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Por esos sueños...

Por: Alejandra Fonseca

2012-03-09 04:00:00

 

Era de antes. Como los de antes: hombre bragado, recio, sólido. Con carácter fuerte. Poderoso. Determinante. Se hizo en la calle. En el mundo. Solo. Sin familia. Desde niño. Subió y bajó. Entró y salió. Viajó. Como pudo: aventón, con los cuates, caminando. No tenía casa. Menos, hogar. Y vio mundo. Mucho mundo. Y conoció a los seres humanos...

Era listo. Muy listo. Brillante. Le agarró el modo al mundo. Y a la gente. Sobre todo a las mujeres. Desde pequeño supo trabajar y ganar dinero. Con gran astucia. Con talento. Con garra y fuerza para seguir adelante. Y salió: logró siempre tener una moneda para comer. Y para compartir con quien no tenía. Porque igual habían hecho con él: le convidaban cuando otro tenía y él no. Ahora le tocaba a él. Y así vivió. Haciendo amigos. Muchos amigos. Compartiendo el pan y el agua. Y trabajando. Trabajando mucho. Trabajando duro.

Tuvo familia. La hizo con una buena mujer. Como las de antes: de casa. Las que entienden todo para conservar el matrimonio. La familia. El hogar. Para no quitarles el padre a los hijos. Fue educada para ello. Mujer pensante. Y culta. Comprendía sus ausencias. Sus omisiones. Sus silencios. Se manejaban, ambos, con discreción. A valores entendidos. Y lo hicieron bien. Muy bien. Lograron llegar al final. Juntos. Y unidos. Con respeto a sus mutuas vidas. Él se fue primero. Y ella, muchos años después.

Hombre seductor. Su voz. Su arreglo. Su presencia. Sus modos. Su estilo. Siempre con algo que dar. Que ofrecer. Que entregar. Nunca qué pedir. Aprendió que no se pide. Se ofrece. Era sabio.

Hombre de gustos amplios. Y mujeres varias. E hijos múltiples. Lograba lo que se proponía. No siempre. Casi siempre. Y cuando el casi se hacía presente, aparecía el sueño. La imaginación. El halo. Y ese era su mayor encanto. Era un hombre seductor... y era un hombre encantador.

Insistía con una mujer joven. Guapa. “De buenas carnes”, decía. Ella se negaba. No le interesaba. Era mesera. De un bar. Por lo que casi diario él iba a tomar la copa ahí. Y le insistía. Pero ella no cedía.

Un día llegó él al bar. Se sentó en su mesa. La llamó: “¡venga, venga!” Al acercarse ella, él añadió: “esto es de usted” y le entregó una buena cantidad de dinero en la mano. Y se la cerró con una caricia. Sorprendida, le dijo que no los podía aceptar. Él le dijo en un susurro: “por lo de anoche...” Asombrada, respondió: “¡Pero don Fermín, anoche no pasó nada. Anoche no estuve ni con usted ni con nadie, ni siquiera lo vi!” Y él reveló: “Es por lo que soñé... ¡y estuvo delicioso!”

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