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Por: Alejandra Fonseca

2013-04-19 04:00:00

 

Se amaban. Se casaron. Con el tiempo, se embarazaron. El niño nació. Enfermo. Tenía un padecimiento de esos que la ciencia todavía no conoce y menos descubre cómo tratarlo. El niño no tuvo ningún tipo de placer en ser niño. Desde pequeño iba y venía de doctor en doctor y de hospital en hospital. De tratamiento en tratamiento. Todos fallidos. La madre lo llevaba y traía. El padre… los abandonó.

El tiempo pasó y el niño creció. Cada día con su salud un poquito más mermada. El dinero nunca era suficiente y no había apoyo alguno que alcanzara. El gobierno nunca volteó a ver a esta señora que se las veía difíciles en tiempo, dinero y esfuerzo, pero era un placer platicar con ella por el afán de abonarle a la ciencia para que algún tipo de cura existiera para su hijo.

El niño, de seis años cumplidos, en alguna ocasión se encontraba hospitalizado cuando en la cama contigua se encontraba otro niño con un padecimiento por igual, extraño. En ese caso, era el padre el que siempre estaba al pie del cañón. La madre de uno y el padre del otro empezaron a platicar de las enfermedades de sus hijos. Se daban aliento, intercambiaban datos, compartían diagnósticos diversos y se consultaban cuestiones químicas, médicas y de investigaciones recientes. Ambos estaban al día y pendientes de los respectivos avances de la ciencia y de la evolución de los hijos propios y ajenos.

El hijo del señor poco a poco iba avanzando por un tipo de nutrición que el padre descubrió para él. Al hijo de la señora le compartió el hallazgo con entusiasmo, pero a éste no le hizo nada esa alimentación. Era algo más para lo que no había cura. Pero la señora no perdía la fe, y cuando a uno lo dieron de alta, el otro quedó hospitalizado por mucho tiempo más.

El señor y el niño visitaban al niño enfermo y a su mamá. El señor le ofreció su apoyo en lo que él pudiera, aunque a su decir “no era mucho”, y la señora, como ya se las había arreglado desde mucho antes, ya estaba adaptada a sus propios y escasos recursos pero a su mucha fe y entusiasmo. “Con que venga su hijo a jugar con el mío, es más de lo que puedo pedir. Lo veo sonreír y eso es más de lo que puedo pedir. Y que nadie puede comprar”.

Jugaron y rieron juntos varios meses más. El hombre con su hijo entraban y salían del hospital de manera constante. La mujer y su hijo los recibían con alegría, sonrisas y gratitud. Así se la llevaron hasta que un día, la señora le llamó al señor y le dijo: “Hoy necesito su ayuda”. El señor muy amable, porque era la primera vez que la señora le pedía algún tipo de apoyo cuando él se lo había ofrecido de corazón tiempo atrás, respondió: “Con mucho gusto. ‘¿Qué se le ofrece?”

–Necesito sacar a mi hijo del hospital –dijo ella.

–¡Cómo no, dígame qué necesita!  –respondió él.

–Es que mi hijo ya murió…

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