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Lunes, 8 de marzo de 2010
La Jornada de Oriente - Puebla -
 
 

 TAUROMAQUIA 

Un domingo mágico

 
Alcalino

Eso fue el 1 de marzo, del que no se esperaba gran cosa. Sí, la alternativa de Hilda Tenorio, un suceso histórico, pero más para el exotismo que para el toreo. Y por internet, la corrida de Vistalegre, que tras la apoteosica víspera seguramente resultaría petardo, con aquella terna agitanada, tan opuesta en todo a la del sábado. Con ese ánimo empezó un domingo que terminaría transportándonos a las regiones más gozosas de la tauromaquia.

 

Resurrección manolista. Manolo Mejía –más embarnecido y mofletudo que nunca, y con aspecto de viejo peón, pese al terno turquesa y oro– salió con un aire renovado, que lució ya ante su incómodo primero, avisando lo que vendría. “Lugareño”, el cuarto, atropelló el capote de Manolo y trotó incierto durante los dos primeros tercios, pero tomó con cierta nobleza y repetitividad los doblones rutinarios de inicio de faena, tras la estentórea ovación que saludó el brindis de Manolo al exrector de la UNAM Juan Ramón de la Fuente. Puesta de inmediato la muleta en la zurda –el mejor pitón de “Lugareño”–, el de Tacuba fue convenciendo a un burel de embestida algo corta de que la muleta era una golosina nada desdeñable. Y a un natural lento y mandón siguió de repente otro, más largo, y otro más, ya entre olés encendidos. Al remate, la atención de todos estaba centrada en los movimientos de toro y torero, que ya no dejarían de relacionarse, armonizados entre sí por un misterioso decreto, ése que rige y preside el toreo grande, que no otra cosa fue la faena de Mejía a “Lugareño”, con cierto aire martinista en su música, y de diálogo sutil en las pausas y sorpresas de tan torera pieza. Fundamentalmente izquierdista y en línea, tomó vuelo en el templado vuelo de los pases, y gallardía en los cambios de mano y los imaginativos remates. Hasta desembocar en un volapié cabal, del que salió el de Autrique fulminado. La ovación alcanzó sobradamente para dos orejas y la vuelta al ruedo mejor saboreada de la temporada. Fiel reflejo de una templadísima de resurrección. Así fue la faena del rector

 

Simpatía y algo más. Indudablemente, la plaza estaba enteramente a favor de Hilda Tenorio, y eso influyó en el otorgamiento de la oreja de “Juanito” –precioso veleto de un cárdeno casi romero, muy parecido al de su alternativa. Pero es que la moreliana –que había tanteado serena aunque sin confiarse al sosote primero: “Victorioso”, número 81, con 490 kilos verdaderos, no ficticios, antes de liquidarlo de horrible chalecazo–, se descaró con el sexto desde el principio, cuando se salió al tercio para veroniquear cargando la suerte a un toro noble pero no estaba sobrado de fuerza. No banderilleó, y se notaba urgida de coger la muleta, brindar al público y encarar al de Autrique, dulce y repetidor por ambos pitones. La nueva matadora lo aguantó y centró sin una duda y le correría la mano con pulso exacto, por derecha casi siempre, en una faena corta pero intensa, que con el apoyo popular se fue redondeando sin tropiezos ¿Pero podría estoquear bien a un animal cuyos pitones rebasaban la corta estatura de la muchacha? Acometió ésta con fe y lo pinchó arriba antes de la estocada final, un tanto delantera pero mortal d enecesidad. De ahí el júbilo de la gente, la oreja concedida por Balderas y la salida en hombros con Manolo Mejía.

 

Morante come aparte. En el toreo, el arte se reconoce por lo que tiene de revelación, porque invariablemente trae algo nuevo, sensaciones, aromas, sentimientos desconocidos. El sábado, el madrileño Palacio de Vistalegre había vivido una tarde triunfal gracias a tres figuras de estilos perfectamente definidos, y a una excelente corrida de Garcigrande. Pero fue una tarde de ratificaciones, no de revelaciones: la perfecta técnica y la casta torera de El Juli, el temple impecable de Manzanares, a cambio de una cierta celeridad, el sitio apabullante de Perera y la contundencia estoqueadora de los dos primeros, cuya ausencia le costó la puerta grande al extremeño. Y el mismo domingo, ese par de faenones de Talavante, aguantando de lejos –el quinto le pegó un volteretón al segundo derechazo–, alargando los muletazos, envolviéndose de toro y exprimiendo las energías del mejor lote de Núñez del Cuvillo, con el que se per-dió de un triunfo de apoteosis por culpa de la espada. Y sin embargo, todo eso es-taba dentro de lo esperable, nada rebasó lo que sabíamos que pueden hacer esos toreros, que por algo son figuras.

Lo de Morante es otra cosa. Puede pa-recer desidia cuando el toro no responde –tal el abreplaza del domingo, que gateaba de pura debilidad y al que despachó sin más trámite–, pero se puede transformar en obra de arte si el torero advierte un resquicio. Porque Morante tiene además esa cualidad: si cree en un toro, es capaz de exprimir sus posibilidades echan-do mano de la casta y la técnica precisas. Por algo Emilio Muñoz, en su comentario, aseguró que es el torero de arte más valiente y poderoso que ha conocido. Y por eso Antoñete, luego de ubicarlo en-tre los cinco mejores que haya visto, lo equiparó “solamente con Pepe Luís, que se decidía bastante menos veces”. Por lo demás, “Rosito” nada prometía. Ni bue-no ni malo: atropelló sin celo de salida y luego se dio a trotar durante los dos primeros tercios, sin incomodar pero sin ningún aviso de ir a entregarse. El que se entregó desde el primer muletazo fue Morante de la Puebla. Se entregó al em-peño de hacerle faena, y, enseguida, al placer de torear. Sabía que el animal, sin clase ni empuje, difícilmente completaría las embestidas. Y se dio a empaparlo de trapo y de temple. Suave, lenta, delicadamente. Y erguido siempre, con un sa-bor torero delicioso. Y con una profun-didad como no hay dos. E improvisando: aquí un kikirikí, allá un remanguillé, un desdén. Y un inesperado molinete, gi-rando al desgaire con una intensidad to-rera que no es de este mundo, mientras el animal salía al paso, rendido ya, acaso embrujado, abrumado por tanta gracia y torería. Apuntando con cuidado, una esto-cada defectuosa pero llena de muerte. Y se alzó una ovación distinta, como la obra de arte que acabábamos de presenciar.

Cuando Talavante pasaba fatigas para despachar al sexto, el delegado de callejón le informó a Morante que el juez le había otorgado dos orejas –hubo cierta confusión al respecto– y, por lo tanto, pro-cedía la salida en hombros. “Creo que voy a salir a pie”, respondió con un su-surro el torero. Y allá se fue, envuelto en el aplauso admirativo de un público rendido y todavía encandilado.

 
 
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