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¿Cuánto pesa la ley?

Por: Juvenal González González

2013-02-07 04:00:00

Todos somos iguales ante la ley, pero no ante los encargados de aplicarla.

Stanislaw Jerzy Lec

 

Gracias a la espléndida película de Alejandro González Iñárritu, 21 Gramos, nos enteramos, al menos yo, de una curiosa teoría que sostiene que ese es el peso del alma. Creerla o no ya es aroma de otro hogar, pero la teoría del Dr. Duncan MacDougall ahí está.

Sin en cambio, como dicen en mi pueblo, no se sabe, al menos yo, de alguna hipótesis homóloga que nos dé cuenta del peso de la ley. Así que cuando escuchamos que sobre algún presunto caerá “todo el peso de la ley”, bien a bien no sabemos de qué va el asunto. Sobre todo cuando la supuesta responsabilidad del inculpado no está suficientemente aclarada y demostrada.

Si se tratara o tratase de una encrucijada filosófica el tema no tendría demasiada importancia. Pero al referirse a un asunto de justicia que afecta significativamente la vida presente y futura de las personas involucradas (acusados y acusadores, juzgados y juzgadores, familiares, amigos, et al) el tema cobra trascendencia.

La semana pasada mencioné el apotegma juarista “A los amigos justicia y gracia, a los enemigos justicia a secas”. De donde se infiere que el peso de la ley es relativo, tanto, como cercano o lejano se esté del poder para ser considerado “amigo” o “enemigo”. Escenario que se empeora cuando la “amistad” tiene precio y entonces el pudiente se sobrepone al desamparado.

De tal suerte que la historia y la experiencia están plagadas de aberraciones y excesos que dejan muy mal parados a la justicia y los encargados de impartirla. Ni siquiera los países modernos, que tanto se ufanan de la imparcialidad de sus tribunales, están exentos de tales impudicias. Basta con observar el pérfido complot urdido entre Inglaterra, Suecia y Estados Unidos, para dejar caer “todo el peso de la ley” sobre Julian Assange, fundador y cerebro de WikiLeaks, por levantar las alfombras de las alcobas del poder y exponer a la luz pública el estercolero que esconden.

Ahora bien, que los males de las estructuras judiciales sean tan antiguos y extendidos, no justifica ni exime de ninguna manera lo que ocurre en México. Aquello de “mal de muchos…”, no aplica.

Mire usted, la alta burocracia judicial, llámense jueces, magistrados o consejeros; disfrutan (dicho con extrema precisión) de los sueldos y prestaciones más altos del mundo. Esto, bajo la peregrina tesis de que eso los hace incorruptibles. Lo cual es, a todas luces, más falso que la virginidad de Madona. Ni siquiera les otorga un mínimo de confiabilidad porque sus fallos trascendentes siempre dejan una estela de incertidumbres y resquemores. Cosa que ocurre precisamente porque la constante es que sus veredictos sean complacientes con los poderosos y garantes del status quo. Sus fugaces excepciones son golondrinas que no hacen verano.

Los últimos días han dejado constancias de lo antes dicho. El caso más sonado, sin duda, fue el de Florence Cassez. Y lo fue, no porque no hubiera razones jurídicas de sobra para liberarla, sino por la inconsistencia de los magistrados de La Corte que, cual chilindrinos, como dijeron una cosa dijeron otra. Primero se sometieron a las presiones de Calderón y luego al deseo de Peña Nieto.

Todo indica que la francesa pasó de “enemiga” a “amiga” del régimen sin tocar baranda, de acuerdo con las circunstancias políticas. No ocurrió lo mismo con los electricistas, a quienes mantuvieron en su condición de “enemigos” y no contaron con la “gracia” divina, para desgracia de ellos y sus familias, pero también de todos los trabajadores y del propio país, atrapado entre las redes de la discrecionalidad autoritaria de los gobernantes.

El cierre de Luz y Fuerza fue tan ilegal y atrabiliario que los trabajadores que se han resistido a ser “liquidados”, obtuvieron el amparo de un tribunal colegiado en materia laboral que, al determinar que la CFE es, sin lugar a dudas, un patrón sustituto de acuerdo con la legislación laboral, estaba obligada a la recontratación y pago de salarios caídos.

Y hete aquí que La Corte le “dio patrás”, papá. A la voz de aquí nomás mis chicharrones truenan, desestimó todo el trabajo y las argumentaciones de sus colegas. Todo para hacer prevalecer la decisión de los abogados patronales panistas que, por sus pistolas, designaron a los trabajadores mexicanos, principalmente electricistas y mineros, como “enemigos del régimen”.

Y para no desentonar con sus congéneres, los consejeros del IFE están empeñados en demoler lo que queda de una de las instituciones que más esperanzas había generado y mayor confiabilidad logrado en los últimos años. No cabe duda que aferrarse a tan suculentos huesos, les resulta más motivante que el aburrido jale de construir un “país de leyes”. Que hueva.   

Se han cumplido 96 años de la Constitución mexicana y con bombo y platillos anuncian los festejos del centenario. Pero eso nada significa mientras los gobernantes no honren su juramento cumplirla y hacerla cumplir. Por el contrario, a lo largo de estos años se han preocupado más por quitar o limar los aspectos más filosos y relevantes logrados por los revolucionarios constituyentes (en ese orden) de 1917.

Las leyes se han ido ajustando a los intereses de los poderes facticos, los grandes capitalistas locales y la usura internacional. Los trabajadores del campo y la ciudad viven en condiciones similares e incluso peores a las que padecían bajo la dictadura porfirista. La reforma agraria se transformó en una oficina burocrática; el artículo 123 en una calle; el Tercero en una burla y el 5 de febrero en puente. Frente al peso relativo de las leyes, el de los pesados es absoluto. Nada que celebrar.

Cheiser: Mientras tanto, en Francia acaban de derogar una ley de hace 200 años que prohibía a las mujeres el uso de los pantalones.

En Colombia pugnan por derogar una ley de 1887 que prohíbe “la importación de chinos para cualesquier trabajo en el territorio colombiano”.

Y en Estados Unidos están tratando de excluir el término “lunático” de sus leyes. Pareciera que la legislación es un asunto de broma.

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