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El mejor halago

Por: Alejandra Fonseca

2012-04-13 04:00:00

Es una chamaca hermosa de 17 años. Está por terminar la preparatoria y es muy alegre y simpática. Tiene una chispa que incendia el ambiente con una voz gruesa muy agradable. Es relajada y dice las cosas con un desparpajo que seduce. Su madre es buena amiga mía, pero nuestra amistad se había desenvuelto sólo en el ámbito laboral y social, no familiar.

Un día, su madre y yo salíamos de viaje. Pasé temprano a su casa porque queríamos tomar carretera a buena hora ya que el viaje sería largo. Llegué y me pidió la esperara porque no estaba lista. Me bajé del coche y entré a su cocina, donde se encontraba su hija preparando su desayuno. La saludé y me senté a esperar mientras su madre terminaba de empacar. La chamaca y yo no nos conocíamos en persona, pero ambas habíamos escuchado a su madre hablar de una y otra.

La joven inició la plática: “¿Quieres comer algo?” Accedí por acompañarla más que por apetito, ya que desayuno temprano. Continuamos la chorcha de la escuela, los amigos, los bailes, el estudio, lo que quiere hacer más adelante, las amigas, su mamá, el trabajo, su hermano, los abuelos, los tíos, en fin, como en miscelánea hubo de todo y extenso, dado que parecía que su mamá se estaba echando otro sueñito, o no tenía nada empacado y, al escuchar las risas y gritos que venían de la cocina, aprovechó con calma.

Ya entradas en confianza, preparamos cuanta cosa se nos antojó que había en el refrigerador. Y la plática pasó de un nivel informal a algo más franco. Al poco rato estábamos con el ¡No güey, así no! O el ¡Me revienta que esta pinchi estufa no enciende a la primera!, seguido del ¡Quítate güey, deja que yo tengo más experiencia en encender chingaderas! Mantuvimos el nivel con el ¡Esto sabe a caca le pusiste sal en lugar de azúcar! Y el ¡Si güey pero pensé que así te gustaba, güey! Así duramos con risas que no nos dejaban respirar ni hablar, sin poder vernos porque volvíamos al ataque de risas. Con comidas que no podíamos ni probar y otras que no podíamos dejar de comer. 

Ni cuenta nos dimos cuando su mamá bajó con maleta en mano muy puesta para el viaje. Al ver el desmadre de la cocina, dijo: “¡Se ve que se están divirtiendo!” Y su hija profirió el halago más sabroso que pudo haberme dicho cualquier chava de su edad: “¡A toda madre, mamá… tu amiga es cagada!”

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