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La última enfermedad de Wagner

Por: José Gabriel Ávila Rivera

2012-02-17 04:00:00

 

Era la mañana del 13 de febrero de 1883 cuando Wilhelm Richard Wagner, de 70 años de edad, despertó alrededor de las 6 de la mañana.

Desayunó copiosamente, desobedeciendo como siempre las observaciones de su médico Friedrich Keppler, y se puso a escribir unas notas sobre su siguiente proyecto operístico: Los Conquistadores, que trataba del papel de la mujer en la historia. Ya para el mediodía, a la hora de la comida, su esposa Cósima escuchó un grito de dolor seguido por el ruido del cronómetro que cayó al piso y las últimas palabras del genio, que fueron simplemente “¡mi reloj!” De inmediato llamaron al doctor Keppler, quien al arribar a la casa encontró a Cósima abrazando a Wagner y quien, en una especie de escape de la realidad, hizo una señal de silencio y en voz baja susurró: “Wagner duerme”. El corazón ya no latía después de una muerte súbita.

El doctor Friedrich Keppler lo sometió a una autopsia e hizo una descripción histórica, pues si bien es bastante deducible que la causa directa del fallecimiento fue un infarto, estudios posteriores han descrito una enfermedad cardiaca denominada “Displasia arritmogénica del ventrículo derecho”, que corresponde perfectamente a la reseña que se expresa en el documento redactado por el doctor Keppler.

He revisado los aspectos médicos de esta enfermedad, y si bien considero que son bastante interesantes, creo que es mejor abordar otros puntos de vista sobre este músico, pues a final de cuentas lo que condicionó su fallecimiento fue el beber en exceso, comer en abundancia, someterse a estados de alta emotividad y ser sedente, es decir, no tener actividad física. Su estilo de vida seguramente fue un reflejo claro de su última patología y sobre todo de su música.

Sus finales son impredecibles y sus obras suelen ser fatigantes cuando se abordan por primera vez; sin embargo, en la medida que se van escuchando poco a poco van surgiendo experiencias sonoras de un carácter verdaderamente extraordinario. Se puede decir que, adelantándose a su época, logró un estilo de composición modernista, con música aparentemente abstracta pero de una sonoridad que se convierte en la antítesis de lo concreto o lo sintético. Sus arias en cada una de sus óperas rebosan de dramatismo, de modo que se requiere definitivamente una “sobreactuación” para poder transmitir la esencia wagneriana.

De hecho, Adolf Hitler (1889–1945) lo veneraba y sus discursos eran expresados de la misma forma en la que los cantantes de las obras de Richard Wagner solían actuar. Es curioso, pero tal vez, dentro de su odio a los judíos, Hitler nunca supo que Wilhelm Richard Wagner nació un 22 de mayo de 1813 en la casa 3 de la calle Brühl, que era nada más ni nada menos que un barrio judío. Pero al margen de esta anécdota casi desconocida, la experiencia de ver en vivo Tristan e Isolda en el Palacio de Bellas Artes en México, que tiene una duración de alrededor de cinco horas de música pura, fue en mi vida, como amante de la música, una de las metamorfosis estéticas más memorables, pues tuve la oportunidad de asistir en cuatro ocasiones a esta majestuosa obra (la gente, absurdamente se salía al poco tiempo de haber comenzado, lo que me permitía un pase gratuito del personal que ya me conocía).

Nunca pude decir cuál fue la representación que más me gustó. Lo cierto es que desde las primeras notas ya se puede percibir una especie de composición contemporánea, escrita en el siglo XXI, por lo que puedo afirmar que se adelantó a su tiempo. Lleno de una música compleja pero al mismo tiempo estéticamente sobresaliente, Wagner es el representante más sublime del romanticismo, muerto del corazón, curiosamente un día antes del día del amor y la amistad.

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