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Me quedé con su sonrisa

Por: Alejandra Fonseca

2012-07-27 04:00:00

Se cerraron las puertas del metro de manera abrupta. La muchacha entró rozándolas en su carrera. En la espalda, en una silla de aluminio, traía a su hijo, de entre ocho y 10 años, dormido. Entre sus brazos, una guitarra. Y en la guitarra, una quena amarrada a la altura de su boca. Además de dos morrales: uno colgado en la parte baja de la silla, y otro en su hombro derecho.

Se detuvo a la entrada del vagón; separó sus piernas para lograr un equilibrio entre el movimiento del vagón, el peso de su hijo y sus instrumentos musicales. No podía agarrarse de nada.

Empezó a tocar en la guitarra una pieza andina. Comenzó a cantar y, entre canto y canto, tocaba la quena. Cuando no cantaba ni soplaba en la quena, sonreía.

Su hijo, dormía. Sólo se movía para acomodarse en la silla. Acurrucaba la cabeza y la recostaba en lo alto de la espalda de su madre. Eran una estampa que a todos llamó la atención.

Varios de los pasajeros cruzamos miradas después de sus primeros cánticos. Levantamos las cejas en señal de asombro. Puedo imaginar que compartimos también, nuestro pensamiento: ¡ta’cabrón!

Guardadas las proporciones, en ese momento recordé un reportaje de una hembra felina, guepardo, que pare y atiende a sus cachorros de manera solitaria. Los resguarda en aparentes lugares protegidos para salir a cazar porque los depredadores siempre están al acecho. Tiene que cazar no lejos de donde están sus hijos y debe ser un animal que sea de un tamaño que pueda arrastrar sin que antes se lo quiten otros animales. Y aunque esté cansada o agotada por múltiples intentos fallidos donde se le agota la energía, tiene que cazar. Y aunque se aleje del lugar, tiene que cazar y llevarles alimento a sus cachorros. Y si no caza, todos mueren. Es ella sola, con sus críos…  

Y mientras estaba en mi drama mental, la muchacha tocaba dos instrumentos, cantaba, sonreía y guardaba su equilibrio. Su hijo dormía confiado recargado en su espalda. Después de su canto, ofreció pequeñas quenas musicales que ella misma hace para quien estuviera interesado. Las tocó una a una para comprobar que servían.

La mayoría de los ahí presentes sacamos monedas para dársela. Ella las tomaba con la mano derecha con la que toca las cuerdas de la guitarra. Agradecía nuestra cooperación con una sonrisa. Dos cooperamos con mayor cantidad y, ella, en reciprocidad, nos regaló un CD de Alabanzas.

El metro se detuvo. Reacomodó la silla de su hijo en la espalda. El niño, dormido, volvió a acurrucarse. Salió del vagón. Ella feliz y sonriente. Y yo… me quedé con su sonrisa…

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