10 años después de Dachau, a miles de kilómetros de distancia, en otro continente –de hecho en las costas circundantes a Boston, EU– el alguacil federal Teddy Daniels (Leonardo DiCaprio) se aproxima en ferry al Hospital Ashecliffe “para criminales perturbados” de Shutter Island. Le acompaña el oficial Chuck Aule (Mark Ruffalo), a quien apenas conoce y con quien trabajará por primera vez. En esa isla –que ya se ve en el horizonte cercano y luce ominosa– deberán buscar a una paciente, Rachel Solando (por igual Emily Mortimer y Patricia Clarkson; ¿cómo ven?), misteriosamente desaparecida de una celda que siempre se mantuvo cerrada por fuera; además, los altos muros y las mallas electrificadas del hospital lo hacen una verdadera fortaleza, más allá de que la isla es inexpugnable, bordeada por mortales acantilados y heladas aguas a millas del sitio más cercano. Entonces, ¿dónde está Rachel Solando? Ni siquiera lo sabe el Dr. Cawley (Ben Kingsley), director del hospital y anfitrión de los Marshalls. Ante las circunstancias, Teddy Daniels descubre pronto que nada en Shutter Island es lo que parece. Sus certidumbres se desgastan tan aprisa como se aproxima un gran huracán a la isla, e igual de rápido como se van diluyendo su autoridad y su confianza. Y otra vez: ¿dónde está Rachel Solando? Tal vez sólo lo sepa Martin Scorsese, director de La isla siniestra (Shutter Island).
Scorsese se enfrasca en su más reciente película con muchos referentes, diversos y nada sencillos: el thriller psicológico; el drama tortuoso, laberíntico; el film noir (como ese género del pasado inconcluso, de las asignaturas pendientes); con la atmósfera y los detalles emblemáticos de films como El gabinete del Dr. Caligari, Chinatown, El resplandor y Retorno al pasado (cinta esta que, como Vértigo, Scorsese exhibió a todo su crew), así como con los traumas del holocausto y de la guerra. Todos, elementos que en conjunto (unos más que otros) sumaron para acuñar su versión de la novela de Dennis Lehane, adaptada por Laeta Kalogridis. El resultado es una película compleja, larga, de capas y lecturas múltiples, cuya riqueza se descubre a plenitud hasta que la ves por segunda ocasión, pero que nunca deja de ser absorbente, magnética, perturbadora, lo que no significa que sea gratificante para cualquier cinéfilo. O no, al menos, para ese renuente a anticipar, pensar, vincular, cuestionar cuanto ofrece la película, en un ejercicio racional demandado al máximo a quienes en verdad están en pos de todo su sentido.
¿Qué significa lo anterior para La isla siniestra en términos de logro? ¿Es o no una obra a la altura de las celebridad y filmografía previa de Scorsese? Lo es por completo. Scorsese ha conseguido, a partir de la solidez de su oficio fílmico, una obra que justo es lo que es –una fusión de realidad/ irrealidad inasible, pesadillesca, engañosa, de entretelones– totalmente a propósito, por intención y no por omisión. Que ese tipo e identidad de obra artística pueda no gustarle a público desacostumbrado a participar desde un necesario mapa de recorrido, ya es otra cosa, pero en La isla siniestra está todo lo que emociona al cinéfilo apasionado: una historia de aristas no totalmente en foco, pero desde cuya neblina se hace más excitante seguirla; un crisol de potenciales resoluciones dramáticas, por mantenerse impredecible; actuaciones de alto calibre, aun más eléctricas por la densidad de los contextos/habitat de los personajes; una partitura acorde a las intenciones genéricas, que enfatiza sus homenajes, sin tornarse obvia en su protagonismo; una atmósfera tan envolvente e inquietante como hace rato no sentíamos y, en fin, la presencia de un cineasta maduro que no es que haya querido “complicarse la vida”, sino que sabe que a la par de los triunfos y el reconocimiento también deben crecer la dimensión de las búsquedas y las pretensiones. Con Laa isla siniestra Scorsese confirma su sitio como el más importante cineasta estadounidense en activo. No se pierda tan retadora experiencia fílmica.