“La cultura mesoamericana no ha muerto. Desde hace décadas se extiende desde Nueva York hasta Panamá, con los indígenas que han migrado de un lugar a otro. Y, por supuesto, ya es una Mesoamerica liberada, ya no de los tiempos de Nezahualcóyotl sino de Emiliano Zapata, más moderna”, aseguró, el historiador y antropólogo mexicano Miguel León Portilla que inauguró ayer en el Salón Barroco del edificio Carolino, las segundas Jornadas sobre el Universo de la Cultura Náhuatl, que organizan estudiantes del Colegio de Historia de la UAP.
Aunque ya es un octogenario, León Portilla se ve intacto por el tiempo. Pareciera que los años no han pasado en él, pero lo más importante es que está más lúcido que nunca y con un humor envidiable.
El maestro emérito de la UNAM se mostró amable y condescendiente con los más de 300 universitarios que abarrotaron el recinto. Mientras firmaba libros, sonreía para la foto. Junto a él, los jóvenes que buscaron el contacto personal con el emblemático investigador, después de que la casa de estudios negó traer al traductor de la Constitución Mexicana en náhuatl, con el argumento que cobra muy caro.
Sin embargo, de acuerdo a Abraham Méndez y Fabiola Carrillo, los principales organizadores de las jornadas, León Portilla no pidió más que traslado y comida.
Con 40 minutos de retraso, pues la cátedra que daría comenzó con la plática informal con los universitarios y después con la protocolaria presentación del presidium, mientras “mataban el tiempo” en espera del director de la Facultad de Filosofía y Letras, Alejandro Palma Castro.
La presentación corrió a cargo de una de las estudiantes, quien dio la bienvenida al ilustre con unas palabras en náhuatl. Más tarde, sin pedir disculpas por el retraso, Palma inauguró las jornadas, con una somera participación donde sólo destacó que en Puebla existen más de cinco lenguas maternas, algunas a punto de desaparecer.
“Estaba yo pensado que aquí seguramente estuvo Francisco Javier Clavijero (historiador y religioso), quien se interesó muchísimo en la cultura náhuatl”, comenta mientras observa de un extremo a otro el imponente Salón Barroco. “Siempre he dicho que no somos hongos solitarios, que vamos recibiendo la antorcha del conocimiento de manos de otros maestros. Yo la recibí del famoso padre Ángel María Garibay y del doctor Manuel Gamio, iniciador de la antropología moderna en México. Tengo muchos alumnos en el país y en Puebla, sobresale una muy distinguida, María del Pilar Paleta, quien seguramente seguirá el mismo camino”.
“En México estamos en un cierto renacer de las culturas y las lenguas indígenas. Y, desde luego, ellas también están en un peligro constante por los cambios y la globalización, que a los ojos de gente estúpida e ignorante dicen: ‘los dialectos para qué diablos sirve’. Y yo les respondo: ‘oír a Mozart para qué diablos sirve, que hayan pintores como Miguel Ángel o Diego Rivera para qué diablos sirve, pues para que seamos más humanos. Y si no te interesa vete a fumar churros’”.
Después de leer un breve poema de Nezahualcóyotl, aseguró que la historia de la época colonial también puede reconstruirse a base de la cultura náhuatl. Y esto nos lo revela el padre Garibay, el viejo sabio e iniciador de los estudios náhuatl en México, con profundo humanismo.
A manera de antecedentes, se remontó a la primera civilización originaria de la historia de la humanidad es la egipcia, porque no recibió el influjo de otras para desarrollarse, y por el contrario, fue subsidiaria de otras culturas.
Mesopotamia, el valle del río Indo y China fueron otras civilizaciones originarias, que tuvieron su propia escritura, historia y que además determinaron el rumbo de otros pueblos.
–Se sabe de otra civilización originaria –preguntó a la masa, pero nadie respondió.
–Sí, yo sé de otra: la mesoamericana, que surge en el corazón de la cultura olmeca, a principios del primer milenio antes de nuestra era, en los límites de Veracruz y Tabasco.
Esta civilización irradió a los teotihuacanos, a las culturas del Golfo de México, a los mayas que se dividieron, en el norte con los huastecos y en el sur con los mayas en Chiapas y la península de Yucatán.
Aquí, en el altiplano de Mesoamerica, también floreció una civilización: el mundo náhuatl, que abarcó desde Durango hasta Panamá. “Y es precisamente aquí donde se dio el encuentro de dos mundos. Esa frase que me han criticado mucho, pues algunos decían que era mejor llamarlo: El quinto centenario del genocidio, cuando encuentro significa choque”.
Pese a la colonización, explica, la cultura mesoamericana no se la ha llevado el diablo. “Vayan al campo y escuchen cómo habla su gente: ya llegaste, está tu cuerpo cansado, qué te puedo ofrecer: una vaso de agua o un pulquito... y no es que se ofenda los españoles, pero nunca hemos hablado castellano, sino como mesoamericanos”.
Eso demuestra que hay diferentes maneras de pensar. Y pone un ejemplo más gracioso: “mis papacitos vinieron de Líbano, de Alemania. Sí, pero si te gusta el nopalito, el tamalito, los chilaquiles, el frijolito, las chalupas... pues eres más poblano, que libanés. A poco no lo sienten cuando ven nuestras pirámides, como la de Cholula o Cantona, nuestros conventos del siglo XVI con influencia indígena o tomas un remedio de hierbas... ¿entonces?”.
Y no creen, preguntó, que estos indígenas que son nuestro sustrato merecen una mejor vida. “Ahora, con los famosos centenarios y bicentenarios de la revolución –de 1810 y 1910– yo me he puesto a pensar: qué sucedió con los indígenas, pues estaban ahí formando parte de las filas de Francisco Villa, de Emiliano Zapata; por eso Mesoamérica no ha muerto sólo que ya no viven en los tiempos de Nezahualcóyotl”.
Cito el extraordinario caso de la Capitana, una mujer indígena, María Manuela Molina, quien puso 500 indígenas a la disposición de Morelos. Pero eso no lo cuenta la historia oficial. Así, como ella, hay muchos casos más.
Después vino la Revolución y tampoco cambió nada. Mataron muchísimos indígenas, sobre todo en la región central de México. “Zapata no era indio, pero sabía náhuatl. En aquella época, a principios del siglo XX, era frecuente hablar náhuatl. Obregón traía yaquis en su ejército, como Carrillo Puerto mayas. Muchos iban de carne de cañón, si no que vean el archivo fotográfico Casasola, donde la mayoría de las tropas eran indígenas”.
–Entonces, ¿qué festejamos?, ¿Qué estamos libres? –vuelve a interrogar a la gente.
–Sería una mentira espantosa decir que los indios están mejor, que antes de las revoluciones, cuando están peor que nunca. Por eso, creo que la mejor manera de celebrar en este tiempo, no es con estatuas, sino haciendo justicia a los pueblos originarios, aprendiendo su lengua. Pero siempre que lo propongo parece que hablo en el desierto y nadie me escucha.
–“Si me tienen paciencia sigo hablando o paro interrumpe la grata plática, pero los universitarios responde con un “no” rotundo.
Así, a lo largo de dos horas, León Portilla habló de todo un poco. Dio lecturas a poemas, contó anécdotas curiosísimas, comentó la importancia de los sitios arqueológicos poblanos, de que en el estado existe un padrón de más de 300 mil nahuatlatos, de los manuscritos en lenguas originarias que atesora la Biblioteca Lafragua, que deberían publicarse. Y soprendió cuando aseguró que el Códice Borgia corresponde a la zona Puebla–Tlaxcala por su iconografía.
Finalmente, afirmó que en cierta época el náhuatl se refugió en el hogar, porque la gente temía a la discriminación, pero “no nos damos cuenta que cuando muere una lengua, la humanidad se empobrece”.
“La garganta ya está cansada, hablo mucho como los políticos. Y no estaría mal que fundara mi propia institución, el Partido Náhuatl Radical Intransigente”, expresión que arrancó sonoras carcajadas de los universitarios.