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Trilogía trágica

Por: Alejandra Fonseca

2012-02-24 04:00:00

Nunca sabes cómo vienen las cosas. Deseas que sucedan de una manera que te haría feliz, pero así no va. Todo pasa para bien o para mal. Nada es permanente. Nada dura. Todo cambia.

Dicen que fluir, es lo sabio del ser. Quizá lo sea, pero no dejas de volver el rostro atrás para preguntarte ¿qué sucedió?

Todas las separaciones son por algo. Nada es por nada. Todo es por algo. Y ese algo puede ser, o no, razonable y justificado, ¡como si el amor lo fuera! Pero hay que comprender. Y entender las cosas como son, a pesar de ser sujetos bien subjetivos.

Dicen que la verdad duele. No queremos verla para evitarnos dolor que ignoramos hasta dónde calará, hasta dónde se soportará, y hasta dónde y cómo nos va a cambiar. Los humanos buscamos estabilidad, permanencia, seguridad, confianza que nos permita predecir… Y no es lo tenemos. Y eso da miedo.

En nuestra separación dejamos pasar el tiempo. Permitimos la insondable distancia. Y el silencio, se hizo inescrutable, inescudriñable. Dejar pasar tiempo, a veces, da respuestas y sana heridas. La distancia entre los sucesos da oxígeno y claridad para entender lo que estamos viviendo. Y guardar silencio ayuda a detener el error y reflexionar en referencia a lo dicho… y lo hecho.

Pero permitir que las tres coincidan al unísono, y de forma desmedida, asfixia. Cada elemento cumple su función: el tiempo que se deja pasar, también obliga a seguir viviendo sin esa persona, y se aprende a sobrevivir sin él o ella. Se paga el precio, caro o barato, devastador o ligero, pero se sigue viva, aunque no se quiera.

La distancia impide alcanzar a esa persona. Imposibilita el re–encuentro. Frustra. Obstruye el acercamiento y todo intento es estéril, fracasa en la nada y cobra su pensión.

Y el silencio… el silencio… No saber y no especular, hunde en el vacío. El silencio crea un desierto deshabitado en total abandono que deja una insulsa sustancia de carencia ociosa.

Desapareciste sin dejar rastro que seguir en un tiempo sin medida, en un solitario espacio sin territorio ni mapa. En silencio sordo de gritos ahogados. Y fluí… porque no pude hacer otra cosa… Y te dejé de amar… 

En tu retorno, me preguntas qué pasó, te sorprende que te dejara de amar. Es sencillo. Hubo una trilogía trágica: tiempo, distancia… y silencio…

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