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Cambiecito

Por: Alejandra Fonseca

2012-06-08 04:00:00

 

Su mamá le dio un peso para sacar un chicle de bola de la maquinita. “Se necesitan 2 pesos”, le dijo la muchacha del local después que la niña lo había metido. Su madre ya no le quiso dar otro peso. Se quedó sin chicle y sin peso.

Ahorró. Le costó mucho porque fue juntando poco a poco los cambiecitos que le daban sus papás. Juntar más de 80 pesos le fue difícil.

Todos en la familia se preguntaban para qué querría ese dinero esta niña tan vivaracha de 6 años. Era un misterio. A nadie se lo quiso decir ¡porque se me ceba, tía!

Los domingos en la noche, era fantástico verla entrar corriendo a su cuarto y meter sus cambiecitos en una cajita fuerte. Separaba las monedas por tamaños y las acomodaba. Luego veía de qué denominación eran y hacía sus cuentas. “¡Me falta poquito, tía!, –gritaba cada domingo–, muy poquito para darme mi gusto”, gritaba.

“¿Para qué quieres el dinero, muñeca?”, pregunté un día. “No te puedo decir porque se me ceba, tía, ya te dije. Pero tú me vas a acompañar a comprar lo que necesito y después me vas a ayudar”, respondió muy convencida. “Está bien. Yo te acompaño a donde tú me digas, cuando me lo pidas”, dije.

Llegó el día que tuvo 100 pesos. “¡Es suficiente. Con esto ya la hice!, –gritó jubilosa–. ¿Tu tía, me acompañas mañana a comprar mi encargo?” “¡Claro mi amor, con mucho gusto. Tú me dices a qué hora paso por ti y a dónde vamos!”, aseveré gustosa.  

Al día siguiente me llamó presurosa. “¡Pasa por mí después de comer, te espero!”. Y fui con mi curiosidad a cuestas. “Bueno, ahora dime a dónde vamos.” “Vete pal’ centro, a la calle de los dulces. Ya verás qué me compro...”

La pidió con emoción: “¡me da la bolsa más grande de chicles de bola gigantes y de colores que tenga?” Ver su expresión y el tamaño de sus ojos cuando se la trajeron fue un deleite. La pagó y le sobró un poquito de cambiecito. Abrazó la bolsa con devoción. “¡Vámonos tía!”

“Bueno ‘mija, ahora platícame de dónde salió este misterio”, le pedí. Respondió con agilidad: “El día que me quedé sin chicle y sin peso, me prometí que tendría la bolsa más grande de chicles de bola y de muchos colores. Y mira, ya lo logré. Pero hay algo que no te he dicho todavía, sólo tú me puedes ayudar...” Me sorprendió: “dime...” Y dijo: “un día le platicaste a mi mamá que de chiquita te decían que no tronaras el chicle. Y a ti te encantaba, aunque te dijeran que parecías tortillera. ¡Quiero que me enseñes!”

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