La frecuencia con la que veo a niñas embarazadas me produce una sensación indescriptible. Reviso la Norma Oficial Mexicana 005–SSA2–19931 y textualmente leo: “Planificación familiar: Es el derecho de toda persona a decidir de manera libre, responsable e informada, sobre el número y el espaciamiento de sus hijos, y a obtener la información especializada y los servicios idóneos. El ejercicio de este derecho es independiente del género, la edad y el estado social o legal de las personas”. Este concepto está claramente marcado en el artículo cuarto de la Constitución Mexicana. Los “gringos” adoptan una postura más contundente.
En el último número de la revista New England Journal of Medicine 2 se publicó un documento que traduzco como Tasas de abortos y cuidados de la salud universal. En este artículo ya no se plasma el debate entre la opción de elegir métodos anticonceptivos sino que abordan directamente el tema escabroso de la interrupción de los embarazos.
Nace entonces un conflicto mental que me lleva a conceptos legales, ideológicos, morales, y sobre todo biológicos. Me decía mi maestro, muy románticamente, que la menstruación no es otra cosa que el llanto de un útero frustrado porque no hubo una fecundación. Y en esta noche nublada, busco la luna con sus periodos de 28 días que corresponden precisamente al ciclo menstrual (luna es un nombre propio que en todos los idiomas tiene una evocación femenina, a diferencia del sol que siempre es masculino) y me pregunto qué cosas han cambiado, a partir de esa época en la que arrancarle un beso a la niña de los sueños era una verdadera epopeya.
Cuando elaboro historias clínicas a mujeres, me resulta sorprendente la frecuencia con la que me expresan haber utilizado la “píldora de emergencia” y claramente percibo que los médicos no estamos enfrentando la disyuntiva del embarazo no planeado sino el grave problema de la relación sexual que tiene como mayor riesgo, la enfermedad de transmisión infecciosa.
El sexo es biológico y natural. Surge por una serie de complejos mecanismos que preparan a la mujer para reproducirse. Se puede tener una cantidad de información “moral, cultural, intelectual y hasta filosófica” pero esto jamás va a detener el impulso impreso en el código genético de nuestra especie para procrear. Cuando se da la ovulación, es imposible detener las fuerzas que marcan la naturaleza y nosotros los hombres, bruscos, violentos, impulsivos y fogosos, no tenemos barreras para desequilibrar la inocencia hormonal.
Mi tía abuela acostumbraba a reunirnos a los niños y nos decía eruditamente que las “vírgenes y doncellas... sólo dios y ellas” (afirmando que jamás sabremos la condición del himen femenino, es decir, la virginidad). Pero cuando reunía a las niñas les advertía que “el hombre, cuando lo mete, promete; y cuando lo tiene metido, olvida lo prometido”.
Sabias palabras que me demuestran sin lugar a dudas, que los embarazos inesperados, han existido y existirán a pesar de que el presidente del empleo y de la guerra contra el narcotráfico nos aniquile.
Pero al preguntar a pasantes de medicina si en sus localidades rurales aplican métodos adecuados de planificación familiar a menores de edad, me confiesan que tienen literalmente prohibido hacerlo sin consentimiento de los padres, por órdenes que sobrepasan las normas legalmente establecidas.
Pero lo peor son las consecuencias. Una niña embarazada es diana puntual que atraviesa la flecha de la discriminación social. La mujer es la culpable porque llega hasta donde el hombre quiere, en un señalamiento brutal e inconciente, que convierte al embarazo en algo no deseado.
La moda en noticias de los sacerdotes pederastas que promueven a su vez la inmoralidad de la anticoncepción es una contradicción que escapa de la comprensión. Los arreglos en las cúpulas del poder que toman en cuenta solamente los intereses personales y olvidan a la sociedad son repugnantes. Pero estas son cuestiones políticas, para las cuales tengo una clara respuesta que resolvería el asunto y que tiene que ver con la química: si comparamos una disolución con una solución, meter a dos políticos en una tina de ácido muriático sería una disolución. Pero si los metemos a todos... ¡Sería una solución! ¿O no?
1http://www.salud.gob.mx/unidades/cdi/nom/005ssa23.html
2http://healthcarereform.nejm.org/?p=317query=TOC#printpreview
jgar.med@gmail.com