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40 años del Prometeo

Por: Aurelio Fernández Fuentes

2012-12-11 04:00:00

Visita de un grupo de alumnos a las instalaciones
de la Volkswagen

Hace cuatro décadas, en el patio de una casa, empezó a funcionar el Centro Freinet Prometeo. Escuela para la vida, le apodaron más tarde. Hortensia Fernández Fuentes y un grupo de insensatas como ella se atrevieron a poner en práctica sus conocimientos, pero sobre todo sus convicciones. En aquella Puebla de los años 70, convulsionada por la lucha contra el dominio confesional en todos los órdenes; con un gobierno estatal ligado a las fuerzas retardatarias y anticomunistas del país, dispuesto a matar a quienes actuaran de manera diferente –como lo hicieron ese mismo año de 1972 con Enrique Cabrera y Joel Arriaga—; con la presencia anímica del infausto arzobispo Octaviano Márquez y Toriz en el quehacer no sólo eclesiástico, sino en la educación pública a través de diversos recursos, Hortensia y sus compañeros se lanzaron a una aventura cuyo derrotero era muy incierto.

Puebla cambiaba rápidamente. El movimiento universitario contaba entonces con más de 10 años de lucha liberal y de izquierda, y había ocurrido ya el 1968 mexicano y mundial. Hortensia y Alfredo Figueroa, su compañero, habían formado parte tempranamente de ese proceso. Las transformaciones que se anhelaban estaban centradas muy especialmente en las tareas educativas. Queríamos otra forma de aprender y enseñar, de compartir e integrarnos a la sociedad, y la estábamos haciendo. Los primeros padres que se atrevieron a llevar a sus hijos al Prometeo eran quienes habían participado en ese cambio axiológico de los poblanos y mexicanos; eran universitarios, pero también profesionistas liberales convencidos de la necesidad de que sus hijos no recibieran una educación como la que ellos habían padecido.

La Universidad Autónoma de Puebla –mucho más benemérita que en la actualidad– estaba a punto de sacudirse por fin el dominio de las fuerzas confesionales que la habían oprimido durante décadas, y también crecía la urbe poblana a golpes de industrialización y ensanchamiento económicos, con el impulso final del llamado desarrollo estabilizador. Los célebres mochos poblanos reducían su importancia porcentual, en lo numérico y lo temático. La UAP crecía merced al avance de la izquierda y crecía con gran vigor. Mucha gente de fuera se sumaba al esfuerzo transformador. Se trasladaban a vivir aquí personas de la Ciudad de México, del norte y de muchas partes del país, quienes demandaba una educación acorde con un pensamiento renovador.

Luego llegaron los exilios de centro y Sudamérica; miles de compatriotas latinoamericanos arrojados de sus países por efecto de la implantación de crueles dictaduras. El Prometeo fue un recinto para ellos, porque, entre otras cosas, esta misma escuela era producto indubitable de un exilio anterior y fundamental para México: el exilio español producido por la guerra civil en 1939.

A poco tiempo de haberse inaugurado la escuela se sumó a sus tareas Mirta Fernández y luego Maribel, quienes con su inteligencia, pasión y dedicación empujaron al colegio hacia niveles superiores. Maribel empujó la creación de la secundaria con los mejores métodos de enseñanza del momento.

No se puede excluir de este esfuerzo a multitud de maestros y maestras fundamentales, como Sebastián Gatti, en cuyas fauces han sido devoradas muchas generaciones de chamacos para la causa de la lectura; Poncho, el incombustible y contrastante maestro de educación física; Emma, mujer que conduce a sus alumnos por grandes senderos; Lucero y su prestancia infinita; Laurita, con un don capaz de levantar al más moroso de los escuincles; los maestros de música, empezando por Abelardo Fernández, seguido de Agustín Placeres y ahora el ex alumno Gabriel Fernández, y Judith, Lidia, Mariana, Mago, Yola, Lulú… Joselo. Entrañable fue Susi, simpre al frente de las oficinas, y Modesta, cuidando por la noche la escuela y por el día vendiendo suculentas tortas al poblado prometeico.

Y hablando de ex alumnas, hoy son herederas de la escuela Noelia, Dunia, Belinka y, especialmente, Ireri. Un futuro que ya tiene rato.

Hablar de lo logros de esta escuela representaría muchas páginas. La fiesta celebrada el viernes pasado en sus instalaciones es testimonio del enorme cariño y agradecimiento de quienes representaban allí a miles de alumnos y padres de familia que se formaron en ella. (Porque los padres de familia, en mayor o menor medida, también se forman en la escuela). Que les den el mejor lugar en la prueba Enlace o reconocimientos académicos por doquier; que sus ex alumnos pueblen la actividad social; que las aportaciones en materia pedagógica dentro y fuera del país sean muy trascendentes es mucho menos importante que la expresión de profundo cariño que se mostró en la entrañable reunión del sábado pasado.

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