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Actos y comportamientos del ser humano versus voluntad

Por: Rafael H. Pagán Santini

2013-04-04 04:00:00

Si analizamos las acciones del ser humano desde la perspectiva del agente, esto es, del actor, veríamos que todas sus acciones alcanzan el nivel de conciencia, precisamente porque estas describen acciones desde el punto de vista de la primera persona. Sin embargo, el agente–actor desconoce los procesos químicos y físico que se llevan a cabo en su cerebro para estas acciones puedan realizarse. Manteniéndonos dese el punto de vista del actor, las acciones humanas pueden ser vistas de forma simple. Éstas se relacionarán con sus deseos, los cuales, a su vez, tienen un fin y él considerará que tales acciones son las apropiada para alcanzar dicha meta. Las creencias y los deseos racionalizan las acciones1. Por lo general, este tipo de acción se tratan de explicar haciendo referencia a Aristóteles. De acuerdo al silogismo práctico, presentado en la Ética nicomáquea, el cual parte de la premisa del deseo del actor (A desea X)  y cree (A cree que si se lleva a cabo B, entonces de alcanza X), la conclusión sería la acción que se lleva a cabo para alcanzar X.

Muchas de las interpretaciones que se hacen de este silogismo son erróneas al adjudicar voluntad o intencionalidad en la premisa de Aristóteles. De igual forma se pretender encontrar tanto la voluntad como la intencionalidad en el actor con la mera descripción de sus las acciones. De acuerdo a Vernant y Vidal–Naquet2, para justificar el principio de  culpabilidad personal del malvado y dar a la afirmación de la responsabilidad del hombre un fundamento teórico, Aristóteles elabora una doctrina del acto moral que representa, en la filosofía griega clásica, el esfuerzo analítico más profundo para distinguir, según sus condiciones internas, las diferentes modalidades de la acción, desde el acto realizado a pesar de una mismo, por coacción exterior o ignorancia, hasta el acto realizado no sólo por propia voluntad, sino con pleno conocimiento de causa, tras deliberación y decisión. Para este fin, Aristóteles forja el término proaíresis, el cual es la acción bajo su forma de decisión, privilegio exclusivo del hombre, en cuanto ser dotado de razón, por oposición a los niños y a los animales, privados de ella. Sin embargo, sería un error el reconocer en la proaíresis un libre poder de elección del que dispondría el sujeto en su decisión. Según explican Vernant y Vidal–Naquet, la proaíresis no constituye un poder independiente de los tipos de facultades que actúan en la acción moral: por un lado, la parte apetitiva del alma; por otro, el intelecto, en su función práctica. El deseo penetrado de razón, está orientado hacia la finalidad de la acción; es ella la que mueve el alma hacia el bien; pero pertenece, igual que la codicia y el arrebato, al orden de la apetencia3. Por lo que podemos decir que, Aristóteles no pretende con este silogismo demostrar la noción de un libre poder de decisión, sino simplemente el cómo el deseo utiliza la acción como un medio para alcanzar un fin.

La teoría de la acción del comportamiento toma otro matiz en la medida en que abandonamos lo visible a simple vista  y nos adentramos en el cerebro. La dificultad con este órgano, aunque muchos intentan simplificarlo al comparar su actividad con la digestión, es que además de intervenir indirecta o directamente en todos nuestros procesos fisiológicos, en él se produce todo lo que identificamos con espiritualidad, transcendencia, el YO, la voluntad y con lo que identificamos como mente. En principio, todos los procesos mentales, aún los más complejos, derivan de operaciones cerebrales. Lo que identificamos normalmente como mente es la expresión de la función cerebral. Las funciones cerebrales no solamente son aquellas que tienen que ver con las acciones motoras, como el caminar, comer, sino también otras más complejas como la consciencia, pensar, hablar, crear, entre otras. Por lo que los desórdenes de comportamiento son considerados disfunciones cerebrales, aún aquellos en que el origen es visiblemente ambiental.

La situación en el análisis sobre el comportamiento humano sería bastante sencilla de comprender si nos quedáramos a este nivel. No tendríamos inconveniente en aceptar que las acciones humanas son el resultado de la actividad cerebral si no fuera porque esto además conlleva el reconocer que ésta actividad es fuertemente influenciada por los genes del individuo. La vulgarización de este principio ha hecho mucho daño en la comprensión de la relación entre genes y comportamiento. Es una simpleza el señalar que los procesos biológicos son estrictamente determinados por los genes o por el otro lado, igualmente de simple, el señalar que la única función de los genes es la de trasmitir la información hereditaria de una generación a otra.

Los factores sociales y del desarrollo contribuyen junto con los genes en el comportamiento humano. La expresión genética contribuye al comportamiento humano, de igual forma, el comportamiento y los factores sociales externos actúan retroalimentando al cerebro lo que genera una modificación en la expresión genética y por lo tanto, sobre los células nerviosas. Las alteraciones en la expresión genética inducidas por el aprendizaje dan lugar al cambio en el patrón de conexión entre las neuronas. Este cambio de patrón, con el reforzamiento o el debilitamiento entre cada unión neuronal es lo que se conoce como memoria. A través del aprendizaje se producen cambios en la expresión genética que alteran la fortaleza de las uniones entre las neuronas, así como su estructura, lo que altera a su vez el patrón anatómico de la interconexión entre las células del cerebro.

Hasta este momento no encontramos información que pueda ser controversial, aprendemos algo y la estructura cerebral cambia así como la expresión genética que sustenta esta estructura. La situación es un poco diferente cuando encontramos que en este aprendizaje también está incluido en lo que identificamos como la memoria procedimental o implícita. Bajo una descripción simplista podemos dividir la memoria a largo plazo en dos tipos, la que hemos mencionado, la memoria implícita, la cual engloba todos los recuerdos inconscientes, como determinadas habilidades o destrezas (por ejemplo, la habilidad necesaria para montar en bicicleta), y la memoria explicita o declarativa, la cual hace referencia a todos aquellos recuerdos que pueden ser evocados de forma consciente, como hechos o eventos específicos.

Cuando un individuo es estimulado para que tome una decisión el cerebro hace uso de toda la memoria que posee y procesa una elección sin conocimiento del agente o actor, el cual sentirá la motivación de llevar a cabo tal elección atribuyéndose, el YO, tal respuesta. La actividad cerebral del procesamiento de la información para la toma de decisión y una futura elección es totalmente inconsecuente, aún el origen de la motivación es totalmente inconsciente. Cada una de estas actividades cerebrales obedece a la estructura de uniones inter–neuronales preexistentes. He ahí el conflicto con la existencia de la voluntad o la intencionalidad de un acto. Son éstos producto del análisis racional ante la ambigüedad o el resultado del procesamiento inconsciente de la memoria almacenada en nuestro cerebro. 

1 Davidson, D. (1980). Actions, reasons, and causes. In D. Davidson (Ed.), Essays on actions and events (pp. 319). Oxford, England: Clarendon.

2Vernant JP., VidalNaquet P., (2002) Mito y Tragedia en la Grecia Antigua, ed. Paidós, Barcelona, Vol I pp. 51.

3Ibid pp. 53

Si desea más información sobre esta columna puede escribir al correo electrónico

rhpmedicus@yahoo.com.mx

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