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Crímenes de odio... son crímenes de miedo

Por: Alejandra Fonseca

2012-03-16 04:00:00

Con dolor por la muerte de Agnes Torres H.

 

Me tocó, muchas veces, ¡muchas!, reconocer cuerpos de personas de preferencia homosexual masculina. Sabíamos de manera inmediata de su desaparición porque no viven ni están sol@s. Son una comunidad compacta y amplió nuestro mundo al darnos cabida mutua y compartir la convivencia cotidiana. Nos dedicábamos a buscarl@s: con la familia, los amigos, los novios, y para terminar, en la morgue o en la fosa común. Aparecían… muert@s por manos anónimas que, desde hace 26 años, no tenían dueño. Recuperábamos sus cuerpos para darles digna sepultura. Sentida. Dolida y silenciosa por el submundo donde los ha metido esta mustia sociedad que les niega la mirada de reconocimiento.

Y hoy me equivoco. Me equivoco definitivamente al pensar que conocer a much@s, es conocer a un@. Pero no es un error decir que sentir afecto profundo por un@, es tenerlo por tod@s. No conocí personalmente a Agnes Torres Hernández. Supe, desde hace tiempo, de su talento, su trayectoria, su preparación y sus brillantes argumentos. La escuchaba y me sentía orgullosa que alguien de la comunidad Lésbico, Gay, Bisexual, Transexual y Transgénero (LGBTT) diera una auténtica batalla. ¡Admirable!

Sin miedo, voz dulce y tono ligero, Agnes compartía con profundidad sus reflexiones: Al escuchar de otras personas decir: “Yo tengo un amigo gay y lo respeto”, se cuestionaba: “¿por qué tendrías que no respetar a un gay?” E iba más allá y aclaraba para educarnos en referencia a la discriminación: “los indígenas no hacen artesanía, hacen arte… los indígenas no hacen folcklore, tienen cultura”.

He estado muy cerca de ell@s, pero no tan cerca, ya me di cuenta. Porque no conocí a Agnes. Cerca para compartir y participar en sus luchas, desde mi trinchera, y apoyarl@s en todo lo que está en mis manos. Y vivir sus duelos como míos. Cerca de ell@s para saber que personas que aman con devoción obsesiva el odio… se les acercan demasiado.

Recorro en mi memoria las veces que nos tocó, a mi equipo de trabajo y a mí, hace años, vivir nuestros duelos. No era fácil. Como tampoco lo es hoy. Una no se acostumbra a la muerte. Y menos a las muertes violentas. Muertes por odio. Con saña. Con miedo. Por ser “diferentes”… O por parecérseles. Porque no somos tan diferentes. Somos más iguales de lo que alguien pudiera imaginar. Y esos que aman el odio, lo descubren. Y les entra pánico al verse reflejados en la mirada del otro, en el atisbo de ser iguales. En lo humano. En nuestra condición humana. Y se sienten amenazados, en riesgo, sin salida. Por la ternura de corazón que, quizá, se despierta. Al ser iguales. Y por la indefensión en que los deja la autenticidad del otro. Y no lo aceptan. Y entra el miedo. Y entra el odio. Y entra el pánico. Y matan… ciegos al sufrimiento ajeno… y al propio.

Crímenes de odio son crímenes de miedo. En el significado, es un suicidio en un homicidio.

Esta sociedad humana tan enferma…

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