A fines del siglo XVIII la colonia francesa llamada Santo Domingo estaba formada por medio millón de esclavos, 40 mil blancos y 25 mil libertos, que incluían a negros y mulatos. El trabajo esclavo se concentraba en las plantaciones de azúcar y café y en 400 ingenios azucareros. Hacia 1750 el miedo se apoderó de los amos debido a que muchos de ellos murieron envenenados y comenzaron a aparecer líderes cimarrones que profetizan el exterminio de los blancos y la liberación de los esclavos. El más célebre de ellos, Francois Makandal, aterrorizó a colonos, clérigos y administradores con sus amenazantes advertencias y distribuyendo venenos que mataban lentamente, al tiempo que proporcionaba talismanes de protección a sus seguidores. Capturado en 1758 y condenado a morir en la hoguera, Makandal consiguió escapar saltando sobre el fuego el día de su suplicio. La iglesia confirmaba plenamente en este líder que el vudú y sus practicantes eran brujos que tenían pacto con el diablo.
A pesar de la prohibición de las ceremonias vudú por la corona francesa, expresadas ya en la reglamentación del Código Negro en 1685 y de la persecución y castigo de sus practicantes, el número de esclavos que huían de las plantaciones de azúcar y café para internarse en las montañas y mantenerse unidos mediante los rituales vudú era cada vez mayor. Durante el siglo XVIII, lejos de disminuir estas prácticas mágico–religiosas se consolidan y expanden gradualmente, creando fuertes lazos de identidad solidaria entre los oprimidos y humillados por la esclavitud. Hacia finales de este siglo las ideas libertarias de la Revolución Francesa y la Declaración de los Derechos del Hombre llegan a ser motivo de reflexión y creciente inquietud entre pequeños sectores de la población explotada y se comienza a entrever la posibilidad de rebelarse contra el régimen implantado por los blancos.
Entre los cimarrones de la montaña destaca como líder un antiguo capataz llamado Boukman, quien había sido cochero y ahora se distinguía por su papel como sacerdote vudú. Obviando las diferencias culturales del caso, tenemos en Boukman un personaje semejante al cura Hidalgo, es decir, a un sacerdote que elige su destino como iniciador del movimiento de independencia en Haití, a un hombre enterado de las ideas libertarias europeas y que aprovecha su condición de religioso para alentar a la comunidad de fieles que lo rodea, y a todo el que quiera sumarse, a rebelarse contra el poder colonial establecido. El plan insurgente se preparó en el mayor de los sigilos, entre los diversos campamentos cimarrones, hasta culminar en una ceremonia vudú presidida por Boukman la noche del 14 de agosto de 1791 en un paraje conocido como Bosque Caimán. Allí los esclavos reunidos concretaron un pacto sagrado en el que juraron morir antes que seguir viviendo bajo el dominio de los amos.
Entre los participantes del ritual se distribuyó la sangre de un cerdo negro recién sacrificado, mientras Boukman llamaba en criollo a la venganza en nombre de los dioses, de los antepasados africanos y del rechazo al dios de los blancos.1 Una semana después se inició la insurrección de los esclavos, se expandió rápidamente por todo el territorio, y en un par de meses los sublevados habían quemado 200 plantaciones de azúcar, mil 800 de café y ejecutado a un millares de blancos esclavistas. A pesar de que Boukman muere en una emboscada el proceso que ha iniciado es ya irrefrenable. Lo suceden otros dirigentes, Dessalines, Pétion, Christophe, que aliados con mulatos y libertos se enfrentan y derrotan a las tropas enviadas por Napoleón Bonaparte en 1802. La independencia se proclama en 1804.
Eduardo Galeano nos ha recordado recientemente la implacable lógica de rapiña de los franceses que cobraron a los haitianos, como indemnización, 150 millones de francos oro, cifra que hoy equivaldría a 21 mil 700 millones de dólares o a 44 presupuestos totales del Haití de nuestros días. Mucho más de un siglo llevó el pago de la deuda que los intereses de usura iban multiplicando. En 1938 se cumplió, por fin, la redención final. Para entonces ya Haití pertenecía a los bancos de Estados Unidos. Lo menos que podía hacer el actual gobierno francés, para mitigar un poco su inmoral codicia histórica, es haber condonado la nueva deuda que Haití tiene con ellos.
El descrédito que tenía el vudú en el ámbito internacional, debido a su satanización por el clero y al temor que se le tenía como recurso espiritual de liberación, continuó vigente a lo largo del siglo XIX y buena parte del XX, pues los prejuicios raciales y una gran ignorancia han distorsionado sus cualidades como sistema religioso. Se ha dicho que es un culto sustentado en el canibalismo y la brujería y practicado por salvajes sedientos de sangre que pactan con el diablo, ni más ni menos. La nación recién nacida no podía abrirse paso entre los países que compartían un prejuicio semejante y los generales triunfantes adoptaron el catolicismo como religión oficial.
Si hay algo difícil de modificar es un prejuicio que ha echado raíces en la mentalidad de una época. Se pueden presenciar grandes y significativos cambios en la técnica, las artes, la moda, las relaciones sociales y, sin embargo, los prejuicios raciales, religiosos y sexuales perduran como si el tiempo no los tocara, su ritmo de transformación es sumamente lento. Dos siglos han transcurrido desde la independencia de Haití sin que exista una mejor comprensión del vudú en el ámbito internacional, a pesar de los estudios de etnólogos, sociólogos y estudiosos de las religiones de diversas nacionalidades, incluidos, por supuesto, los haitianos.
A mediados del siglo XIX el cónsul británico declaró que el vudú, con el salvajismo de sus sacrificios humanos, era la principal causa del atraso de Haití. Algunas décadas después, a principios del siglo XX, Estados Unidos invadió el país con el argumento de que los negros supersticiosos eran incapaces de gobernarse a sí mismos. Se retiraron hasta 1934, después de casi 20 años de ocupación y luego de haber cobrado las deudas del City Bank y de haber derogado los artículos constitucionales que prohibían la venta de las plantaciones a extranjeros. Uno de los responsables de la invasión, recuerda Galeano, expresó esta sagaz idea: “Este es un pueblo inferior, incapaz de conservar la civilización que habían dejado los franceses”. ¿A qué civilización se refería? ¿A la que permitió a los ingleses exterminar a los aborígenes australianos vertiendo cianuro en los manantiales donde bebían agua? ¿A la que estimuló a los pioneros estadounidenses a masacrar a las poblaciones indias originarias y a mantener la esclavitud en las plantaciones del sur hasta bien entrado el siglo XIX? ¿A la que años más tarde hizo posible la ingeniería alemana del exterminio, matando a millones de judíos? Si hay una civilización que no tiene autoridad moral para hablar de respeto a los derechos humanos es la occidental.
No ha sido a través de la economía, profundamente desigual, ni de la política, salpicada de dictaduras e inestabilidad, que los haitianos han podido construir una identidad nacional. No sabemos si las religiones, en el terreno espiritual y emocional en el que se mueven, hayan logrado algo semejante. Desde fuera tenemos la impresión de un país dolorosamente desgarrado. Una vez que las necesidades más apremiantes sean mínimamente satisfechas, que la gente tenga un techo seguro y una alimentación garantizada, aflorará gradualmente la espiritualidad haitiana. Quizá el vudú, sincretizado con el santoral cristiano, vuelva a desempeñar entonces un papel fundamental en el prologado duelo que los habitantes están viviendo y en la recomposición anímica, individual y colectiva, del terrible daño emocional que han sufrido.
1 Hurbon, Laënnec, Los misterios del vudú, Ediciones B, Barcelona, 1998.