Hace poco fue publicado un artículo particularmente interesante en la revista médica JAMA (The Journal of the American Medical Association) que se titula: Effects of Cell Phone Radiofrequency Signal Exposure on Brain Glucose Metabolism (Effectos de la exposición de señales de radiofrecuencias en teléfonos celulares sobre el metabolismo de la glucosa a nivel cerebral)1.
No es la primera vez que se hacen señalamientos sobre un potencial efecto nocivo en la salud que podrían tener estos aparatos de comunicación que se han expandido en una forma verdaderamente dramática en la sociedad actual; sin embargo, debido a que orgánica y sensitivamente somos incapaces de percibir las radiofrecuencias (es decir, las ondas electromagnéticas que en su longitud de onda generan la comunicación), sucede algo similar a las radiaciones, pues nunca podremos percibir el grado de contaminación al que estamos expuestos, incluyendo por ejemplo, los mismos rayos ultravioleta del sol.
El caso es que las nuevas tecnologías en medicina nuclear, permiten explorar y averiguar en las formas más sutiles que podamos imaginar, cómo funcionan nuestros órganos y cómo están afectados cuando existe una enfermedad. En este sentido sobresale la Tomografía por Emisión de Positrones (PET por sus siglas en inglés) que permite analizar cuál es el consumo de glucosa en cada órgano, y así valorar cómo se encuentra funcionando, mucho más allá de las sorprendentes imágenes que se pueden obtener a través de ultrasonidos, radiografías o tomografías axiales computarizadas. Es algo así como ver una película y tener la capacidad de dialogar con los actores.
El caso es que se ha descubierto un cambio en el metabolismo de la glucosa, que es la principal fuente de energía en el correcto funcionamiento del cerebro, cuando después de 50 minutos seguidos se habla por un teléfono celular. Es notorio un incremento en el metabolismo de esta sustancia en el área específica que corresponde a la zona más cercana a la antena del teléfono. Este descubrimiento, si bien no puede definir un efecto negativo (o incluso, positivo si se pudiese dirigir a alguna propuesta de tipo terapéutico en alguna enfermedad), no se sabe cuál puede ser la consecuencia del actual abuso de este instrumento de comunicación.
No es difícil imaginar que en los niños o en adolescentes (edades en las que el sistema nervioso central se encuentra precisamente en pleno desarrollo) el impacto nocivo de artefactos que generan intensos campos electromagnéticos, pueden traer consecuencias impredecibles.
El problema es que estas nuevas generaciones han nacido a la par con estas tecnologías, por lo que negarles el acceso es literalmente sacarlos de su contexto, condición complicada desde el punto de vista histórico y social. Se han llevado a cabo muchos estudios que han tratado de demostrar el efecto cancerígeno ante la exposición de campos electromagnéticos, sin que se haya llegado a una conclusión determinante.
Hasta ahora no hay una conclusión definitiva; pero si bien, pensar a la primera que hablar por el “celular” es malo, podría equivaler al juicio de las abuelas que, a mediados del siglo pasado, pensaban que “la televisión era un aparato demoniaco” (aunque después se pasaran muchas horas frente a dicho “instrumento del demonio”, emocionadas por las primeras telenovelas).
Hablando en términos estrictamente estadísticos, los datos revelan que el cerebro es sensible a la radiación electromagnética, y aunque su efecto negativo deberá ser revelado en el futuro, hay muchas cosas que se relacionan en una forma nociva con respecto al uso de este aparato. La cantidad de accidentes que se generan por su utilización cuando se llevan a cabo actividades que requieren mucha atención (manejando por ejemplo) es impresionante. Pero más allá de esto, es particularmente molesto perder intimidad o estar sujeto a mayores tensiones emocionales por el efecto de estar siempre localizable.
Por otro lado, hablamos de un servicio que en México es carísimo, y por último, el fenómeno de mejora tecnológica que convierte rápidamente aparatos útiles en obsoletos y que se desechan generando una contaminación de un carácter brutal para el medio ambiente.
Es indudable que la modernidad ha traído cosas que parecen facilitarnos la existencia, auque en lo personal, a veces siento que me la complican.
Por lo pronto, en este momento y con el teléfono celular apagado, estoy seguro de que me mantendré en una postura irrefutable de no responder a una llamada interrumpiendo el aseo cotidiano, cortando la comunicación en mi trabajo, alterando mis momentos de asueto y mucho menos, cortando la inspiración mientras me encuentro, cómodamente sentado, en la taza del baño.
1 Volkow ND et al. Effects of Cell Phone Radiofrequency Signal Exposure on Brain Glucose Metabolism JAMA. 2011; 305(8):808813.