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Lunes, 8 de marzo de 2010
La Jornada de Oriente - Puebla - Cultura
 
 

Reyes Arce, originario de Puebla, continúa con la tradición del bordado artesanal

 
PAULA CARRIZOSA

Reyes Arce, originario de la localidad poblana de San Miguel Canoa, encontró desde muy corta edad que el bordado artesanal hecho a máquina era el medio de expresión ideal para plasmar parte de la cultura náhuatl en la que transitan flores, pájaros y personajes que adornan los trajes y vestidos que forman parte de su comunidad. A unos pasos de San Miguel Canoa se halla la localidad tlaxcalteca de San Isidro Buensuceso.

En esa geografía, donde poblaciones de dos entidades se dividen tan sólo por una barranca, vive don Reyes. En su casa, que es también su taller de costura, recibió a este medio para platicar acerca de su trabajo.

Encomendado por la Secretaría de Educación Pública desde hace 21 años como promotor del bordado artesanal en varias localidades de la región,  Reyes Arce sigue cosiendo en sus ratos libres. Blusas que están adornadas con flores caprichosas, camisas que ostentan diseños prehispánicos de la ciudad antigua de Cacaxtla, manteles bordados con pájaros de colores y capas que lucen rosas de color rojo y que son hechas especialmente para los huehues, han sido realizadas por sus manos.

Reyes Arce comentó que aprendió a los nueve años el oficio, dejó de estudiar desde el tercer año de primaria cuando su madre le proporcionó su primera máquina de coser Singer –hecha de madera y con maquinaria de plata–, para aprender la labor. Reconoció que fue su tío David Zepeda, quien le dio las herramientas y alguno que otro consejo para aprender la técnica del bordado artesanal.

Hilos de seda en tonos dorados y plateados, azules y rosas, amarillos y morados, van quedándose en el lienzo mientras las manos de  Reyes Arce se mueven rápidamente sobre la tela, siguiendo el delineado a lápiz que ha hecho con los patrones de cartón que él mismo ha diseñado.

La forma de un pajarito, por ejemplo, puede llevar tres o cuatro colores, su pico amarillo, las alas negras en las que resaltan los tonos azules, el pecho rojizo y las patitas en color ocre, están posándose en la tela.

Una blusa bien puede valer de 400 a 600 pesos, según el colorido y el trabajo que haya implicado. Su realización, expresó Arce, lleva por lo menos una semana y muchas horas de imaginación. 

Después de 55 años bordando y 21 como profesor, don Reyes recordó a su primer grupo de 12 mujeres de las comunidades de San Isidro y San Miguel Canoa que recibieron sus máquinas de coser como parte del programa “Solidaridad” aplicado por el gobierno federal en la década de los 90. En equipo, montaron un taller y visitaron varias ferias regionales y nacionales, donde se dieron a conocer como auténticas artesanas del bordado a máquina que lograron exportar parte de su trabajo a Canadá y a la isla estadounidense de Hawai.

Tiempo después el grupo se disolvió, cuando las jóvenes se casaron y abandonaron el oficio. “Yo platiqué con el marido de una de ellas, le dije que la dejara trabajar y que con su trabajo ayudaría en la economía de la casa”, recordó Reyes Arce al enfatizar que muchas de las mujeres han hecho a un lado el bordado por el machismo y “el qué dirán” que impera en la región.

Recordó que actualmente dos jóvenes varones integran el taller que ofrece en la Escuela Telesecundaria de San Isidro, y que pocos son los hombres que se apuntan para aprender el oficio que tantas satisfacciones le ha dado. Reportajes en revistas nacionales y entrevistas en programas de México y de Estados Unidos, han sido parte de los medios de comunicación que han mostrado interés por difundir el trabajo de Reyes Arce.

El artesano está orgulloso de su hija Verónica, quien también ha tomado el bordado a máquina como estilo de vida.

En 2001, por ejemplo, ganó el Segundo lugar de Bordado a nivel nacional que es promovido por el Fondo Nacional para el Fomento de las Artesanías.

Para este año, don Reyes no descarta participar en el certamen y para ello ya ideó un bordado especial y diferente a lo que ha hecho durante estas dos décadas, pues como apuntó es importante innovar en los diseños y en las figuras, sin dejar al lado el estilo y la técnica propia.

En las capacitaciones que imparte, por ejemplo, ya no sólo se enfoca a la realización de blusas o baberos típicos de la región, sino que ha diversificado el bordado incrustándolo en bolsas de mano y cintas para el cabello, por ejemplo.

La labor de Arce no sólo se ha remitido a la artesanía, como hablante de la lengua náhuatl participó en el rescate de la narración oral El tlacuache y el coyote, que formó parte de los libros Cuentos de la Malintzin y Las llaves del Náhuatl, ambos editados por la Universidad de Pennsylvania.

 
 
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