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Ya no cuento los días...

Por: Alejandra Fonseca

2012-07-20 05:44:27

Mañana hace un mes. Cuento los días, horas, minutos. Cuento los recuerdos sin número, los felices, los buenos. Y luego llegan los otros, enumerados: los tristes, el rompimiento… hace un mes.

Pero los días cuentan hasta que dejas de contar. Cuando todo duele parejo. Y el mismo dolor te anestesia la vida para no sentir más. Ya no hay diferencia entre lo que fue y lo que será. Ya todo es lo que es. El tiempo pierde su dimensión y deja de existir para ser instante perpetuo. Te encuentras entre el recuerdo en carne viva y el intento de olvido que no llega y es llaga que penetra el hueso que ya no eres. Y carne que quieres olvidar pero también ya se fue y ahí está en el cuerpo que siente la herida que cubre todo. Y la vida que es muerte, y la muerte que no alcanza.

La consciencia te abandona al husmear la muerte interior tan cercana, tan ceñida al borde del abismo, sin querer saber a dónde irás.

Al inicio no sabes de ti. No eres tú. Pero tampoco eres otra. Eres dos fantasmas: cuerpo sin alma y alma sin cuerpo. No sabes cómo te transformas en uno y en otro. Si es día o noche, si duele la luz o la oscuridad. Si duele todo o no duele nada. O si el dolor se aleja o se ha quedado para siempre.

Y mudas de la nada a la nada. Porque sentir es todo. Y el puente que te lleva está vacío pero caminas en el hueco que duele y te mueve al otro lado de la hendidura. Vas más allá del precipicio que de tajo te quiere llevar a la fosa. Pero dejar de sentir es otra cara de la oquedad. De la nada llena de entelequia. Porque no es posible. No es real. No es hacedero. Es condena.

Eres zombi. Deambulas por el mundo concreto con mil demonios en tu interior. Y el diablo se aparece en cualquier rincón. No lo puedes ver ni lo escuchas, pero lo sabes. Y no ves cuerpos ni almas, fantasmas o aparecidos, visiones ni espectros. Merodeas la locura y el infierno. Se burlaban de ti y te llaman guiñapo. Se ríen… pero no importa. No te ves, no te sientes, no te dueles. Pero te duele el mundo que acabó, era el universo entero para ti.

No importa nada: ni la nada misma importa. Ni el vacío, el desierto o lo solitario, el despojo o lo deshabitado. Estás hueco y el dolor brota. Inunda los confines sin repliegues ni cercanías. Destierros que no limitan ni detienen. Desborda el imperecedero dolor que cala el cuerpo que ya no tienes pero no ha dejado de sentir y contamina. 

Ya no cuento los días; ya dejé de contar…

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