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El gozo del sinsentido

Por: Alejandra Fonseca

2012-10-12 04:00:00

 

Me la entregaron pequeñita. Quién sabe desde cuándo andaba vagabundeando por las calles pero no podía ser mucho porque apenas tenía como un mes de nacida. Quién sabe qué le pasó a su madre y si fue la única de la camada. Pero andaba solita, maullando y defendiéndose contra todo para sobrevivir.

Me llamaron por teléfono. “Te tenemos un regalo. Escucha:...” y oí su maullido. La bañaron, desempulgaron y me la entregaron. Le tuve que dar leche especial y desde la primera noche durmió junto a mí.

Dicen los budistas que la conciencia sucede cuando te vuelves testigo de lo que pasa a tu alrededor. Cuando observas. Yo la observé desde el primer momento: sus ojos, sus patitas, su piel, sus tipos de maullidos, y la manera como se comporta.

Tengo la inquietud de saber de dónde sale la alegría de vivir. Los seres humanos nos tenemos que inventar el sentido de nuestras vidas. Nos cuesta mucho desaprendernos de  los condicionamientos para, simplemente, gozar. Los animales tienen el instinto de sobrevivencia y eso los mueve para defender su vida y en su momento, gozar, sin más.

La llamé Pico, porque se sube a mi hombro y parece una periquita que me acompaña a todos lados. Pero en un momento dado, brinca desde lo alto y cae sólida y tan pequeña. Se acerca sin miedo y sin miramientos cuando come otra gatita que tengo, ya grande, y que no la quiere y le hace feo. Y no le importa. “Es callejera”, me dice mi hijo.

A Pico la observo cuando juega con sus patitas, cuando quiere pescar su cola. Cuando corre nada más porque sí. La miro cuando se acicala, y ronronea cuando la acaricio. Veo cómo juega con cualquier cosa que encuentra a su paso, hilos, pelotitas, ropa colgada, zapatos, cadetes y se mete a descubrir todo lo que hay en el closet.

Gozo al verla. Me da alegría. Juega. El “sinsentido” de sus acciones me hace darme cuenta que los humanos hemos perdido la capacidad de jugar. De gozar. Así, sin más. Porque sí. De sentarnos a sentir el viento en el cuerpo. De pasear y ver lo verde del campo, o de respirar el aire fresco de la mañana o de la tarde después de la lluvia. Aunque sea que nos sentemos en la azotea de nuestras casas para sentirnos seguros. Es el sinsentido lo que da gozo, el celebrar la vida porque sí.

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