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Aprendizaje y adicción

Por: Rafael H. Pagán Santini

2013-05-15 04:00:00

Todo parece indicar que el efecto adictivo de las
drogas comienza estimulando los reforzadores
positivos del comportamiento, esto es, tiene la
capacidad para ejercer estímulos emocionalmente
positivos que consolidan una conducta

La epidemia de la adicción a sustancias psicotrópicas o narcóticos, comúnmente conocidas como drogas, está alcanzando proporciones preocupantes en nuestro país. Aunque muchas instituciones están tratando de combatir sus efectos con programas preventivos, de seguir la tendencia en aumento, pronto estaremos viendo daños en nuestra juventud, que probablemente sean irreversibles. Todo parece indicar que el efecto adictivo de las drogas comienza estimulando los reforzadores positivos del comportamiento, esto es, tiene la capacidad para ejercer estímulos emocionalmente positivos que consolidan una conducta. Esta capacidad guarda una estrecha relación con la potenciación en el abuso de la droga.

Los estímulos, cuya percepción se traduce en un aumento de la probabilidad de respuesta, reciben el nombre de reforzadores o estímulos reforzadores positivos, en contraposición a los que reducen la probabilidad de aparición de la respuesta, que se denominan estímulos de castigo. Los reforzadores pueden ser naturales o artificiales. Entre los primeros están la ingesta de comida y de bebida, las relaciones sexuales y el cuidado de la descendencia, todos ellos esenciales para la supervivencia de la especie. En los segundos se encuentran la estimulación cerebral, las drogas de abuso, los juegos de azar y los videojuegos, entre algunos ejemplos. Tanto los reforzadores naturales como los artificiales parecen incidir sobre los mismos sistemas neurales de modo que, a consecuencia de un uso indebido de esos estímulos artificiales por parte de los humanos, se produce una alteración en los sistemas neuronales que regulan el esfuerzo natural, lo cual se traduce en la aparición de comportamientos poco saludables que persisten a pesar de sus consecuencias adversas y que desembocan, en algunos individuos, en una patología que denominamos “adicción.

Las sustancias que genere adicción son aquellas que producen la necesidad imperiosa o compulsiva de volver a consumirla para experimentar la sensación placentera que inicialmente produjeron. Estas experiencias emocionales pueden caracterizarse como placer, euforia, alivio de la tensión, o cualquier otro estado de bienestar producido por el consumo de ellas. La administración o exposición repetida a sustancias adictivas da lugar a efectos conductuales conocidos como: habituación, sensibilización y tolerancia, producto de los cambios neuronales que sufre el cerebro como consecuencia del consumo de la droga.

Los efectos conductuales de las drogas son producto del aprendizaje por asociación. El aprendizaje es un proceso que se localiza en la sinapsis (unión entre neuronas), en la que se producen modificaciones estructurales, químicas y eléctricas. Estas modificaciones son precedidas por modificaciones dentro de la célula neuronal (citoplasma) y del núcleo de la misma, lo que involucra a los genes. Por lo tanto, es un proceso de adquisición más o menos permanente debido a la acción de estímulos ambientales que producen modificaciones sinápticas.1 La posibilidad de estas modificaciones neuronales es lo que se conoce como plasticidad neuronal. Éste comportamiento neuronal permite, no sólo que las funciones se modifiquen durante la vida, sino que la estructura de la corteza cerebral sean dinámicas. El proceso de adicción comparte muchas similitudes con los mecanismos de plasticidad sináptica, normalmente atribuidos al aprendizaje y a la memoria. La evidencia emergente apoya fuertemente la hipótesis de que las drogas modifican las uniones sinápticas en la mayoría de las regiones cerebrales involucradas en la adición y que estas modificaciones a su vez tienen consecuencias importantes en el comportamiento.

Aprendizaje y memoria son procesos cerebrales complejos, implicados además en la mayor parte de la actividad cognitiva.  Las propiedades funcionales de las memorias se encuentran en las mismas estructuras y mecanismos cerebrales implicados en su adquisición. Ello, a su vez, dependerá del desarrollo cognitivo que guiará nuestro comportamiento durante nuestra vida y de las instrucciones que recibimos a la hora de aprender. El aprendizaje por ensayo y error también conocido como condicionamiento operante supone aprender una asociación entre una conducta y su recompensa. En general las conductas que son recompensadas tienden a ser repetidas, mientras que las conductas que se siguen de consecuencias que producen aversión, no necesariamente dolorosas (castigos o refuerzos negativos), en general no se repiten. Este tipo de aprendizaje puede ser identificado claramente con la adicción al uso de drogas.

Un aspecto importante relativo a los sustratos neurales que pueden participar en el inicio de la conducta adictiva es el de ofrecer una mayor o menor susceptibilidad ante los efectos euforizantes de las drogas. Las correlaciones fisiológicas de mayor facilidad para la adquisición de conductas adictivas parecen basarse en variaciones en la funcionalidad de algunos sistemas de neurotransmisores. Por ejemplo, una mayor presencia de receptores del subtipo D2 de dopamina en el cerebro puede ser un factor “protector” ante los efectos euforizantes de los psicoestimulantes.

La variabilidad en la funcionalidad de los sistemas de neurotransmisores es probablemente congénita, influida directamente por genes específicos, o bien indirectamente por factores epigenéticos durante el desarrollo perinatal. Esta variabilidad genética puede afectar no solamente a los sistemas de neurotransmisores, sino también a todos aquellos procesos que regulan la farmacocinética y farmacodinámica de las drogas, así como las respuestas fisiológicas a éstas. Algunas personas pueden responder adversamente tras las primeras exposiciones, provocando la no facilitación de la continuación del consumo en algunos individuos y actuando, en última instancia, como factor protector. Otras responden queriendo repetir la experiencia positiva luego de la primera exposición.

Las respuestas emotivas a las sustancias psicotrópicas se deben a la activación de centros cerebrales fuertemente interconectadas. En las situaciones en las que dominan la estimulación afectiva y las emociones positivas, o su anticipación, interviene el sistema de la recompensa cerebral (mesolímbico–mesocortical). Se admite que este sistema se origina principalmente en las neuronas dopaminérgicas del área tegmental ventral que se dirigen hacia el cuerpo estriado, en la amígdala, en el núcleo accumbes, en el hipotálamo, en el septo, en la corteza del cíngulo anterior y en la corteza prefrontal ventromedial/orbital.

En este circuito mesolímbico, a través de mecanismos celulares directos o indirectos, las drogas de abuso inducen la liberación de dopamina, lo cual para el cerebro es sinónimo de placer. Por lo tanto, las drogas de abuso artificialmente propician placer en nuestro cerebro. La dopamina es uno de los neurotransmisores más importantes en el cerebro, teniendo roles en el control del comportamiento, actividades motoras, motivación y recompensa, recientemente se le ha relacionado con el desarrollo cognitivo. La vía mesolímbica dopaminérgica participa, fisiológicamente, en la creación de hábitos de conducta tras estímulos reforzadores naturales (comida, bebida, sexo). La adicción sería, por tanto, una perturbación crónica de esta vía inducida por la droga, creando un hábito patológico, cuyo fin es el consumo de la droga (estimulo reforzador aberrante). Aunque las drogas adictivas presentan una gran diversidad molecular y actúan sobre diversos receptores y estructuras, existe un factor común a las mismas, el cual es la activación de la vía mesolímbica dopaminérgica, crítica en el procesos de dependencia y adicción. Esta área anatómica del cerebro es también conocida como el “circuito de placer”. 

 

1Nev. Neurol 2006; 42 (supl 2). S139–S142.

 

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rhpmedicus@yahoo.com.mx

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