Ha sido una noche de perros, un aniversario al revés, un broncón de los que ya no se usan. Pero también, y sobre todo, una tomadura de pelo, una mascarada sangrienta, una muestra terminal de los extremos a que puede llegar el sometimiento de las autoridades a un administrador de plaza que, en pleno aquelarre, sólo atina a declarar que “el público está feliz”. En el fondo, esa tergiversación de conceptos donde la ira desatada es vista como “felicidad”, la “fiesta” de toros no pasa de insustancial pachanga y un individuo con vocación de empresario de giros negros se asume dueño absoluto de una tradición que, en sus manos, más parece juguete roto o coto de intereses inconfesables, es lo que tiene más alicaída que nunca a la mal llamada fiesta brava mexicana, cuya emblemática fecha de aniversario tornó a convertirse en día del villamelón, pero esta vez en versión sórdida: la de un público encendido por el alcohol nocturno y la decepción de sentirse estafado, peligroso coctel que llegó a dominar dantescamente la escena y sólo pudo ser reconducido por la capacidad artística de una real figura del toreo. Otro concepto que, en México, se ha esfumado sin remedio, contribuyendo a la profunda postración de nuestra fiesta.
Nocaut técnico. En noche de tres animales devueltos al corral (uno por impresentable, otro por haberse quebrado una mano y el tercero –que hacía sexto bis– por tratarse de una especie de rata de alcantarilla), Rafael Ortega pasaría de la sobriedad –con el soso primero– a la opacidad –con el bofo tercero– y por último a la obnubilación, desbordado por la casta del cárdeno “Ximeno”, al que administró un montón de derechazos a ritmo de vértigo mientras el de Los Encinos repetía codicioso y con la boca cerrada. Ante el rechazo del público, decepcionado por la insólita transformación del sólido torero de Apizaco en “Ráfaga” Ortega, que es sobrenombre boxístico, llegó el momento en que su oponente pudo más que él y lo zarandeó con saña: el torero reaccionó entonces como tal y le atizó al bravo burel la estocada de la noche, en medio de una confusión donde las protestas se mezclaban con una improcedente petición de oreja que el juez Roberto Andrade, en su único acierto de una jornada aciaga, razonablemente negó. Pero los efectos del alcohol masivamente ingerido y la creciente impaciencia eran ya prolegómenos de una bronca a punto de estallar.
Riñones a la francesa. Castella estuvo por encima de sus tres torillos, dentro del berenjenal a que su injustificable elección de ganado infladito y joven lo había conducido. Con los tres basó su tauromaquia en la invasión de terrenos y un inverosímil ceñimiento –a veces incluso antiestético, algo insólito en un artista de su clase– y tres veces estuvo a punto de tocar pelo, lo que impidieron sus desaciertos con la espada. Sobresalió su faena al último, cuajada de detalles torerísimos –aquel natural redondo y lentísimo con que resolvió un cambio de muleta por la espalda ha sido el muletazo más sabroso y bello de la temporada–, y que, dada la repetidora nobleza de “Piri”, sin duda habría alcanzado niveles de grandeza con algo más de serenidad de su parte, aspiración casi imposible en el clima de desatadas pasiones que en ese momento se vivía, presionado el francés por el público, el empresario y sus propias ansias de desquite. Aún así, era otra faena de rabo que el galo, una nulidad matando, de nuevo no pudo o no supo cobrar.
Sin embargo, lo mejor de su actuación fue la negativa a despachar al esmirriado “Capulín”de Los Ébanos, un torete de caricatura que solamente una empresa fraudulenta y un juez de plaza incompetente y sometido podían pretender que se lidiase, con el ruedo tapizado de cojines y la plaza hirviendo de indignación. No transigió Castella y aquella cucaracha con cuernos tuvo que ser devuelta a la fosa séptica que nunca debió abandonar.
Principio del carnaval. El domingo anterior, El Juli y Macías provocaron la mayor entrada del año, cortaron par de orejitas por coleta y se marcharon “en hombros” entre la indiferencia de un público cansado de presenciar alardes de “valor” ante novillos descastados y con el aliento justo para desgranar una docena de cansinas embestidas, con lo cual el toreo se convierte en quimera y los “triunfos” en un simulacro sin sentido. Y eso que se trataba de la multitud más entusiasta y acrítica, y la más impresionable y obsequiosa que haya desfilado en años por Insurgentes. Misma que presenció impertérrita los esfuerzos del confirmante Mario Aguilar, autor, sin duda, de los esbozos de toreo fino más destacados de la tarde; eso sí, ante un par de exhaustos borregos australianos con alma de merengue.
Como en el caso del aquelarre de aniversario, la tomadura de pelo empezó por la ocurrencia de ir a buscar una corrida de toros donde no podía haberla, pues Bernaldo de Quirós sólo cría ganado lanar aunque lo envíe a los cosos taurinos.
Internet, al quite. El sábado por la mañana, www.es.justin.tv/feria_tv retransmitió dos festejos que forman parte de la historia con mayúsculas de la plaza de Las Ventas. Primero la encerrona de Joselito cuando, vestido de goyesco, ofreció una cátedra memorable –de seis orejas y puerta grande– ante un encierro de variadas procedencias al que cuajó a plenitud con capote, muleta y estoque (02.05.96). Enseguida, la citada web española presentaría la corrida del siglo, como se conoce la protagonizada por Ruiz Miguel, Esplá y José Luis Palomar, en hombros tras despachar con gran éxito un encierro portentoso de Victorino Martín, el verdadero triunfador de aquella tarde para el recuerdo (01.06.82).