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La Ramona

Por: Alejandra Fonseca

2012-11-16 04:00:00

 

Recordaba el beso tuitero que le envió su amigo adorado de quien tenía tiempo de no saber. Un beso es un beso, se dijo. Reía sola y sonreía con sus adentros.

Con paso firme caminaba por la calle principal de la ciudad. Es guapa pero ese día se veía más: se había arreglado de manera inusual para un encuentro del que minutos antes había salido. Maquillaje, vestimenta y calzado, despampanantes. Su porte, indiscutible. Sonriente y simpática deambulaba por las calles en pleno día, saludando a sus conocidos que la veían pasar.

Vestía falda negra a media pantorrilla, muy pegada al cuerpo con una sola abertura lateral que evidenciaba un largo y bien torneado muslo. Su caminar cadencioso dejaba en cada espacio que ocupaba una estela de aroma.

Ese día había bebido unas copas de vino. Demasiado temprano pero la ocasión lo ameritaba. Festejaba un acto importante, pero nadie podía saber del mismo. Se había mareado un poco, pero no lo suficiente como para no cumplir con sus labores por lo que decidió ir a trabajar.

Entró a su sitio de trabajo. Libró la puerta principal y, ese momento, pensó que, de una vez, mejor iba al baño. Tenía acceso al tocador del director de las oficinas, por lo que abrió la puerta y pasó. Al poco rato salió y se fue a atender sus asuntos.

Según relatan los testigos, su contoneo enfrente de secretarias y asistentes fue al son de la Sonora Santanera. Sus pasos firmes, lentos y elegantes hacía que los presentes miraran al suelo para constatar el dulce trinar de los altos tacones en el piso. La estela del aroma de su perfume dulzón, de gardenia, con un piquete de olor a licor, levantaba los ánimos en pleno día. Y la cola de la serpiente de plumas moradas que portaba embrollada al cuello de manera exquisita, se arrastraba elegantemente por el piso. Con movimientos distinguidos de brazos y manos saludó a los presentes, dándoles un beso en la mejilla dejando vestigios del rojo carmín de sus labios carnosos. Y así la vieron entrar y salir del baño del director...

Nadie podía creer que eso hubiera pasado en pleno día, en horario laboral y en el baño del director. Los testigos no quisieron repetir el nombre de la susodicha, por lo que la nombraron “La Ramona”. Cuentan que cuando la mujer del aseo entró, pudo constatar que la historia había sido real. Esa mujer dejó señuelos: algunas pequeñas plumas, algunas lentejuelas, y dos o tres chaquiras tiradas en el piso. Y un leve aroma de gardenias, con licor ambientaba el aire. La señora del aseo, embelesada por lo que le habían contado, dijo: “La Ramona es todo un poema...”

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