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MIércoles, 21 de abril de 2010
La Jornada de Oriente - Puebla - Cultura
 
 

La Odisea se volvió una historia de migración con el Teatro de los Andes

 
PAULA CARRIZOSA

El Teatro de los Andes, organización boliviana fundada en 1991, se presentó en la ciudad de Puebla como parte de la cartelera del festival Barroquísimo. Con un escenario simple, compuesto por unas cañas largas que hacían las veces de telones, luces básicas y música de violín, acordeón y guitarra interpretada en vivo, los 10 actores de la compañía ejecutaron el drama de La Odisea, una relectura de la obra clásica de Homero traspasada a la actualidad y donde Ulises, padre de Telémaco y esposo de Penélope, representa la figura de un migrante boliviano, peruano, salvadoreño o mexicano que busca llegar a Estados Unidos, país concebido como la añorada Ítaca.

Durante tres horas, apenas interrumpidas por un breve descanso, y con un total de 13 escenas, la obra escrita por César Brie pone a los dioses de la mitología griega junto a los migrantes, hombres que encuentran a través de Ulises la voz para cantar “la corta vida de los mortales”.

El montaje comienza con la historia de Penélope, figura femenina de la fidelidad, que a través del sufrimiento y las lágrimas representa a las mujeres de Troya, de Uganda, de Irán, de Palestina y Pakistán que esperan y se saben solas, defendiéndose de quienes quieren hurtar lo que el esposo dejó tras su partida.

Resaltó también la figura de Néstor, fiel amigo de Ulises, quien durante la guerra de Troya –el cruce de la frontera entre México y Estados Unidos– queda lisiado y rencoroso, pero también adolorido por el fallecimiento de su hijo, que son los “niños de Bosnia, de Ruanda y de Vietnam, los que tienen los rostros quemados y con llagas de napalm”.

Tampoco faltó el personaje de Calipso, la diosa que rapta al protagonista llevándolo a una isla durante siete años y que por el mandato de su padre Zeus, tendrá que abandonar no sin antes pedirle la última vez: una pelea erótica en la que la acrobacia, la música de ritmo africanos y el manejo de una espada dejan ver la preparación multidisciplinaria de los actores.

Polifemo, el cíclope que en la epopeya quiere dar muerte a Ulises, reencarnó en la figura de un mara salvatrucha, personaje que, con la leyenda tatuada “Perdón madre mía” y con el lema de “plata, droga y sexo”, se interpone en el paso de los migrantes que viajan por tren, hasta que el protagonista, como cuenta la literatura, logra darle muerte.

La escena, una de las más largas del montaje, detalla los sentimientos de los migrantes latinoamericanos que van hacia el norte, “y que junto con los muertos se van mezclando”. Su paso por la frontera, los objetos de caza que representan para los estadounidenses sureños, el olvido por parte de las autoridades migratorias que los dejan morirse bajo el sol y el frío del desierto, termina cuando uno de ellos fallece no sin antes dedicar unas palabras: “los gringos son clementes, te dejan tiempo para conversar, para soñar que ya llegaste, por eso te encuentran con una sonrisa”.

También están los que, como Ulises, logran llegar con la conciencia de que en esa orilla –la frontera– acaba una pesadilla, y que pasándola comenzará otra: el sueño americano. Ya “del otro lado” harán lo que los estadounidenses no quieren hacer: barrerán las calles, limpiarán las aceras, recogerán la basura y cosecharán como lo hacían en su tierra.

“Lo mismo hacía en Bolivia, pero era otro el trato..., cuando llegue la amnistía nos perdonarán el único pecado: la entrada ilegal”, estableció uno de los personajes al final del primer acto.

El baile seductor de las esclavas de Caribdis, diosa que intenta convertir al protagonista en un cerdo ofreciéndole un manjar compuesto por hot dogs, coca colas y pedazos de pizza, abre el segundo acto. La escena, que sirve para denunciar el consumismo de productos chatarra y que forma parte de los hábitos de alimentación de países como Estados Unidos, concluye cuando Ulises toma un navío y se lanza al mar.

En el transcurso del viaje éste reflexiona sobre su patria, la cual ha sido dañada por la guerra, por el hambre y la desigualdad. Ese pueblo es Bolivia, país que cuando se escribió la obra pasaba por momentos de ruptura y transición política que Brie logró reflejar y contener en el guión.

Ya en la arena, Ulises sabe que está en Ítaca: camina, ve a su padre y le pide consejo, se disfraza, visita a su esposa y le cuestiona su fidelidad. Luego, tras reconocerse, se preguntan cómo son y dónde han estado, se identifican, se huelen y vuelven a estar juntos.

Para Homero la historia terminaría ahí, pero no para el Teatro de los Andes. Los migrantes, acompañados por Atenea, están tendidos en el suelo mientras unos finos copos de nieve caen: entonces empiezan a sacar fotografías, a decir su nombre y su país de origen pero concientes de que ya están en la Ítaca americana, se conforman y empiezan a decir: “Aquí estamos mister, lookin for trabajo”.

 
 
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