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El té verde y sus beneficios

Por: Rafael H. Pagán Santini

2013-02-07 04:00:00

Los investigadores continúan hallando los ya reiterados beneficios del té verde. En esta ocasión su actividad antioxidante podría ser la clave para prevenir y tratar el mal de Alzheimer. Esta enfermedad se caracteriza por la presencia de placas y madejas de proteínas en la corteza cerebral y en el sistema límbico, los responsables de las funciones superiores del cerebro. La destrucción cerebral provocada por la enfermedad de Alzheimer se ha comparado con el borrado de un disco duro de una computadora: comienza por los últimos archivos y se retrotrae hasta los más antiguos. Pero la analogía con el computador no es completa. Nadie puede reiniciar el cerebro humano y volver a cargar archivos y programas. La enfermedad de Alzheimer no se limita a borrar la información, sino que destruye también la propia estructura cerebral, lo que en nuestra analogía sería el “hardware”, una red de más de 100 mil millones de neuronas que establecen 100 billones de conexiones entre sí.

Clínicamente la enfermedad de Alzheimer se considera como un desorden neurodegenerativo, progresivo y fatal, que se manifiesta con el deterioro cognoscitivo y de la  memoria; alterando las actividades del diario vivir y presentando una variedad de síntomas neuro–psiquiátricos y disturbios conductuales. Durante el proceso de desarrollo del Alzheimer, se crea una proteína llamada amiloidea, un poco pegajosa, que al agruparse interactúa con células nerviosas. Este proceso hace que se mueran las células y ocasione enfermedades neurodegenerativas. Los estudios de prevalecía señalan que el porcentaje de personas con la enfermedad Alzheimer aumenta en factor de dos en aproximadamente cada cinco años de edad, esto quiere decir que un por ciento de las personas padecen la enfermedad a los 60 años de edad y cerca de 30 por ciento la padecen a los 85 años de edad.

Uno de los síntomas iniciales de la patología es la incapacidad de recordar sucesos recientes (una conversación telefónica con un amigo, la visita de un familiar a la casa) mientras se conserva intacta la memoria de lo ocurrido hace largo tiempo. Sin embargo, conforma la enfermedad avanza, los recuerdos viejos, igual que los inmediatos, desaparecen de forma gradual hasta que se es incapaz de reconocer incluso a los seres más queridos. Al final se pierden los recuerdos de todo una vida, la identidad misma de la persona.

De acuerdo a la BBC–mundo, investigadores de la Universidad de Leeds, en Inglaterra, descubrieron que los químicos naturales presentes en té verde y el vino tinto pueden interrumpir un paso clave en el camino del desarrollo del Alzheimer. El grupo de investigadores descubrimos que los antioxidantes presentes en té verde y el vino tinto pueden alterar la forma de un amiloideo y evitar que interactúe con una proteína particular de la célula del cerebro.

El consumo de té verde, además, prolonga la vida y reduce los riesgos de las enfermedades cardiovasculares. El té verde se hace de las hojas secas de la Camellia sinensis, un arbusto de hoja perenne. Tanto el té verde como el té negro y el té oolong derivan de la misma planta. El té verde se produce mediante el cocimiento ligero a vapor de las hojas recién cortadas, de esta manera no permite la oxidación de las enzimas dentro de las hojas. En contraste, cuando se permite la oxidación de las hojas de la Camellia sinensis se produce té negro (en este proceso se fermenta la hoja cambiando el sabor y su contenido enzimático). El té oolong es un té parcialmente oxidado. Los compuestos polifenoles del té verde, en especial el epigalocatequina–3–galato, podría explicar la asociación observada en la reducción de la tasa de mortalidad por enfermedad cardiovascular, independientemente del perfil de riesgo.

Los polifenoles se hallan ampliamente distribuidos en el reino vegetal. Forman parte de nuestra dieta a través de la ingesta de frutas y hortalizas y derivados (zumos, vinos y té). Su función en las plantas es la de participar en la acción defensiva contra plagas y otros factores de estrés. Además, los polifenoles contribuyen de forma decisiva al sabor, aroma y color de frutas y hortalizas, determinando así la calidad de la misma.

El grupo de polifenoles más abundante corresponde a los flavonoides. Entre estos están: los antocianos, responsables del color rojo o púrpura de la uva tinta, la ciruela y la fresa; los derivados de la catequina que están presentes en las uvas, cerezas y sobre todo en el té y en el vino; los flavonoles que están presentes en la mayoría de las frutas y son muy abundantes en la cebolla; las flavanonas que se encuentran en los cítricos; la flaconas están presentes en el apio y en el pimiento; y la isoflavonas que son muy abundantes en la soja.

Los polifenoles destacan no tan sólo por sus efectos benéficos en las plantas, sino también por los beneficios que confiere a la salud del ser humano. La mayoría de ellos muestran una potente actividad antioxidante: mediante la captación de radicales libres (especies altamente reactivas implicadas en la degradación de estructuras celulares) interviene en el envejecimiento, así como en enfermedades degenerativas. Además de su acción antioxidante los polifenos tiene activada antivirica, antibacteriana y anticancerígena.

La evidencia sobre el efecto benéfico que los polifenoles tienen sobre las arterias es cada vez más contundente. La acción de los polifenoles, además de favorecer la erradicación de los radicales libres a través de su actividad antioxidante, aumenta la función de las células arteriales (endotelio) mejorando la síntesis del óxido nítrico (vasodilatador). La información sobre los polifenoles se empaña al no conocerse la cantidad de polifenos que hay en cada alimento que consumimos. No existe información actualizada sobre cuánto polifenol debemos consumir para obtener algún beneficio. Sabemos que estos se encuentran en las frutas, legumbres, hortalizas, vino, té, café, cacao  y en otros alimentos, pero cuánto polifenol hay en cada porción de cada uno de ellos no lo conocemos. 

La información disponible señala que los polifenoles no están distribuidos de manera pareja en la misma planta. Por ejemplo, las semillas de las uvas contienen mucha más cantidad de flavanoles que la cáscara de la misma, mientras que la pulpa está casi desprovista del todo. Entre especies de una misma fruta las diferencias pueden ser significativas. Por ejemplo, en la uva de vino la cantidad de flavanoles es hasta 10 veces mayor en el vino blanco.

 

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