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Martes, 6 de julio de 2010
La Jornada de Oriente - Puebla -
 
 

 MUNDIANÁLISIS  

De héroes y villanos... culpas y disculpas

 
HORACIO REIBA

Terreno abonado para la exaltación y la hipérbole, el mundial 2010 ofrece ya una selecta galería de personajes marcados por un brillo perenne o indeleblemente manchados. Que así de intenso y perdurable es esto que se cocina en Sudáfrica, fogón al rojo vivo.

 

Héroes

 

1) Bastian Schweinsteiger, una luz. El 7 de Alemania sería un líbero a lo Cruyff hace 30 años, hoy es Mercurio, el de los pies alados: el hombre que marca la pauta al movimiento incesante de los pupilos de Löw. Y lo mismo se permite encabezar un movimiento masivo de despojo sobre Messi –o Gerrard– que tomarse una pausa con el balón bajo la suela mientras otea el horizonte, o dibujar la jugada cimera de la Copa por el pasillo derecho de la defensa argentina: dejó de piedra a Higuaín con una última, genial finta, y puso en el pie derecho de Friedrich un balón que sólo pedía ser empujado a la red. Con el jabulani del 3–0 cruzaron la línea de meta cuatro alemanes: todo un síntoma. Y sólo era la cereza sobre el pastel de un mundial redondo, que lo ha consagrado heredero legítimo del káiser Beckenbauer.

2) La participación del armador holandés Wesley Sneijder, más que de un gran futbolista, se parece a la de un elegido de los dioses. ¿Por una tarde o por la Copa entera, es decir, para siempre? Porque el caso es que él expide el largo centro cruzado que pifiarán en grande Julio César y Felipe Melo para autogolearse. Y unos minutos después, acudirá a cabecear puntual y letalmente el córner de Robben que acababa de peinar hacia atrás Kuyt. Su frentazo trae el decreto de muerte para Brasil.

Como además, Sneijder ha ganado este año tres títulos con el Inter (Liga y Copa italianas y Champions League), habrá que empezar a tomarlo en serio.

3) Sebastián “Loco” Abreu. Pocos minutos en la cancha y una misión bien simple: marcar a los defensas ghaneses cuando acudan a rematar tiros de esquina. Y, de repente, la gloria en su empeine zurdo. La responsabilidad de cobrar el penal que podía eliminar a Ghana y convertir en semifinalista a Uruguay la asumió a su manera: y lo que dibujó in mente y ejecutó su pie fue una parábola burlona y al centro, mientras el arquero Kingson se arrojaba vanamente al piso, sobre su izquierda.

Final del partido, la locura total, Uruguay a semifinales... principia el perdurable mito del “Loco” Abreu.

4) No puede faltar el héroe paradójico. Es otro uruguayo, Luís Suárez. El mismo que se marchó expulsado tras meterle la mano a un remate a bocajarro de Adiayiah en el último minuto del alargue: penalti en contra sin contestación posible, pues el reloj sólo permitiría el cobro, el final del partido, la eliminación. Y sin embargo, Suárez apostó. Y la moneda le hizo un guiño y cayó de cara, porque Asamoah Gyan eligió patear alto y el jabulani dio en el larguero y viajó a la estratósfera, obligando al desempate desde los 12 pasos, a las dos paradas redentoras del inseguro joven Muslera, al cobro estilo Panenka del “Loco” Abreu.

 

Villanos

 

En esta extensa galería, pintada de elegante azul francés y enriquecida por los goles que se metieron ellos solos los arqueros Green (Inglaterra) y Kameni (Camerún), encontraron también asilo el inexplicable manotazo del serbio Kuzmanovic que le regaló a Ghana el penal del triunfo, Ricardo Osorio y la pisada que le salió pase al 9 contrario en la boca del área, la colección de fallidos remates del Guille Franco, atribuibles en buena parte a su imperturbable valedor Javier Aguirre, el robo de balón a Demichelis, el tosco central albiceleste, que posibilitó el gol de Corea del Sur, y cuanta pifia proveniente de portugueses, marfileños, italianos, australianos, sudafricanos o daneses ha poblado de cardos este mundial. Pero los cuartos de final añadirían los nombres de otros parias del destino. O de su propia incompetencia.

1) Julio César llegó a Sudáfrica con la reputación de mejor portero del mundo. Pocas ocasiones tuvo de confirmarlo durante los flojos encuentros de la primera ronda o la semifinal contra los tímidos chilenos. Y Holanda tampoco le estaba dando trabajo cuando se aproximó a su área chica un balonazo alto y cruzado, procedente de la distante banda derecha, que Felipe Melo, delante suyo, se aprestaba a rechazar sin obstáculos. En eso estábamos cuando Julio César enloqueció de repente: primero retrocedió un paso, pero enseguida decidió que ese balón era suyo; luego titubeó, y al final optó por aplicarle un puñetazo. Terminaría por atropellar a Melo, quien ya no supo más de aquel rutinario centro sin holandeses cerca: desbalanceado por la carga del mejor arquero del mundo, el jabulani le pegó en la cabeza y se metió a la portería de Brasil.

2) Otra perla más se reservaba Felipe Melo. A pocos minutos de ese gol obsequiado a Holanda, fauleó por detrás a Robben, que cubría el balón; y al verlo en el suelo, no se le ocurrió cosa mejor que machacarlo de visible pisotón en el muslo. Roja fulminante. Si 11 contra 11 Brasil parecía desnortado, imaginen con un hombre menos.

Felipe Melo siempre fue el favorito de su DT, que vio en él una especie de Dunga bis.

3) Oscar Cardozo tuvo, de penal, el gol para adelantar a Paraguay ante España. Pero la responsabilidad le pudo, y su flojo remate a ras de pasto viajó directo al regazo de Casillas, que hasta le marcó hacia donde se lanzaría luego de ganarle un paso a la ejecución. Aunque el árbitro debió repetirlo por esa causa, el cobro de Cardozo demostró que los guaraníes no estaban aptos para ganar ese partido y pasar a semifinales.

 

Culpas y disculpas

 

Para no abundar en anteriores horrores del arbitraje mundialista, o en esos fueras de lugar que ni la cámara lenta puede aclarar cabalmente, centrémonos en el trabajo del guatemalteco Carlos Batres, por no hablar del japonés Nishimura, a quien el Brasil–Japón le vino demasiado grande.

Incluso el buen árbitro uzbeko Irmanov erró al conceder a Klose el segundo gol alemán, pues el polaco–teutón no tiene dos adversarios antes de la línea de gol cuando Podolski saca al portero y le sirve hacia adelante el balón que empujará a puerta vacía.

Un error meramente anecdótico, si no hubiese puesto al autor del gol en la antesala de la historia. Es decir, de los 14 goles del Torpedo Müller –que igualó–y los 15 de Ronaldo Nazario Lima, que tiene ya a tiro de piedra.

Batres invalidó mal un tanto paraguayo por falso offside de Haedo Valdez (’41) y se hizo un lío con los penales finalmente detenidos a Cardozo y Villa. El de Piqué sobre Cardozo era claro, pero más claro aún resultó el adelantamiento de Iker, por lo que debió repetirse.

Pero el hecho de que fuese Paraguay el desfavorecido nos devuelve a terreno conocido: si los árbitros se equivocaran por malos, sus errores estarían democráticamente repartidos. Pero el caso es que se equivocan casi siempre en contra del débil y a favor del fuerte. He ahí la razón por la cual la FIFA, para quien dicha manipulación dolosa supone dividendos, taquilla, raiting, se opone pertinazmente a que sea la tecnología, y no sus árbitros, la que ayude a resolver casos dudosos, tan abundantes en el futbol actual.

 

Frase

 

Gerardo “Tata” Martino, el DT de Paraguay, señaló en la posterior rueda de prensa que, tras el parcial arbitraje de Bartres, la FIFA estaba obligada a disculparse con Paraguay, como había hecho antes con México e Inglaterra. Después, añadió con ironía, el mundial seguiría su curso como si nada.

Naturalmente, la FIFA montó en cólera y su vocero autorizado declaró que ahí no había nada de qué disculparse. Así, aunque su equipo quedó eliminado, el duelo dialéctico fue para el “Tata”. Ni hablar.

 
 
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