Logo de La Jornada de Oriente
Cargando...

Las adicciones y la personalidad

Por: Rafael H. Pagán Santini

2013-05-08 04:00:00

Las adicciones son un índice negativo del proyecto reflexivo de nuestra personalidad en convivencia con la sociedad. Son modos de conducta que se introducen en este proyecto reflexivo que, aunque se intente impedir queden incorporados en el mismo. Las adicciones parecen haberse incorporado en forma muy consecuente a nuestro estilo de vida moderno. Hoy más que nunca, es posible llegar a ser adicto, entre otras cosas, a las drogas, a la comida, al trabajo, a fumar, a ir de tiendas, al ejercicio, al juego y a las relaciones, entre otras cosas1.

En nuestra sociedad moderna amplias áreas de la vida de una persona ya no están conformadas por modelos y hábitos preexistentes, como ocurría en las sociedades tradicionales. El individuo moderno se ve obligado continuamente a negociar opciones de estilo de vida. El haber eliminado la tradición y al no contar con un modelo social particular que sea obedecido y sancionado, el individuo está obligado a descubrirse a sí mismo en sus hábitos y acciones. El proyecto reflexivo de persona asume una importancia especial en su identidad y las opciones de estilos de vida ya no son aspectos “externos” o marginales de las actitudes individuales, sino que definen dónde “está” el individuo. En otras palabras, las opciones de estilo de vida son constitutivas de la narrativa del Yo2. La pérdida temporal de esta preocupación reflexiva por la protección de la identidad genérica es parte de la experiencia adictiva.

Cuando la conducta es gobernada por la búsqueda constante del estímulo y esta no es una opción libre, en lo que respecta a la personalidad, se habla de adicción. Los comportamientos habituales como parte de la identidad individual, en la adicción se traducen en la búsqueda de reforzadores que permitan obtener respuestas gratificantes. Los reforzadores son estímulos, cuya percepción se traduce en un aumento de la probabilidad de respuesta, pueden ser estímulos positivos o negativos, los primeros son considerados de recompensa y los últimos como de castigo. Los reforzadores, además, pueden ser naturales o artificiales. Entre los primeros están la ingesta de comida y de bebida, las relaciones sexuales y el cuidado de la descendencia, todos ellos esenciales para la supervivencia de la especie. Entre los segundos se encuentran la estimulación cerebral, las drogas de abuso, los juegos de azar y los videojuegos, por poner algunos ejemplos. Tanto los reforzadores naturales como los artificiales parecen incidir sobre los mismos sistemas neurales de modo que al ser usados de forma indebida se produce una alteración en los sistemas neuronales que regulan el esfuerzo natural, lo cual se traduce en la aparición de comportamientos denominamos “adictivos3.

Hoy se admite que un sustrato neural básico que mantiene las conductas adictivas radica en el sistema meso–corticolímbico dopaminérgico, el cual se localiza en la parte anterior del cerebro. Este sistema está formado por una serie de núcleos interconectados entre sí de forma, lo que permite una circulación relativamente fluida desde la porción ocupada las áreas relacionadas con el placer y las áreas relacionadas con los movimientos. La vulnerabilidad a los efectos adictivos de los reforzadores positivos es diferente entre una y otra persona. Esta diferencia consiste en los diferentes factores psicosociales y al hecho de que puede haber una susceptibilidad a los efectos de los reforzadores muy diferentes en cada sujeto. En algunos individuos las deficiencias en ciertos elementos reguladores de la transmisión sináptica del sistema dopaminérgico y del opioidérgico pueden participar como factores de vulnerabilidad. Sin embargo, excepto en el caso de la existencia de patologías psiquiátricas asociadas y previas a la drogadicción, el riesgo biológico de adquirir drogodependencias es muy similar para todos.

La naturaleza de la adicción se expresa en una conducta compulsiva, que incluso, en el caso de la dependencia química, la adicción se mide de facto en términos de las consecuencias que tiene el hábito sobre el control de la vida del individuo, más las dificultades inherentes para librarse de este hábito. La adicción puede ser definida como un hábito estereotipado que se asume compulsivamente; el sustraerse a la misma proporciona una ansiedad incontrolable. Éstas proporcionan una fuente de bienestar para el individuo, al aplacar la ansiedad, pero su experiencia es siempre más o menos transitoria. La compulsión genera una forma de conducta donde el individuo se encuentra imposibilitado de detener por sí sólo un comportamiento determinado. El poder de decisión se encuentra secuestrado, su comportamiento se reduce a la obediencia del estímulo inmediato. La conducta compulsiva se asocia al sentimiento de pérdida de control la persona. Al actuar a impulsos de la compulsión produce la liberación de tensiones y el no hacerlo causa un aumento excesivo de ansiedad4.

Los factores psicosociales son el elemento distintivo en la facilitación del camino hacia la adicción. Esa facilitación puede verse aumentada, sí además, hay factores biológicos que hacen más susceptibles a los individuos a los efectos positivos de los reforzadores y a las alteraciones emocionales y cognitivas que producen estos estímulos. Las adicciones, en el cerebro, se traducen en una alteración en la comunicación neural. Esta modificación se ejerce sobre redes neuronales que regulan comportamientos importantes para la supervivencia de la especie humana, como la ingesta de comida y bebida, el cuidado de la descendencia y la reproducción.

En el caso de las sustancia químicas, estos tienen la capacidad de actuar sobre los circuitos neurales de forma tal que secuestraran las actividades diarias del individuo, poniendo como única meta la búsqueda de la sustancia. Mientras se afectan esas redes neuronales, las drogas van cambiando el cerebro de una forma muy sutil hasta llegar un momento en que el cerebro queda “marcado” y sensibilizado por las drogas. Tras el consumo continuado de las drogas, el cerebro de las personas ya nunca es igual en lo que se refiere a su relación con las drogas. En cierto modo, aunque la persona esté deshabituada, su cerebro sigue sensibilizado de forma permanente. Esa marca, esa sensibilización, es la que hace vulnerable al sujeto para el consumo de drogas tras una abstinencia prolongada y provoca recaídas, ya sea por el consumo de pequeñas dosis de droga, por la presencia de estímulos ambientales y psicológicos asociados al consumo previo de drogas o, simplemente, por recuerdos asociados al consumo de drogas5. En el comportamiento compulsivo la conducta de la persona queda gobernada por la búsqueda constante de este comportamiento, que, sin embargo, conduce persistentemente a sentimientos de vergüenza o inadecuación. Al no ser la conducta una opción libre, en lo que respecta al proyecto reflexivo de persona, es una adicción.

 

1Ditzler Joyce, Ditzler James; If you really love me–how to survive an addiction in the family, Londres, McMillan, 1989.

2Giddens, A.; Modernity and SelfIdentity, Cambridge, Polity, 1991, p.75.

3Ambrosio Flores, Refuerzo y Adicción, 2010, Viguera, p 435–442.

4Giddens A., La transformación de la intimidad, (p 72).

5Ibid, Ambrosio Flores.

Si desea más información sobre esta columna puede escribir al correo electrónico

rhpmedicus@yahoo.com.mx

Share
La Jornada
Nacional Michoacan
Aguascalientes Guerrero
San Luis Veracruz
Jalisco Morelos
Zacatecas  
Tematicas
Defraudados Izquierda
AMLO Precandidatos 2012
Servicios Generales
Publicidad
Contacto
© Derechos Reservados, 2013. Sierra Nevada Comunicaciones S.A. de C.V.