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La alimentación y el ambiente, dos caras de una misma moneda

Por: Susana Rappo

2013-06-14 04:00:00

 

El 5 de junio fue designado,  por la Asamblea General de la Organización de las Naciones Unidas (ONU), en su resolución  2994, del 15 de diciembre de 1972, como el Día Mundial del Medio Ambiente. Para 2013 el lema proclamado por la ONU fue “Piensa, aliméntate, ahorra y reduce tu huella”, buscando centrarse en disminuir el desperdicio de comida, campaña iniciada por la Organización de Naciones Unidas para la Agricultura (FAO) para este mismo año.

Con el fin de dotar de alguna información asociada a la problemática alimentaria y ambiental, el Instituto Nacional de Estadística y Geografía (Inegi) circuló una serie datos para la entidad, que hoy retomo para la reflexión, y que ejemplifica además de la falta de un sistema de información estatal, algunos de los graves problemas de la entidad.

Se afirma en el boletín que Puebla forma parte del grupo de los siete estados  de la República Mexicana, en donde se concentra 50 por ciento de la población con carencias alimentarias. Dicha afirmación proviene de los resultados contenidos en el libro de la FAO Panorama de la Seguridad alimentaria y nutricional en México 2012, de donde se desprende  también que la carencia alimentaria se define como la falta de acceso físico y económico, en todo momento, a una alimentación adecuada o medios para obtenerla.

El indicador de carencia por acceso a la alimentación identifica a la población que experimenta dificultades para acceder a los elementos mínimos requeridos para el ejercicio del derecho a la alimentación. Dicho indicador construido por el Consejo Nacional de Evaluación de la Política de Desarrollo Social (Coneval), utilizó una de las escalas de seguridad alimentaria como instrumento: la Escala Mexicana de Seguridad Alimentaria (EMSA). La EMSA capta la percepción de la población respecto al acceso a alimentos variados, nutritivos y suficientes, y consta de 12 preguntas que exploran si, en un periodo de referencia determinado, por falta de dinero o recursos, los hogares experimentaron situaciones en las que percibieron que su acceso a los alimentos se vio obstaculizado.

Según el Coneval, en 2008 21.7 por ciento de la población en México era carente por acceso a la alimentación, mientras que en 2010 esta proporción ascendió a 24.9 por ciento, lo que implicó pasar de 24 a 28 millones de personas con acceso deficiente a la alimentación. En el caso de Puebla, se pasó de 27.1 a 27.4 por ciento, lo que implica más de 1 millón y medio de personas con carencia alimentaria.

Se afirma en el material de Inegi, retomando preocupaciones de la ONU,  que la carencia va de la mano con el despilfarro de alimentos, aunque se señala que en Puebla la cuantificación para determinar el desperdicio o el despilfarro no es posible.

A nivel global y en la lógica de preservación del medio ambiente, la FAO señala la necesidad de un mayor aprovechamiento de alimentos aptos para el consumo, donde las mermas y desperdicios de los alimentos son significativas, señalando que se ha puesto poca atención a las consecuencias del no consumo de los alimentos aprovechables, ni se ha realizado un estudio exhaustivo para evaluar la magnitud de la huella ambiental que suponen las pérdidas y el desperdicio de alimentos. En el marco de los pronósticos de la FAO, se estima que para el año 2050, de seguir las tendencias actuales, la producción mundial de alimentos deberá incrementarse 70 por ciento; sin embargo, más de un tercio de los alimentos que se producen hoy en día no se consume.

Se estima que las pérdidas a nivel global alcanzan 30 por ciento en el caso de los cereales, 40–50 por ciento en el caso de los tubérculos, frutas y verduras, 20 por ciento para las semillas oleaginosas y 30 por ciento para el pescado (Gustavsson et al, 2011). Las pérdidas significan menores ingresos para los productores y precios más altos para los consumidores, identificándose a lo largo de la cadena alimentaria, desde la producción primaria hasta el consumo de los hogares.

Existe un mayor desperdicio de productos aptos para el consumo en los países de ingresos medios y altos, aunque ello se reproduce en los países de bajos ingresos, en los sectores de ingresos medios y alto. En los países de bajos ingresos las mermas se producen en las primeras fases de la cadena y en las de distribución.

En México, y según el libro citado, la información sobre acceso a la alimentación y nutrición muestra que existe una importante demanda no satisfecha y severas deficiencias tanto en el campo como en la ciudad, afirmando que la estructura del suministro de energía alimentaria (SEA) se ha modificado en los últimos 20 años. La contribución de cereales y tubérculos se redujo, y casi se duplicó el aporte de carnes, huevo y hortalizas. Nueve alimentos proporcionan 75 por ciento del SEA; por orden de importancia, maíz con más de la tercera parte, azúcar, trigo, leche, carne de cerdo, aceite de soya, carne de aves de corral, frijol y huevo.

Se señala en otro de los apartados del libro citado que “el escaso crecimiento de la agricultura y su baja productividad son motivo de preocupación. El sector es proveedor de alimentos y de materias primas; a falta de abasto interno suficiente, se pierde la oportunidad de generar encadenamientos productivos potenciales entre el sector secundario y primario (Sagarpa–FAO, 2012). La actividad proporciona una parte importante del sustento de una cuarta parte de los hogares del país; eso pese a que el ingreso originado en el sector, sobre todo para unidades familiares de subsistencia ha dejado de ser su principal fuente de ingresos. Mientras que las importaciones han compensado la producción en varios productos básicos, estratégicos por su contribución al suministro de energía alimentaria.

Se soslaya el hecho de que ha existido una política sistemática de sustituir la oferta interna de los alimentos con importaciones, que ha profundizado la transformación del patrón agroalimentario y que ha propiciado mayor dependencia e inseguridad alimentaria; un círculo que necesita romperse si aspiramos a una dieta básica para el conjunto de la población, que parte necesariamente por la decisión de producir y de cómo hacerlo en la búsqueda de la preservación ambiental, frente a la lógica y el poder de los agro–negocios.

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