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País que pierde el control de la moneda no tiene perspectiva

Por: Arturo Huerta González

2012-06-26 04:00:00

El proceso de globalización, comandado por el sector financiero, ha obligado a la mayoría de los países a trabajar con moneda estable. Para ello, unos países (los de la zona euro) abandonaron su moneda para trabajar con moneda única (el euro), a costa de dejar de tener política monetaria y cambiaria y circunscribir su política fiscal a los ingresos tributarios y a su nivel de endeudamiento. Ello ha llevada a los países más débiles a tener déficit de comercio exterior crecientes, ante sus bajos niveles de productividad e incapacidad de devaluar, ya que dejaron de tener moneda propia. Dichos déficits han ido acompañados de menores ingresos de las empresas e individuos, lo que se ha traducido en altos niveles de endeudamiento, como en presiones sobre las finanzas públicas. Los déficit fiscales han sido resultado de la crisis, tanto por la menor captación tributaria derivada de los menores ingresos de los contribuyentes como por los rescates bancarios ocasionados por los problemas de insolvencia.

Tales países han caído en un contexto donde no hay crecimiento de inversión privada, dados los altos niveles de endeudamiento de las empresas, como porque el mercado interno está restringido, y no tienen perspectivas ni competitividad para crecer hacia fuera. El consumo está restringido por las altas tasas de desempleo como por la caída de los salarios y del crédito. Los países altamente endeudados no tienen perspectivas de pago de su deuda, ya que no pueden reducir su déficit de comercio exterior dada su baja productividad e incapacidad de devaluar, como por la generalización de las políticas de austeridad fiscal que está restringiendo el mercado interno de todos los países, que es el mercado externo de los otros. No hay perspectivas de que mejore el ingreso de las empresas e individuos, y de los gobiernos, por lo que no hay viabilidad de que paguen su deuda, ni que aumenten inversión, consumo y gasto público, lo cual compromete la Unión Monetaria Europea, es decir, la permanencia del euro.

Ello no se resuelve con mayores créditos a los países con problemas, ni con mayores reformas estructurales que llevan a la mayor privatización y extranjerización de las economías, y a menores salarios y prestaciones laborales. La crisis de tales países evidencia que cada país debe trabajar con su propia moneda, a fin de emitirla, devaluarla y financiarse con ella, y no caer en los altos niveles de deuda pública en los que están, ni en la privatización de los servicios públicos ni en aumentar el número de pobres, ni en la mayor concentración de la riqueza.

México no es diferente a lo que acontece en la zona euro. Con la autonomía del banco central se perdió el control de la moneda, y su objetivo es la estabilidad del poder de compra de la moneda, por la cual no se puede devaluar. Se ha mantenido una moneda apreciada (peso fuerte) a favor del sector financiero, lo que ha mermado la competitividad de la producción nacional. Ello ha aumentado el déficit de comercio exterior, no petrolero, y ha reducido el ingreso del sector productivo, y ha mermado la generación de empleos, y por lo tanto el nivel de ingresos de los individuos, llevando a estos sectores a ver incrementados sus niveles de deuda, como a disminuir el crecimiento de la inversión, del consumo y de la actividad económica.

El gobierno, al perder el control de la moneda, tiene que trabajar con disciplina fiscal para lo cual ha visto reducida su participación en la actividad económica, teniendo que impulsar las reformas estructurales que han aumentado la privatización y extranjerización de los sectores estratégicos. Asimismo, el Congreso aprobó en diciembre pasado la Ley de Asociación Pública–Privada en la prestación de los bienes y servicios públicos, lo que implica la privatización de todo, menos del ejercito. A ello nos ha llevado el que el gobierno no tenga el control de la moneda. A que no se tenga una política cambiaria competitiva, a no tener política fiscal a favor del crecimiento del mercado interno, a tener que dejar de invertir en Pemex, como en la industria eléctrica, en el sector agrícola (y de ahí la perdida de la autosuficiencia alimentaria), en la prestación de los servicios públicos a favor de las grandes mayoría, con la consecuente mayor participación de la cúpula empresarial en la actividad económica nacional, con sus consecuencias de polarización de la mala distribución del ingreso, mayor miseria y violencia.

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