Es un absurdo delegar la responsabilidad de la alimentación en los propios niños. Aun llevando a cabo programas alimenticios donde se estimule la buena alimentación y el ejercicio, es muy difícil controlar el efecto que el mercado y la propaganda ejercen sobre ellos. Pretender que los padres asuman el costo de los alimentos de primera calidad, cuando el presupuesto no alcanza siquiera para cubrir las necesidades básicas, es otro absurdo. El alimento chatarra quita el hambre y sacia, lo que en principio es la primera preocupación de los padres cuando un niño les pide de comer. El criterio de alimentos nutritivos y preventivos de enfermedades crónicas es un discurso académico que sin el dinero suficiente para el consumo se queda en los anuncios o en la literatura.
La epidemia de sobrepeso y obesidad infantil, en la que tanto lo social como lo económico, así como el comportamiento humano han contribuido, está afectando directamente lo financiero, la capacidad de ofrecer servicios médicos y los servicios psicosociales del país. No se puede seguir ocultando las prácticas de mercadeo agresivo que la industria alimenticia tiene sobre los alimentos altamente calóricos y de poco valor nutricional, especialmente dirigido para influir sobre la dieta infantil. Una de las investigaciones sobre la obesidad señala a los refrescos (CocaCola, Pepsi, sodas o refrescos carbonatados) como uno de los productos que más contribuyen al desarrollo de la obesidad. Este tipo de bebida no tan sólo contribuye a la obesidad, sino que también aumenta el riesgo de la diabetes debido a que contiene una gran cantidad de jarabe de fructosa de maíz, el cual aumenta los niveles de glucosa al igual que la azúcar de mesa. Además, parece ser que este tipo de bebidas (refrescos de colas) también favorecen el desarrollo de la diabetes porque contienen endulzo–colorante de caramelo, el cual es rico en productos terminales glicolizados que podrían aumentar la resistencia a la insulina y provocar inflamación.
Las campañas salubristas del siglo XIX, en los actuales países desarrollados, consintieron en garantizar el servicio de agua potable y de drenaje. En algunos países, como en Estados Unidos, al agua no tan sólo se le añade cloro, sino también flúor para prevenir las caries. Es muy notorio que tan pronto entramos a los aeropuertos de ese país ya podemos tomar agua de las fuentes disponibles en los pasillos. El acceso al agua en nuestras escuelas es un costo extra en el presupuesto de los padres. Para poder evitar una infección gastrointestinal nuestros niños tienen que consumir refrescos; de lo contrario se verían expuestos a enfermedades. No tan sólo se deberían prohibir la venta de este tipo de alimentos en las escuelas, habría que apoyar la buena alimentación en el más amplio de los sentidos. No debe verse como un subsidio a la educación, sino como una inversión para evitar los costos posteriores en salud al tener que atender a personas discapacitadas producto de la obesidad.
Según lo explica la doctora Risa Labios–Mourey (Jama, Vol. 298. Número 8), una de las proyecciones actuales sobre las consecuencias de la obesidad infantil sugiere que para el momento en que los niños de hoy sean abuelos (promedio de edad 70 años), probablemente continuarán o serán obesos, lo que los llevará a necesitar ayuda para bañarse, utilizar el inodoro, moverse de un lugar a otro, e irónicamente, necesitaran ayuda para comer. La epidemia de obesidad infantil implica clínicamente que más personas estarán seriamente enfermas a más temprana edad, con condiciones de salud más complejas que requerirán mayor tiempo de atención, mayor gasto en co–morbilidades y con mayor dificultad de manejo. Este es el posible escenario del futuro a menos que no surja un tratamiento o un mecanismo de prevención adecuado. La obesidad es el primer factor de riesgo para la diabetes tipo 2. La razón de esta asociación tan estrecha entre obesidad y diabetes tipo 2 es la resistencia a la insulina. Además, la obesidad conlleva una mayor incidencia de enfermedades cardiovasculares, hipertrigliceridemia, hipercolesterolemia, hipertensión y alteraciones en los perfiles de las hormonas sexuales.
Una de las razones por las cuales los refrescos pueden contribuir al aumento de peso es debido a su poca capacidad de saciar el apetito. Esto afecta el nivel total de calorías consumidas ya que al beber refrescos no se deja de consumir alimentos sólidos, uno no compensa al otro, resultando en un balance calórico positivo desarrollándose la obesidad. Una lata de cola de 12 onzas (350 mililitro) contiene 150 kilocalorías y entre 40 y 50 gramos de azúcar. Si estas calorías se añaden a una comida típica sin una reducción en otras fuentes de calorías, una lata de soda por día puede llevar a un aumento en el peso de 6.75 kilogramos en un año. No se ha podido inventar un mejor mecanismo para aumentar de peso que la introducción de carbohidratos líquidos con calorías que no son totalmente compensadas por un aumento en la saciedad. Las calorías líquidas son una adición relativamente nueva en la dieta humana, probablemente el circuito de la saciedad humana no se ha adaptado para poder registrar estas calorías por lo que son.
El combate a la obesidad infantil es responsabilidad tanto del gobierno como de la sociedad en su conjunto. Esta situación no es aislada del contexto familiar. Entre 25 y 35 por ciento de los casos de sobrepeso ocurren en familias donde el riesgo de obesidad de un niño es cuatro veces mayor si uno de sus padres es obeso y ocho veces si ambos lo son. Cada kilogramo de exceso de peso aumenta 5 por ciento la posibilidad de desarrollar diabetes. La obesidad infantil se ha transformado en una epidemia de características catastróficas.
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