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Doña Yola

Por: Alejandra Fonseca

2013-03-29 04:00:00

Abrió el paso cuando entraron, hace 27 años, al salón de cabildo de Palacio Municipal del ayuntamiento de Puebla: alta, frondosa, de paso firme y mirada directa, voz fuerte y hablar asertivo, siempre se distinguió por su caminar, por su vestimenta y por su presencia toda. Brillante, muy brillante diría yo, de esas inteligencias naturales que son un don manifiesto en todos los ámbitos de la vida pero, sobre todo, pa’ la maldad y pa’ lo que urja, decíamos entre carcajadas ella y yo.

Ese día fue impactante su partir plaza al entrar a Palacio y ver a cerca de un centenar de mujeres y gays dedicadas a la prostitución en la vía pública en el primer cuadro de la ciudad de Puebla, desfilando detrás de ella, abriéndose paso desde la entrada, atravesar el patio y subir las escaleras del fondo. Yo los miraba fascinada desde el primer piso junto a mi admirado maestro, entonces síndico municipal, licenciado Alejandro Carcaño Martínez. Esa Puebla tradicional cambió ese día. Ese momento partió en un antes y un después en el manejo de el fenómeno social de la prostitución en Puebla.

Yola era la líder de la entonces famosa calle 8 Poniente. Muy cercana a Consuelo Valle, del Partido Comunista Mexicano, quien en su momento abrió el diálogo con las autoridades de esos tiempos para lograr acuerdos contra la corrupción, el orden en la vía pública y el respeto a los Derechos Humanos de estas personas. Y ella, doña Yola, siempre a su lado, opinando, señalando, exigiendo, luchando, poniendo el dedo en la llaga de la corrupción y el maltrato brutal de los inspectores de entonces, peleando siempre por sus derechos como ciudadanas. Y aportando información valiosa para el programa que se creó ahí mismo con nosotros.

“Murió mi mamá, –me comunicó su hija Vicky hace unos días–, murió de un infarto. No pudo soportar la muerte de mi hermano Juan Carlos hace dos años en la Ciudad de México. ¡Era su adoración y desde entonces se vino pa’bajo! Nada ni nadie la pudimos consolar. ¡Usté sabe cuánto lo quería! Y nosotros, también, siempre supimos cuánto se querían usted y ella!” Respondí: “Nos queremos, Vicky. El cariño y la relación que nos unió no se terminan con la muerte. Sigue…”

Esa fue la noticia. Doña Yola se fue siguiendo al sol. Ella y yo nos hicimos grandes amigas desde la primera vez que la vi. Fue imponente su presencia. Mujer simpática, agradable, directa y guapa. Era confiable. Con el tiempo nos hicimos confidentes. Ella se retiró del oficio y yo salí del ayuntamiento porque el programa se acabó. Después continuamos con la amistad. Hablábamos por teléfono con cierta frecuencia para saber de nuestras vidas y nuestras familias. Fue inevitable quererla y apreciar su visión del mundo y la vida. Su alegría de vivir y su entrega por sus hijos. Fue el amor de sus hijos, de Juan Carlos en particular, lo que le dio vida cuando se vio sola en el mundo y el deber de sacarlos adelante. Fue ese amor el que la movió en vida y sin ese significado, la vida no vale la pena ya ser vivida.

“Mis hijos saben que nunca les faltará de comer. Ni un techo, ni escuela, ni algo con qué taparse, ni jabón para bañarse. Es mi pedo lo que yo haga y de donde saco. ¡Sí Ale, todos son muy cabrones para criticar, ¿pero quién te da algo para llevarles a tus hijos? Nadie! Ni su padre se ocupa de ellos, ¡así que es mi pedo qué haga yo para mantenerlos!”

Yola fue un regalo. Repito: se fue siguiendo al sol…

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