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Las cascadas de sus greñas

Por: Alejandra Fonseca

2012-04-20 04:00:00

Me mira a través de sus lacias y oscuras mechas. Con un ojo, pequeño y negro, que espía entre sus cabellos. Al otro ojo lo tapan mechones más espesos. Su larga, densa y pesada melena le da un rasgo especial entre los demás muchachos adolescentes de su edad que lucen casquete corto. Su rostro es largo y delgado. Su nariz, afilada y recta. Su risa es nerviosa. Su voz, suave y dulce, casi inaudible. Y habla tan rápido que una no sabe si concentrarse en lo que dice o intentar adivinar lo que significa su mirada o si está cantando.

Se conduce con movimientos rápidos y cortos. Da la impresión que imita a un ratoncito asustado y huidizo. Sus largos brazos se encogen al agitarse con la intención de regresar a la inercia de manera inmediata cuando se trata de llevar a cabo labores cotidianas.

Se acababa de levantar. Su esbelta y alta figura fue delatada por la facha: bermudas aguadas negras con filos naranja, playera grande y larga, chanclas de hule de pata–de–gallo.

Al caminar libre de las actividades diarias obligadas se transforma: ve más al suelo que al frente. Y más al aire que a las cosas. Avanza encorvándose para juguetear con las serpentinas de cabellera que bailan al son de sus pasos. Mira su ritmo y mueve la cabeza para darle más acento a la vigorosa cadencia.

Se mueve más en el espacio que en la tierra. Anda con naturalidad y estira sus extensos brazos con la intención de parecer ágiles alas que alzaran el vuelo entonadas con música sinfónica. Sus pies ligeros marchan al compás del danzón de las telas de la bermuda y la playera.

Es músico. Toca la guitarra. Canta. Busca las sinfonías, melodías y acordes en el viento. Bailan en su mente y se traslucen en su cabello.

Distraído y evasivo para lo habitual, pasó sin ver. Ni siquiera se fijó en los objetos que rozaban su cuerpo ni la presencia de las amigas de su madre en la mesa de la cocina. Salió al jardín… mirando el contoneo de sus mechas. Pasó sin ver, literal. Su madre lo había llamado para desayunar.

Sin inmutarse caminó hacia el pasto. Su madre lo volvió a llamar, así concreto, seco, duro: “¡Pablo, ven a comer¡ ¡¡Pero ya!!” fue cuando lo tuve frente a mí y me miraba a través de sus lacias y obscuras mechas con uno de sus ojos que espiaba entre sus mechas porque al otro lo tapan mechones más espesos…

“¿Qué percusión tocarán las cascadas de sus greñas?”, me pregunté.

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