Me pregunto si todavía existirá alguien que compre postales. En algunos lugares veo girar el exhibidor con fotografías impresas en cartón y pienso que sí, que quizá haya alguien que se tome el tiempo de elegir un paisaje, ponerle timbres y enviarlo.
Las postales muestran monumentos limpios, playas soleadas, panorámicas precisas. Pienso en postal y pienso en la Torre Eiffel. Tal vez un francés piense en una postal y venga a su mente el Calendario Azteca. Un suvenir sirve como tal si a la primera ojeada reconocemos de dónde viene porque marca una diferencia tajante con lo propio.
El término chovinismo, que bien puede traducirse por patriotero, es de origen francés. No se me ocurren dos pueblos más chovinistas que Francia y México. Franceses y mexicanos vivimos sumergidos en el etnocentrismo. Vive la France y Viva México son los mantras nacionales por excelencia. Este nacionalismo exacerbado es, finalmente, una forma de control social. Son los mismos líderes quienes alimentan este difuso nacionalismo que el sociólogo Michael Billig bautizó como”nacionalismo banal” y que se basa en los discursos y prácticas rutinarias de los Estados–nación. Discursos que sólo reproducen pero no analizan la idea de pertenencia. Prácticas que equiparan el concepto de orgullo nacional con un partido de futbol.
El conflicto que se ha suscitado por el Año de México en Francia debería servirnos para reflexionar sobre los alcances del nacionalismo mal entendido. Ni todos los franceses tienen la culpa de tener a un presidente que busca a toda costa reflotar su popularidad; ni todos los mexicanos estamos contentos con un sistema en el que la justicia siempre queda encharcada y cuestionada. Ni unos ni otros tenemos la obligación moral de respaldar las desacertadas decisiones de nuestros dirigentes y de resignarnos a perder la oportunidad de conocernos más allá de nuestras respectivas postales aunque, por lo pronto, parece que nos estamos conociendo muy bien nuestras miserias.