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Martes, 9 de febrero de 2010
La Jornada de Oriente - Puebla -
 
 

La Compañía

 

En la imagen, el Valle de Chalco, que la madrugada del viernes pasado despertó con una corriente de aguas negras / Foto Alfredo Domínguez / La Jornada
AURELIO FERNÁNDEZ

Una de las ventajas de los políticos mexicanos es la dilución de responsabilidades y la amnesia colectiva. El desastre que ocurre en estos momentos en el llamado valle de México no es más que el resultado de siglos de equivocaciones, abusos, corruptelas y acciones políticas; sin embargo, ya se aprestan a echar la culpa de la cantidad y el momento de estas abundantes lluvias en tiempos de secas al cambio climático. En Puebla a algún entrevistado se le ocurrió la puntada de calificar el fenómeno como “la primera manifestación del cambio climático en la región”, ni más ni menos.

El caso del canal de La Compañía es muy ilustrativo. Fue construido bajo el nombre que le dio la hacienda de jesuitas que había al pie de la volcana Iztaccíhuatl y lo presentaron como una gran obra de la ingeniería porfiriana para sacar el agua del lago de Chalco, porque provocaba malos olores y había mosquitos y alimañas diversas, según se hacía saber en los periódicos de la última década del siglo XIX.

No sólo consiguieron el despropósito de vaciar el otrora espléndido cuerpo de agua con la brutal alteración al ecosistema que ello significó, sino que sirvió para enviar hacia abajo los escurrimientos superficiales colectados en la zona. El siguiente paso significativo fue la construcción de la autopista México–Puebla, inaugurada el 5 de mayo de 1962, obra que cortó el trayecto del canal dejando un túnel adecuado para el flujo calculado, bien calculado para la época. Entonces deben haber pensado que la mancha urbana del Distrito Federal no llegaría a hacer lo que hizo.

A partir de los años 70 empezó a urbanizarse aceleradamente la parte oriental del prodigioso valle que encontraron impoluto el águila que se comió a la serpiente y Hernán Cortés junto a Bernal Díaz del Castillo, siglos más tarde. Los políticos detectaron allí una masa clientelar abundante, vulnerable y dispuesta a la que le conseguían lotes a precios bajos o precios francamente electorales, y así proliferó velozmente el cemento. Luego, en 1989, Carlos Salinas fundó el municipio de Valle de Chalco como parte de su programa para ganar la legitimidad que en las urnas no había ganado, y aceleró aun más la urbanización en una zona lacustre. Los gobernadores del estado de México vieron también su oportunidad y se dedicaron a aprovechar para la región su causa política y pecuniaria. Los más escandalosos negocios los hizo Arturo Montiel con unidades habitacionales multitudinarias, no sólo autorizadas, sino gestionadas por el célebre mandatario en virtud de que también era socio de esos negocios. Pasó por encima de ordenamientos territoriales hechos por su propio gobierno y aun federales. Bussines are bussines.

Pero había que dotar de agua a esas millones de personas allí asentadas, y los escurrimientos del cinturón volcánico eran insuficientes; hubo que empezar a perforar. Los que deben sumar cientos de pozos –dato muy ocultado por la Conagua y los gobiernos mexiquenses– han extraído millones y millones de metros cúbicos de agua potable para satisfacer las necesidades de urbanización, pero las compañías constructoras –las grandes devastadoras del medio ambiente en todo el país– se ahorraron unos pesitos y evitaron construir un sistema de drenaje adecuado para el nuevo volumen de agua de desecho producido: utilizaron el canal de La Compañía como drenaje superficial de aguas pluviales y aun negras.

Como parte de la situación de desastre y derivado de la extracción intensiva de agua, en los suelos plásticos de esta parte de la cuenca, incluida Iztapalapa, está el hundimiento paulatino de los suelos y los agrietamientos que vemos todo el tiempo. Recuerda Iván Restrepo (La Jornada, 8/02/10) que esta zona se ha hundido ya 11 metros, por el mismo mecanismo que el centro de la ciudad de México se hundió ocho metros en el siglo XX, la extracción de agua freática.

Ya en la década de los 80 empezó a reventarse periódicamente el canal en el entronque con la autopista; una y otra vez se cortaba el flujo vehicular por el desbordamiento del un conducto calculado para un porcentaje muy inferior de gasto hidráulico. A principio de la década de 2000 hubo una tremenda inundación en las mismas colonias que hoy están anegadas, y Montiel se aventó una de las declaraciones clásicas de los políticos mexicanos: “nunca había llovido así”, no se había popularizado todavía el recurso de culpar al cambio climático, como hace actualmente desde Felipe Calderón hasta el alcalde del más pequeño municipio, pasando por los todopoderosos gobernadores.

No hay la menor duda de que lo que ha gastado en obras de corrección en todo los sitios de desastre es una cifra espectacularmente superior a la requerida si se hubieran planeado y acatado las reglas adecuadas para un correcto desarrollo urbano. Pero eso significaría que hubiéramos tenido otros políticos, algo de aparato de Estado como administrador de los intereses colectivos, y una sociedad más participativa.

 
 
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