorazado , el impaciente acosador, el violento macho cabrío que, sin festejos dionisíacos, cree que amar es hollar, aplastar y trillar.
El reposo de los amantes verdaderos viene en cambio de lasitudes que devienen en largas horas placenteras.
Amarse en lasitud extrema no es imposible, quizás pudiera ser por meditación y ósmosis de los cuerpos, pero siempre es mejor -y mucho mayor es el disfrute- cuando alguien asume la iniciativa y se entrega a conmover suave y al detalle a las hermosas o hermosos durmientes.
Volver a cabalgar al galope o volar en la alfombra de las Mil y una noches, derramándose entre las nubes, podría ser el final alterno del cuento de la Bella Durmiente. Hay que cruzar el espejo hacia esas maravillas.
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