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Nuevo plan y viejos discursos

Por: Susana Rappo

2013-05-24 04:00:00

El Plan Nacional de Desarrollo 2013–2018 contiene una visión  tradicional del desarrollo, asociada principalmente al crecimiento, de la cual deriva una posición productivista, que deja sin responder aspectos fundamentales que contrastan entre los éxitos de la política macroeconómica de la estabilidad y la dificultad en la reproducción de la base productiva.

El plan expone la ruta que el gobierno de la República “se ha trazado para contribuir, de manera más eficaz, a que todos juntos podamos lograr que México alcance su máximo potencial”. Para lograr lo anterior se establecen como metas nacionales un México en Paz, un México Incluyente, un México con Educación de Calidad, un México Próspero y un México con Responsabilidad Global. Asimismo, se presentan Estrategias Transversales para Democratizar la Productividad, para alcanzar un Gobierno Cercano y Moderno, y para tener una Perspectiva de Género en todos los programas de la Administración Pública Federal.

Se afirma, en la Introducción y visión general, que “la tarea del desarrollo y del crecimiento corresponde a todos los actores, todos los sectores y todas las personas del país. El desarrollo no es deber de un solo actor, ni siquiera de uno tan central como lo es el Estado”. El crecimiento y el desarrollo, se sostiene en el documento, surgen de abajo hacia arriba, cuando cada persona, cada empresa y cada actor de nuestra sociedad son capaces de lograr su mayor contribución.

Coloca en una situación  de supuesta igualdad a todos los actores, soslayando el conflicto social que deviene de posiciones de clase y poder, donde se busca imponer y no consensuar una forma de vida única, que para muchos es ajena, sin reconocer la existencia de otros modos de vida y otras posibilidades.

Se habla en el diagnóstico general de una nueva etapa para el crecimiento ya que el país, cuenta con amplios recursos, especialmente la disponibilidad de fuerza laboral, México, se afirma, es un país joven: alrededor de la mitad de la población se encontrará en edad de trabajar durante los próximos 20 años. El único problema es que no se plantea como romper la tendencia actual de empleo mal remunerado y precario, que además la reforma laboral ha venido a legalizar. Está ausente el cruce con el tema salarial, manteniendo un discurso poco renovado, donde aparentemente la menor productividad fuera responsabilidad de los asalariados.

Por otro lado, el aspecto ambiental queda nuevamente desligado de las temáticas y más como discurso, por ejemplo en el tema de la productividad, reforzando la visión ortodoxa de la economía, que ha mostrado su insuficiencia para resolver los problemas reales de la sociedad mexicana.

Como ejemplo, podemos puntualizar el caso del sector agroalimentario, donde se afirma que “el campo es un sector estratégico, a causa de su potencial para reducir la pobreza e incidir sobre el desarrollo regional. De cara al siglo XXI, el sector agrícola presenta muchas oportunidades para fortalecerse. Se requiere impulsar una estrategia para construir el nuevo rostro del campo y del sector agroalimentario, con un enfoque de productividad, rentabilidad y competitividad que también sea incluyente e incorpore el manejo sustentable de los recursos naturales”. Se hace una serie de señalamientos que no van al fondo del problema, ya que desde esa lógica los pequeños productores están excluidos y si bien se reconocen  en la actividad agroalimentaria aspectos de alta vulnerabilidad  a riesgos climáticos, sanitarios y de mercado, se le sigue dando el mismo trato que cualquier otra actividad productiva. En fin, resultó poco novedoso el nuevo plan.

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