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Escuchar

Por: Israel León O’farrill

2013-01-17 04:00:00

El pasado martes, el gobierno federal, a través del titular de la Secretaría de Gobernación, Miguel Ángel Osorio Chong, transformó la Comisión para el Diálogo y la Negociación en Chiapas en la Comisión para el Diálogo con los Pueblos Indígenas. Con ello se busca, como se detalla en la nota elaborada por esta casa editorial, “saldar la deuda social con regiones y comunidades mediante una política permanente de diálogo”. Por supuesto, como una consecuencia lógica de este soplo de vida a una comisión francamente anquilosada por doce años de gobiernos de derecha en nuestro país, emerge la pregunta: ¿es acaso por la reaparición del EZLN en Chiapas a fines del año pasado? Bueno, la respuesta es un contundente sí, pues en esencia, no se vislumbran otros conflictos que en verdad les importen o les signifiquen problema. En efecto, fuera del zapatismo, los movimientos indígenas, la realidad de sus pueblos y comunidades, y su suerte, han sido y son de muy poco interés para gobiernos, partidos, medios de comunicación y el público en general que no tiene contacto directo con ellos; prácticamente habían pasado desapercibidos hasta inicios de 1994. El nuevo Comisionado Jaime Martínez Veloz, perteneció a la extinta Cocopa (Comisión de Concordia y Pacificación) y resulta evidente que focalizará sus esfuerzos, al menos en un primer momento, al diálogo con el zapatismo. Dicha iniciativa, empero, huele a rancio, no sólo por el discurso empleado por el encargado de la oficina de Bucareli, sino porque poco se deja notar el auténtico “diálogo”, palabra fundamental integrada en el nombre de la propia Comisión.

En 1940, durante la inauguración del Congreso Indigenista Interamericano, Lázaro Cárdenas delineó lo que sería la política indigenista de ahí en adelante: “La fórmula de ‘incorporar al indio a la civilización’, tiene todavía restos de los viejos sistemas que trataban de ocultar la desigualdad de hecho, porque esa incorporación se ha entendido generalmente como propósito de desindianizar y de extranjerizar, es decir, de acabar con la cultura primitiva (...) Por otra parte, ya nadie pretende una resurrección de los sistemas indígenas precortesianos, o el estancamiento incompatible con las corrientes de la vida actual. Lo que se debe sostener es la incorporación de la cultura universal al indio, es decir, el desarrollo pleno de todas las potencias y facultades naturales de la raza, el mejoramiento de sus condiciones de vida, agregando a sus recursos de subsistencia y de trabajo todos los implementos de la técnica, de la ciencia y del arte universales, pero siempre sobre la base de la personalidad racial y el respeto de su conciencia y de su identidad”. Cárdenas lleva en sus palabras la opinión de Gamio, de Vasconcelos, ambos marcados grandemente por el darwinismo social de Molina Enríquez y que implica su absorción irremediable. Durante décadas priistas, la constante fue la de llevar al indio al progreso, a disfrutar las “mieles” de la modernidad y su canto de sirenas… al final, durante el salinato, se reconoce a México como nación multicultural, lo que en la práctica no trajo grandes beneficios. Una vez llegado el panismo, la constante fue el silencio y el latrocinio de tierras y zonas sagradas y emblemáticas para los grupos indígenas –recordemos el caso de los wixárika y el monte Quemado en San Luis Potosí–; igual, su aprovechamiento como curiosidades turísticas.

En un texto fundamental para entender la vida y problemática indígena, Aprender a Escuchar, Enseñanzas Maya Tojolabales (2008), Carlos Lenkersdorf nos explica el incalculable valor de escuchar en situaciones de interculturalidad, especialmente con las comunidades tojolabales. Para él, aquellos educados en clave occidental, centramos nuestra atención en el habla, pero no en el acto de escuchar. Quizá lo que sucede es que el habla implica acción y por tanto produce; quien escucha, no lleva una postura aparentemente activa y ello implica inacción, improductividad, por lo cual, no es deseable para las mentalidades modernas globalizadas. La lengua tojolabal ejemplifica esta complejidad pues, siguiendo a Lenkersdorf, “en este idioma, para el término de lengua o palabra hay dos conceptos: ‘ab’al y k’umal. El primero corresponde a la lengua o palabra escuchada y el segundo se refiere a la lengua o palabra hablada. Se enfoca, pues, el fenómeno lengua desde dos aspectos, el hablar y el escuchar”. Dicha postura dialógica supone que ambos sujetos se encuentren en igualdad de circunstancias y con un profundo conocimiento uno del otro… o al menos, la voluntad para conocer. Con el neologismo “cosmoaudición”, el autor alemán concentra el conocimiento profundo de la cosmovisión que se descubre detrás de la lengua, imbricado con la cultura que de tenerlo nos lleva a escuchar de manera correcta al interlocutor indígena. Cuando él llegó a la región tojolabal, lo primero que hizo fue tratar de aprender la lengua y sus costumbres, lo que extrañó completamente a los indígenas. “Ustedes son los primeros que vienen con nosotros para aprender de nosotros: Aquí todos los que vengan quieren enseñarnos como si no supiéramos nada: Son maestros, médicos, funcionarios, políticos, extensionistas. Todos nos quieren enseñar”. En efecto, siempre hemos visto en ellos sujetos de enseñanza que requieren que les marquemos el paso pues nuestra verdad es única y absoluta. Escuchar: un auténtico despropósito en este mundo invadido por políticos cuya única prioridad es nunca dejar de hablar y mirarse el ombligo.

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