Un famoso danzón que en Cuba, su lugar de origen, está dedicado a Martí, en México se le endilgó a Juárez, dice su letra: “Juárez, no debió de morir, ¡ay! de morir... Si Juárez no hubiera muerto...todavía viviría...”. Recompondríamos la canción diciendo que Juárez sigue viviendo en el recuerdo de los mexicanos, al menos de muchos, pues su nombre se ha dado a tantas cosas que no creo que haya otro tan mentado, bien mentado, porque en el otro aspecto las mentadas llueven sobre algunos contemporáneos que bien se las merecen. Don Benito nació el 21 de marzo de 1806, fecha inolvidable porque es día de descanso desde hace más de un siglo, aunque ahora lo muevan para coincidir con fin de semana. Nació con la primavera y justo en el momento.
Él siempre supo estar en el momento adecuado, incluso se murió exactamente en el momento adecuado, de lo contrario hubiera afianzado el poder y quedaría para la historia como tenemos a Porfirio Díaz. Los chismes dicen que lo envenenaron, inclusive que el verdugo asesino fue su propio yerno, un fulano muy hábil para medrar a costa del parentesco, pero eso no ha podido probarse y queda en el libro de los cuentos y leyendas.
Cuando se aproximaba el primer centenario de su natalicio, el presidente Díaz anunció que se construiría un gran monumento al Benemérito, hay que reconocer la sagacidad del dictador, pues nunca quiso a su paisano.
No obstante cumplió lo ofrecido. En ese rebumbio, un huelelillo de la época porfirista, Francisco Bulnes, escribió, para halagar al caudillo, un texto que llamó: Las Grandes Traiciones de Juárez, de donde surgieron todas esas versiones mañosamente manipuladas, de que Juárez pretendía vender el país a los gringos, que el famoso tratado Mc Lane–Ocampo tenía el propósito de entregar el territorio y mil otras zarandajas. Cierto que el dichoso tratado, discutido por el funcionario norteamericano y por el ministro de asuntos exteriores, don Melchor Ocampo, tenía algunos puntos muy riesgosos como el libre paso de tropas americanas y uso de los puertos, pero simplemente se negoció y nunca se aprobó.
Creo que mucho más en riesgo ha estado la nación en los últimos tiempos.
Era don Benito un indio zapoteco y es un buen ejemplo del carácter terco y tosudo de esa gente, pero ese carácter era el que se necesitaba para no caer hechizado con el canto de las sirenas, cuando primero los franceses y luego Maximiliano le ofrecían las perlas de la Virgen, para que renunciara a la presidencia y quedara en alguna cartera imperial. Igualmente duro e implacable cuando medio mundo le solicitaba clemencia para el austriaco, incluso las proposiciones indecorosas de la –nada despreciable– condesa de Salm Salm.
Era Juárez masón convencido y al mismo tiempo católico creyente, pues entonces todavía no estaba declarada la guerra a muerte entre las dos principales facciones de esas organizaciones e inclusive altos jerarcas eclesiásticos pertenecían a alguna logia. Don Benito combatía al alto clero por los abusos para con la gente. No se le puede acusar de enemigo de la religión, cuando en su gobierno decretó que el 12 de diciembre fuera de fiesta nacional, o cuando fungiendo como gobernador de Oaxaca, encabezaba las procesiones que llevaban en andas a la imagen patronal de Nuestra Señora de la Soledad.
Juárez fue también honrado a carta cabal, presidente de la República por tantos años, si bien algunos de ellos con los franceses tras de él, después de todo ese tiempo, cuando murió únicamente legó dos propiedades, ni siquiera en alguno de los barrios señoriales, sino en colonias modestas; su fortuna alcanzó unos cuantos miles de pesos, menos de lo que hoy gana un ministro de la Suprema Corte en un mes.
Pero lo dicho no significa que hubiera sido un santo, por supuesto que no, tenía terribles defectos, arrebatos de ira, imposición de sus puntos de vista valiéndose de su alto cargo; prácticamente abandonó a su familia por los asuntos de gobierno. Su abnegada mujer Margarita Maza, anduvo de la Ceca a la Meca, cargando a los hijos, muchos y pequeños, a veces buscando ella misma el sustento, sobre todo cuando se fue a los Estados Unidos y vivió un buen tiempo agobiada por los gastos. Muchas otras cosas se pueden decir y comentar sobre el hombre que supo luchar por la dignidad y libertad del país, el que anduvo huyendo –con el gobierno nacional a cuestas– sin desmayar nunca cuando todos le decían que se expatriara. Combatió contra la entonces más poderosa nación de la tierra, no se amilanó, persistió en lo que creyó era lo correcto y para fortuna de todos, triunfó.
Como sucede en marzo, don Benito Juárez llegó como un vendaval, pero también con la primavera.