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De besos tronados

Por: Alejandra Fonseca

2012-05-04 04:00:00

Le dije: “Te mando un beso tronado. Inmediatamente vino la pregunta: “¿Cómo sería un beso tronado? Nunca escuché… y menos sentirlo…”

La interrogación me hizo recordar los besos tronados de mi tía Angelina, quien jugaba conmigo cuando yo era niña a las escondidillas. Y al toro. Y a las cosquillas. Me agarraba de la mano y nos echábamos a correr como dos gacelas. ¡No!, como un guepardo, porque entre las dos hacíamos cuatro patas: Corríamos lo más rápido que podíamos para que el viento no nos alcanzara. Ni nos rebasara. De su mano aprendí a dar los pasos más largos que mis piernas pudieran alcanzar. Y aprendí a sentir la libertad.

Mi tía tenía una de las risas más simpáticas que he escuchado. Reía con muchas ganas, pero sin carcajadas. Su alegría se le iba para adentro y terminaba haciendo como gorgoritos inacabables. Entonces te reías con ella, y la risa entre las dos, se elevaba a la “n” potencia. Se creaba otra dimensión: tus ganas se unían a sus ganas, y tus ganas eran más ganas por sus gorgoritos que no terminaban. Y ella se reía con ganas y se reía contigo de que te reías con ganas con ella y de que te reías de sus gorgoritos. Y tú te reías de su risa y de la alegría de reír en tantas dimensiones. ¡Era interminable!

En vacaciones de verano salíamos de viaje y pasábamos días enteros de semanas enteras juntas. Después de jugar y comer todo el día, en la noche me llevaba a dormir a mi cama. Me acostaba y me ponía ungüento de eucalipto y menta en el pecho y garganta “para respirar mejor”. Y con ese cuidado, calidez y amor, me dormía acurrucada.

Después de ser inseparables tantos días y noches, acababan las vacaciones. Teníamos que regresar a nuestras respectivas casas. Ella dejaba marido e hijos para salir con nosotros. Y yo regresaba a mi casa y a la escuela. Sentía que se me iba la vida cuando la pasábamos a dejar. Nos bajábamos del auto, ella me abrazaba fuerte, fuerte, fuerte y me daba besos tronados. Me decía que un beso tronado tenía un estallido que iba a la sima y de regreso con un eco interminable y cada eco repetía el beso. Me explicaba: “Su sonido es el choque de las interminables olas del mar en las rocas, pero en lugar de golpes, son caricias de los labios en tu mejilla. ¡Son infinitos! ¡Y mágicos! Con un solo beso tronado tienes para toda la vida”. Sólo así me quedaba conforme que nos separáramos.

A la fecha, llevo sus besos tronados y los reparto.

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