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Ella y su bolsa

Por: Alejandra Fonseca

2012-08-10 04:00:00

Caminaba con su bolsa de mandado: ambas pequeñas, ambas viejitas, ambas ligeras, ambas humildes, ambas delgadas. Ambas vestidas de hilo, una de algodón otra de plástico. Me encontraron al salir del cajero automático un sábado muy temprano.

–¿Sabe usté dónde está el banco? –Me preguntaron en un gesto angustioso, ella con palabras y la bolsa con las asas apretujadas por las manos de la señora.

–Es éste –señalé el edificio–.

–Me dijeron que viniera hoy temprano.

–Hoy, aquí, no abren. ¿Le dieron alguna notificación?

–Sí. –Sacó un sobre de la recelosa bolsa—. Me mandaron esto.

Me entregó el sobre, y al sentirlo había una tarjeta. Le dije:

–Tiene una tarjeta. ¿Tiene usted familia que la pueda acompañar?

–Mis hijos trabajan, vine sola.

–Bueno mire, esta tarjeta la tiene usted que meter en el cajero y marcar los números que le dice. Y así ve usted si tiene dinero.

–No se leer ni escribir…

Quedé en blanco

–¡Ayúdeme usté!, me rogó al estrujar la bolsa que se hacía cada vez más pequeña entre sus manos.

–La voy a ayudar. Pero tenga usted cuidado. No puede andar pidiendo ayuda a cualquier desconocido. Tiene usted que venir con sus familiares porque no es bueno que venga sola al banco.

Entramos al banco, procedí a cambiar el número de nip que exigía la tarjeta y se los escribí con números grandes y legibles en el mismo documento.

–Aquí le apunto estos cuatro números para que la próxima vez que venga con su familiar sean los que marque. Tiene usted 2 mil pesos.

Su mirada se extravió. Sus palabras enmudecieron. La bolsa se hizo todavía más chiquita.

–¿Quiere que se los saque?

–Si –dijo titubeante.

–¿Conoce usted los billetes y sabe contarlos?

–Poco

–Bueno va. Le voy a sacar todo su dinero para que lo tenga usted ahí y sea hasta la próxima vez que le avisen que tiene usted dinero que venga con su familiar. Le doy su recibo del total del dinero que tiene. Y le voy a dar el comprobante de que sacamos todo para que lo guarde en el sobre.

“Aquí tiene usted, –le dije–: este billete cafecito es de 500 pesos. Este otro es igual, o sea que aquí hay dos billetes de 500 pesos, –los puse en su manita extendida–, y este es otro billete de quinientos, así que son tres. Ya tiene usted mil 500 pesos. Estos billetes verdes son de 200, y hacen 400 pesos, y este rojito es de 100, que juntos hacen los otros 500 para que tenga usted sus 2 mil pesos.”

Su mirada se iluminaba de acuerdo como ponía yo el dinero en su mano extendida.

–Guárdelos usted en su bolsa, bien metidos. Coma bien, cómprese lo que necesite.

No sabía cómo agradecerme el servicio. Y al yo rechazar un billete me dijo: “Que dios le de más”, y la vi partir con la única testigo y compañera: su bolsa que abrazó en el pecho.

No sé si sabía contar o no. Si identificaba o no los billetes. No sé si sus familiares le chingarán su dinero. No sé quién le depositó y por qué. No quise meterme más. Al verla a lo lejos, pensé: “esta es nuestra bendita gente… ¡por eso abusan...!“ Repetí: “¡Haz el bien y huye!”

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