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En el detalle está el diablo

Por: Alejandra Fonseca

2013-04-12 04:00:00

Hay amores que matan y hay amores que mueren. Y hay amores que, cuando matan, mueren. En algún momento de su vida, Alma le dijo al sujeto de su amor: “Te voy a matar”. Él se metió con una conocida mutua. Y él se lo confesó en un arranque de sinceridad pendeja. ¿Por qué? Según porque “mejor que lo sepas de mi boca a que te lo diga alguien más…” Pero con anterioridad, él se lo había dicho a dos amigos mutuos para que se lo hicieran saber a ella. Y lastimarla hasta donde más duele. Pero los amigos mutuos fueron discretos porque sabían dónde pegaban. Y para curarse en salud, él se les adelantó, por si acaso. Fue cuando se lo dijo.

Alma confiesa: “Ese momento nunca lo voy a olvidar. Íbamos en su coche hacia el rancho donde tanto nos amamos. Y de sopetón me lo soltó: me metí con Lydia…

“Fue como entrar en un laberinto de emociones torcidas, confusas y conflictivas: de felicidad y excitación por volverlo a tener después de algún tiempo que se me hizo eterno sin él. Abrazada a su cuello besándolo y acariciando su pecho con toda mi pasión mientras él manejaba. Y de irrealidad por saber lo que había pasado. La imagen me pateó la existencia. No podía soportar imaginarle abrazando y besando a Lydia. Haciéndole el amor a ella, y yo como un cadáver entre los dos. Lo quería junto a mí para siempre, pero ahí lo odié. No pude dejar de repetir en mi mente sus palabras: Me metí con Lydia… No supe cómo reaccionar. Estaba en un mar confuso, revuelto y bravo.

“Era de noche y recorríamos una carretera oscura. La luna, algunos luceros, los árboles frondosos y la yerba húmeda fueron testigos de su confesión y mi confusión. No sabía si valorarlo o condenarlo. Apreciar su sinceridad o vapulearlo por sus actos. Lo que sí, es que era una realidad. Nadie podía cambiarla. ¡Ni los dioses! Algo dentro de mí se rompió para nunca más repararse…

“De ahí a llegar a la casa del rancho fue un retorcido infierno recién encendido: los quería matar a los dos. Pero ella, aunque responsable, además mujer casada, no era el demonio. El diablo era él, y lo tenía a mi lado…

“Nunca había sentido yo tantos celos, tanta inquietud, tantos temores, tantas suspicacias, tanta incertidumbre de mí misma y mis pasiones. Me sentí bien capaz, muy capaz de matar a los dos. Imaginé que la había amado como me amaba a mí. En un arranque de valor que igual te saca del infierno o te sume más profundamente en el abismo, le pedí me dijera todo con detalles… Y me lo dijo. Creo que pensó que si confesaba todo lo perdonaría… pero fue peor. En el detalle está el diablo. Y me dio detalles. Y el diablo me carcomió. Era yo carroña cuando llegamos a casa. Ahí estaba Lydia con su marido. Al verla sólo pude decirle: ¡Te lo regalo! Pensé nunca poder renunciar a él… Me morí pero lo hice: En un segundo pasé del te voy a matar, al te lo regalo. Nadie sobrevivió… Terminamos todos siendo unos guiñapos… Los amores que matan, también mueren…”

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