En los últimos 50 años la inmunología (una rama de las ciencias médicas que se encarga de estudiar la manera en que el cuerpo se defiende de los agentes extraños que penetran a él, entre otros los agentes infecciosos), ha proporcionado un enfoque hasta hoy poco aplicado por la medicina clínica en nuestro medio, que se llama Transfer factor o Factor de Transferencia, que el doctor C. H. Kirk Patrick encontró primeramente en el calostro o primera leche producida por las madres después del parto (que es igual que en todos los mamíferos), compuesto de partículas capaces de imprimir al infante códigos de reconocimiento útiles para identificar a los invasores hostiles; se trata péptidos de ocho residuos de aminoácidos susceptibles de combinarse para crear billones de factores que H. Sherwood observó, y que ayudan a expresar la respuesta de defensa inmune, que incluso pueden ser transmitidos de un donante a un receptor, extractos que conforman el factor de transferencia, partículas que contienen la esencia del mensaje de defensa del organismo o proceso inmune, sin especificidad alguna para algún agente en especial, que aislados son capaces de promover reacción inmune, suceso que ocurre al actuar todos en conjunto de manera sinérgica. Wilson y Fuchenberg lograron identificarlos, aislarlos, producirlos bajo control estricto de calidad; a pesar de ser una gran cantidad elementos sin entidad química, actúan todos en conjunto sinérgicamente, como ya se comentó.
Decisiones de prejuicio, posiblemente de la mafia de la producción de fármacos, han de alguna manera limitada o entorpecida su aparición en la farmacopea. Los bloques políticos de oriente y occidente, quizá porque científicamente dan la impresión de un burlesco enfrentamiento a los procesos conocidos de inmunidad, de alguna manera, contradicen el dogma establecido de la respuesta inmune. Pero este descubrimiento es revolucionario en la terapéutica porque los mecanismos de defensa que el cuerpo tiene para enfrentar a los agentes irritativos o infecciosos se ven limitados con una mayor frecuencia de la que creemos.
De manera general, cada vez que un agente irritativo o infeccioso de los que se encuentran rodeando al hombre en el medio ambiente, se pone en contacto con nuestro cuerpo, éste desencadena una escala de eventos de defensa a los que llamamos respuesta inmune, encaminados a impedir que los agentes lo lastimen; es un sistema multifacético con un trillón de células que en su total pesan apenas un kilogramo, que expresan tres funciones principales: 1. Reconocen a toda sustancia extraña que penetra al cuerpo ya sea infecciosa o no, pero capaz de hacerle daño. 2. Inducen una respuesta específica porque son el antígeno que penetra al que deben formársele anticuerpos. 3. Expresan una memoria capaz de recordar al antígeno o agente que causó una irritación, para poder enfrentarlo nuevamente si intenta dañar y lo hace con rapidez.
Todos los organismos tenemos esa defensa, la expresamos desde barreras naturales como el potencial hidrógeno de la piel, sudor, vellosidades, moco. Si el agente los rebasa, entran en juego los anticuerpos elaborados en anteriores contactos o heredados por la madre. Si es insuficiente esta barrera aparecen los glóbulos blancos de la sangre como, leucocitos polimorfonucleares que los engloban o comen (fagocitosis), después los histiocitos y macrófagos que circulan en la sangre no solo para fagocitar también, sino promover una defensa más enérgica, cuyo enfrentamiento libera una gran cantidad de mediadores celulares a los que llamamos citocinas, estimuladores de linfocitos B para que produzcan anticuerpos específicos o linfocitos t que desencadenan una respuesta compleja de cooperación y matanza, además de una cascada de complemento. El problema es que este proceso tan elaborado puede fallar, como es el caso de los fenómenos autoinmunes o de hipersensibilidad, causados por perturbaciones en la respuesta, que inducen alergias e hipersensibilidad, enfermedades inmunes crónicas o exageradas, a las que se suman cada vez con más frecuencia, resistencia los antibióticos o intolerancia a fármacos, sucesos a los que el organismo con defensas defectuosas queda expuesto. En este espacio es cuando las moléculas de los factores de transferencia promueven su mensaje inmune, transmitiendo señales de reconocimiento y respuesta, promoviendo ayuda para defender, a manera de una reeducación del sistema inmune, de cómo enfrentar agentes patógenos o sustancias irritantes para que el cuerpo las combata. El uso de los factores de transferencia es justo el proceso válido para modular la respuesta inmune aplicable a alérgicos, asmáticos, hipersensibles, infecciones por virus como los del catarro común, infecciones rebeldes o virulentas, casos de inmunodeficia incluyendo las causadas por VIH/sida, patógenos desconocidos, estrés ambiental, donde han fracasado los métodos tradicionales. El Factor de Transferencia es un arma terapéutica importante que se usa poco y ha demostrado eficacia prometedora en el futuro curativo.