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La señora Baker

Por: Alejandra Fonseca

2012-10-26 04:00:00

 

Cuenta la leyenda que la señora Baker tenía un problema grave de asma. Mujer madura y viuda, sus hijos habían hecho sus vidas y partido para otros lugares. Estaba sola, la atendían algunas personas y tenía un gato que era su adoración y siempre la acompañaba: Durante el día se le acostaba en sus piernas. En las noches dormían sobre la misma almohada.

Un día, el problema de la señora Baker se agravó un poco más. Trajeron al doctor y éste le dijo: “señora Baker, con pena le digo, nuevamente, lo que ya le he dicho en otras ocasiones: el pelo del gato le empeora el asma cada vez más. Tiene que deshacerse de ese gato. Esto le puede costar la vida. Si usted no me hace caso, esto se pondrá peor al grado de no poder respirar ni con tanque de oxígeno. Ahorita tiene que estar usted conectada mucho tiempo con el respirador. Así que por favor, deshágase de ese gato porque la cercanía del pelo del animal la está matando. ¡Mire usted, con el tanque a un lado y el gato en sus piernas!”

Dadas las indicaciones médicas, el doctor partió y la señora Baker, con mucho dolor, les dijo a sus sirvientes que por favor fueran a dejar al gato a un lugar lejos, donde pudiera estar bien atendido y querido. Los sirvientes obedecieron pero cuantas veces salieron con el gato, más tardaban en irse que el gato en volver, y desde luego la señora Baker lo recibía con mucho amor y emoción por volver a verlo y tenerlo cerca.

Un día que el doctor fue llamado por suma emergencia, éste le repitió por última vez a la señora Baker que su mal radicaba en el pelo del animal. Y que si quería morirse iba en buen camino si no se deshacía del gato. Que lo tenía que desaparecer. La señora Baker con llanto y voy entrecortada les pidió a sus sirvientes que sacrificaran al animal y que por favor, lo enterraran junto al pasillo donde ella tenía sus rosales a los que regaba a diario.

Así se hizo, con una peculiaridad que pidió la señora Baker: “entierren al gato bajo la tierra, pero dejen su cola afuera, al aire.” Nadie de sus ayudantes entendió la orden, pero así lo hicieron.

La señora Baker salía diario a su jardín, ahora con más ahínco, más tiempo y una doble intención: la de regar sus rosales, que era su hobby predilecto, y la de acariciar la cola de su gato adorado cada vez que pasaba por donde estaba enterrado el animal. Tiro por viaje le acariciaba la cola con gran devoción a su compañero.

Al poco tiempo la señora Baker murió... por el pelo del gato.

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