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Jueves, 25 de febrero de 2010
La Jornada de Oriente - Puebla -
 
 

 OPINIÓN  

Miles Christi

 
ISRAEL LEÓN O’FARRILL

Leyendo la revista Proceso en su edición del 15 de febrero (1737) me encontré con un reportaje revelador sobre un tema que, he de confesarlo, se me había escapado completamente, cosa que atribuyo a lo absurdo del asunto: el Ejército Mexicano totalmente vinculado a la iglesia católica. Y digo absurdo, pues quizá una de las instituciones más respetables (salvo por alguno que otro asunto relacionado con derechos humanos, y recuerdos negros como el del 68) en lo concerniente con los quehaceres del Estado –incluido su carácter laico–, había sido el Ejército. Vamos, ni siquiera consideré que semejante institución diera su brazo a torcer por la inspiración harto católica de la administración actual... no cabe duda que soy un ingenuote. Sé que cualquiera diría en estos días que cada quien con sus rollos y que los militares, como los civiles han de tener el derecho a vincularse con la iglesia y la creencia que se les venga en gana; sin embargo, la institución no puede hacerlo, al menos de acuerdo a lo que dice nuestra Carta Magna. Ellos pueden hacerlo en lo individual. El reportaje de J. Carrasco y R. Vera expone las relaciones de las mujeres de altos mandos militares, incluido el secretario de la Defensa Nacional, general Guillermo Galván  Galván, con las elites eclesiales de la iglesia católica en actos de corte religioso –artístico– piadoso. En efecto, Miroslava Benítez, esposa del general organizó un acto en que varias de estas mujeres expusieron su obra en honor a la virgen de Guadalupe. Las cosas no quedan ahí, y quizá lo que se busca es la creación de “Capellanías militares” (Proceso 1737, febrero 15, 2010).

El asunto no es cosa menor si se le mira con atención. El tema me recordó mucho al libro de Javier Gómez Martínez Fortalezas Mendicantes. En él, el autor da noticia de un texto europeo del siglo XV, De Vita Militari, escrito por Dionisio Rickel (1403–1471) alias el “Cartujano”, polígrafo flamenco, y publicado en su versión latina en Colonia en 1532. Dicho texto sería de gran inspiración para las órdenes mendicantes, especialmente aquellos venidos al nuevo mundo, pues comparaba a las huestes regulares con organizaciones castrenses, sólo que se trataría específicamente de un ejército de dios. “Para Rickel, con toda claridad, existe una lucha figurada (la que provocaba en la mente de Santo Tomás la imagen de la fortaleza del alma) y una lucha física, convirtiendo a todo cristiano en un Miles Christi o soldado de Cristo. La lucha espiritual es una obligación de todo cristiano. La lucha física, en cambio, incumbe a una casta especial dentro del cristianismo, a un género de hombres, soldados o caballeros militares en términos reales...” Por supuesto, Rickel no se refería a que la iglesia católica debiera contar con un clero castrense o que los ejércitos contaran con frailes soldados, como fue el caso de los Templarios y otras órdenes militares. Simplemente utilizó un símil que le debió parecer sugerente para explicar el papel de defensor de la fe que debería representar todo cristiano. Sin embargo, es preciso recalcar algo: estamos hablando del siglo XV, justo en el momento en que el Renacimiento maduraba, en que la Modernidad asomaba la cabeza y a punto de que la Reforma estallara –no obstante se edita este texto en Colonia en 1532 como hemos mencionado con anterioridad–; por tanto, se trata de un momento de transición en que los destinos de ideologías, instituciones y contingentes humanos habrían de definirse; era momento de reflexión profunda. ¿Es acaso el inicio de la segunda década del XXI el momento preciso de nuevas reflexiones? Indudablemente. Pero cabe preguntarse si el rumbo que toma el país no nos estará llevando a endurecer de nuevo a las instituciones, especialmente al Ejército; cabe preguntarse si es que ellos mismos no empiezan a considerarse ese Miles Christi puesto ahí por la divinidad para defender las cosas divinas. No debería extrañarnos nada pues nuestro flamante comandante en jefe –sí, así con minúsculas– de las fuerzas armadas, Felipe Calderón Hinijosa, les ha pedido no sólo que sacrifiquen sus vidas, y arriesguen a las de sus familiares –como ya ocurrió en el caso de los familiares del encargado de la captura de Arturo Beltrán Leyva– cosa que ellos harán sin chistar a partir de la mística de obediencia y respeto a la nación; sino que también les pide que pongan en la palestra su honor y prestigio al realizar labores que no necesariamente son naturales de un Ejército con lo que caen en abusos y excesos. Son tiempos en que se le ha exigido al ejército mucho más de lo que debería dar, y a la vez, se han roto pactos logrados a través de luchas intestinas en el XIX y parte del XX.

El piadoso Ejecutivo, el piadoso gabinete y el piadoso partido en el poder, están jugando a ser los Borgia de Peralvillo  y pretenden colar a familiares, amigos y ahora hasta clérigos en todos lados, todos igualmente piadosos. Era sólo cuestión de tiempo para que el Ejército también se viera infectado de la pía epidemia. Recordemos que si en algún sitio se puede y debe aplicar el dicho de al “César lo que es del César...” es especialmente en las fuerzas armadas. Aprendamos del pasado, aprendamos de España, Chile, Argentina...

 
 
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