Logo de La Jornada de Oriente
Cargando...

Comer mal

Por: José Gabriel Ávila Rivera

2013-06-21 04:00:00

Todos sabemos que la alimentación constituye un principio fundamental de la vida. Constantemente nos enfrentamos a conceptos que plantean la necesidad de comer en una forma equilibrada, es decir que la ingestión de nutrientes esté en balance con lo que gastamos en términos de energía y distintos elementos que interactúan en nuestro organismo. Además de lo anterior, lo ideal es hacer del proceso alimenticio un asunto agradable y lo suficientemente satisfactorio como para sentir deleite y placer. Se debe buscar finalmente que al comer mantengamos un buen nivel de salud alcanzando un alto rendimiento orgánico en nuestras actividades cotidianas. Pero no existe una fórmula que unánimemente pueda recomendarse para cualquiera, ni tampoco una norma que se aplique a todas las personas.

El conocimiento de la nutrición es una verdadera ciencia y arte, que necesariamente debe aprenderse en centros universitarios formales. Curiosamente existe un menosprecio hacia los nutriólogos y de hecho, no son raros los casos de médicos quienes sin preparación, sugieren manejos alimenticios en enfermos crónicos, provocando no en raras ocasiones, complicaciones metabólicas de difícil control.

Por lo pronto y sin que pretenda expresar un conocimiento lo suficientemente satisfactorio como para sentirme nutriólogo, en forma general para tener un aporte energético adecuado deberíamos plantearnos consumir entre 50 y 60 por ciento de carbohidratos (pastas, tortillas, panes integrales, papas y alimentos semejantes); entre 10 por ciento y 15 por ciento de proteínas (carnes, entendiendo por éstas a cualquier parte blanda de origen animal, huevos o quesos de preferencia frescos) y finalmente entre 25 por ciento y 30 por ciento de grasas, principalmente de origen vegetal (lo que no descarta la posibilidad de ser “prudentes” en el consumo de grasas animales).

Es particularmente recomendable comer frutas y verduras diariamente y no dejar de tomar agua, que en promedio debe ser de un litro y medio por día, independientemente de la que se ingiere con los alimentos como frutas jugosas o sopas. Pero considero que la asesoría especializada es determinante, pues una alimentación que cubra todas y cada una de nuestras necesidades metabólicas implican: la edad, el grado de actividad física, el género (injustamente, para las mujeres es más difícil mantener su peso que para nosotros los hombres), así como muchas otras variables que por ignorancia, no puedo mencionar. Sin embargo, es curioso que a lo largo de toda la historia de la humanidad, tengamos una recalcitrante tendencia a comer mal.

Obras literarias, pinturas, esculturas y hasta representaciones humanas no en raras ocasiones rinden culto a la obesidad. Como muestra de poder, el acceso ilimitado a alimentos ha tenido una iconografía particularmente interesante. Se tiene la idea de que los banquetes siempre deben ser extremadamente abundantes, aunque la palabra “banquete” proviene del italiano banchetto o “pequeño banco” que se refería a tablas dispuestas alrededor de las mesas y no a sillas colocadas para que los comensales se sentaran en una forma individual específicamente para comer. Estos malos hábitos cada vez toman matices que llegan a la ridiculez. No me refiero a nuestra mexicanísima y sabrosa costumbre de comer deliciosos tacos en la calle, sino al “fast food” estadounidense que en forma de hamburguesas pletóricas de grasa y pan de harina súper refinada, representa un atentado al buen comer.

No niego haber asistido a un comercio en donde se expende este tipo de comida que si bien, no me atrae, alguna vez despertó mi curiosidad;  pero desde el momento de tener qué hacer una fila para pararme frente a un muchacho que en un lenguaje de velocidad vertiginosa me solicita una orden; después el tomar una charola de plástico para llevarla personalmente a un incómodo lugar, sin que alguien tenga el gusto y la delicadeza de servírmela, no solamente me parece una actitud fría sino también incómoda, penosa pero sobre todo, impersonal. Pero la conducta más absurda la veo cuando se solicitan alimentos en automóviles para llevarlos a la casa (generalmente ya fríos) y en cajas de cartón que no ofrecen el placer visual de la comida lista para consumirse con deleite.

Tampoco puedo negar que he llegado a cometer estos pecados nutricionales, eso sí, en una forma extremadamente ocasional; sin embargo, teniendo los mexicanos una riqueza gastronómica que rivaliza con lo más selecto de la comida mundial, efectivamente considero un sacrilegio cambiar la hamburguesa (que hasta donde sé, nada tiene qué ver con la ciudad de Hamburgo, en Alemania) o el hot–dog (que nada tiene qué ver con los perros, a menos que por la calidad de la carne, sepan a canes hervidos), por cualquier variedad de comida tradicional que tenemos.

Por lo pronto y en total irreverencia, dentro de un rato comeré mal, pero disfrutando una de nuestras comidas mexicanas rápidas, de ésas que se comen en la calle con algo más que una espléndida fascinación.

Share
La Jornada
Nacional Michoacan
Aguascalientes Guerrero
San Luis Veracruz
Jalisco Morelos
Zacatecas  
Tematicas
Defraudados Izquierda
AMLO Precandidatos 2012
Servicios Generales
Publicidad
Contacto
© Derechos Reservados, 2013. Sierra Nevada Comunicaciones S.A. de C.V.