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Silla caliente

Por: Alejandra Fonseca

2013-04-26 04:00:00

 

Atardecía. Iba en carretera y sentí hambre. Hay un lugar sencillo y limpio, muy agradable, en la carretera federal a Tecamachalco, Puebla, donde seguido como cecina y chorizo con almendras; deliciosos. Los hacen en casa. Por mis visitas frecuentes, y como no se me da la plática, me hice amiga de la dueña del lugar y de las personas que atienden, que son familiares. La señora es muy amable, reservada pero le caí bien y me platica sus cuitas.

En alguna ocasión pasé cuando anochecía. Ellas cierran el lugar a las 7 de la noche. Antes se ponen a tallar piso, limpiar mesas, sillas y estufa, recoger basura y guardar todo adentro del local. En esa ocasión me detuve en mi auto y con mi carita de tengo hambre les pregunté a las seis muchachas adolescentes que se encontraban ahí, que si todavía alcanzaba algo para comer, aunque fuera un taquito. Sus caritas de fastidio de estoy cansada pero sí hay, me dieron respuesta y les hice una propuesta: “Ustedes me hacen unos taquitos y yo les ayudo a limpiar y guardar el inmobiliario”. Aceptaron de buena gana.

Unas se pusieron a asar cecina y chorizos, a calentar frijoles y tortillas, así como a servir las diferentes salsas, cuando percibí que ellas tampoco habían comido, por lo que aprovecharon para preparar un poco más.

Las otras y yo apilamos mesas y sillas. Dejamos dos mesas con sus sillas para comer nosotras. Empezaron a salir los tacos, por lo que ellas se sentaron juntas en una mesa a comer y yo en otra. Esto sucedió de una manera natural. Platicábamos de mesa a mesa casi a gritos mientras comíamos felices. En un momento dado, las seis chamacas guardaron silencio. Acercaron sus cabezas al centro de la mesa. Se aconsejaban y se daban señales con la mirada. Yo seguí comiendo sin importarme sus cosas. Y se ve que contaron a la de tres  cuando se pararon en chinga para llegar corriendo a mi mesa y sentarse. Sólo había cinco lugares vacíos y nosotras en total éramos siete.

Las chamacas reían con gran alegría de su travesura. El evento me dio una muy agradable sorpresa. Me paré a jalar otra silla para que cupiéramos todas. Ellas seguían riendo y, cuando tomé la silla y me volví para abrir un espacio en la mesa que ocupábamos, seguían riendo con más ganas y me dijeron: “La que va a la villa, pierde su silla”. La chamaca que se había quedado sin lugar había tomado el mío.

“Es que estábamos jugando a la silla caliente. Usted tenía cinco lugares vacíos, faltaba uno, entonces jugamos a la silla caliente entre nosotras para acompañarla a comer. La que no ganara un lugar en su mesa, se quedaba parada. Pero usted se paró y pues ya perdió. ¡Ahora usted come parada!”, y volvieron a reír con gran alegría de mi ingenuidad. Con eso, felices, todas, comimos juntas disfrutando de la buena comida, la compañía, y después terminamos de levantar todo. 

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