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La caja de tenis

Por: Alejandra Fonseca

2012-11-30 04:00:00

Muy joven se casó. Tuvo dos hijos a quienes él y su esposa, “sacaron adelante”. La hija terminó su carrera universitaria. El joven se dedicó a la carpintería junto con su padre. El hombre hizo todos los sacrificios para dar a su familia lo mejor que podía. Su respuesta más escuchada era: “Todavía está bueno” cuando su mujer le decía que se comprara ropa, zapatos, otro celular…

La chamba estaba floja en la ciudad y decidió irse a la playa a trabajar en una construcción donde él y su hijo harían todo lo de carpintería. “Cuando venga, vieja, –le dijo a su mujer–, ya me toca comprarme unos tenis buenos, de marca”. Y así se fueron los hombres de la familia a trabajar fuera.

Le dieron duro y parejo a la chamba. Seguido hablaban a su casa para platicar las novedades y hacer planes para llegar aunque sea un fin de semana de entrada por salida. También para notificar los envíos de dinero para ahorrar y pagar gastos.

La mujer, ilusionada con que su marido e hijo tuvieran trabajo aunque fuera lejos, arreglaba todo para cuando llegaran. “La construcción no es para siempre, pero con su trabajo los llamarán para otra y otra, y así tendrán chamba para rato”, decía con ánimo.

Ese fin de semana llegarían dos días, y la esposa, para sorprender a su marido y darle la bienvenida, decidió comprarle los tenis de marca tan deseados y esperados. “Es lo primero que se compra después de tantos años –decía–. ¡Ni celular ha cambiado con tal de darle a la familia lo más que ha podido! Siempre dice: ‘todavía aguanta’, y sí, ya ves que cuando me habla de allá, ¡no le falla!”

Le compró los tenis. Los pidió con todo y caja para que viera su marido que sí eran de marca legítima, “Porque los hay que son copias, pero yo le quiero dar éstos que él quiere. ¡Se los merece!”, decía convencida y orgullosa. Ese día, por la noche, con paquete en mano, la mujer llegó a su casa. Su hija había recibido una llamada de su hermano: habían salido a caminar a la playa después del trabajo. El mar estaba picado. Vino una ola enorme que arrastró a su papá. Después vino otra… y el mar se lo tragó. Nadie pudo ayudarlo… no se veía por dónde se lo hubieran llevado las olas. Nadie pudo meterse a salvarlo porque el mar estaba demasiado picado y tampoco había salvavidas en esa zona. Nadie pudo ver nada… y el papá no sabía nadar… “No le digas a mamá, –le dijo el chamaco–, primero hay que encontrar el cuerpo porque dicen que cuando el mar se lleva a alguien, nunca saben por dónde y cuándo va a aparecer”.

Tuvieron suerte. El mar sacó el cuerpo a las pocas horas. Lo trajeron de regreso a casa. Le avisaron a la mujer que su marido se había ahogado. Cuando llegó el cuerpo, ella no lo reconoció. Negó que ese fuera su marido. Abrazaba la caja de tenis con la esperanza de que en cualquier momento él abriera la puerta y ella se los pudiera entregar. “Ese no es mi marido”, repetía una y mil veces a cuantas personas la quisieran regresar a la realidad.

Lo velaron, lo enterraron. Y ella sigue sentada junto a la puerta de la casa abrazada a la caja de tenis, esperándolo a que llegue.

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